Turismo

Tan puro como la nieve

Vail fue bendecido por los amantes del esquí como el centro de invierno más lujoso y exclusivo de Estados Unidos. Emplazado en las legendarias Rocky Mountains, se convirtió en el destino preferido de los argentinos que quieren nieve todo el año. Una promesa de aventura y relax que vale la pena cumplir.

Domingo 31 de Marzo de 2019

Vail está del otro lado del mundo, bueno, acaso no tanto, pero es lo primero que uno piensa cuando le nombran el centro de invierno. ¿Vail? ¿Colorado? ¿Hay que volar a Denver? Sí, todas las respuestas son afirmativas. Sí sí y sí. Sí, Vail; sí, Colorado; sí, hay que volar a Denver. Pero una vez ahí, cuando uno se descuida y olvida el inglés por un momento, queda claro, clarísimo, que Vail siempre estuvo cerca, más que Rosario para el bueno de Fito.

   Basta que se escape un "che" o un "¿cuánto es en dólares?" o un "loco", que queda feo pero es lo más común del mundo, al menos para los millenials, más si son chicas y llevan el pañuelo verde en la muñeca o atado en la mochila. Basta que se escape un "argentinismo" para que el vendedor, la cajera, el instructor de esquí, el mozo, la masajista y hasta el chico que te ayuda a ponerte las botas de snowboard te responda en castellano, o mejor, en "argentino".

   Lo hace Sebastián, que cuando le preguntás de dónde es se señala orgulloso la chapita celeste y blanca que lleva en el pecho, justo arriba del corazón, en la que, créalo o no, se lee clarito como el agua "Santiago del Estero", donde no hay pistas de esquí, pero sí cantidad de chicos que estudian en la universidad y sueñan con conocer el mundo y no dudan de aprovechar el receso escolar de verano para anotarse en un plan de intercambio "work and travel".

   Parten lo más lejos que les den los "verdes" que juntaron con los regalos de cumpleaños, de las tías, abuelos y padres, y que pidieron expresamente en metálico, y los ahorros "non sanctos" de tanto apunte "indispensable para la materia" que no era eso, ni mucho menos. Los que eligen Vail "flashean", confiesan cuando cuentan a borbotones su experiencia, la nieve, los pinos moteados de blanco, los atardeceres lánguidos y las montañas siempre expectantes.

Aventura, vértigo y naturaleza

Vail es un coqueto centro de invierno que, a primera vista, luce como uno de esos pueblitos alpinos que dibujó, con trazo firme y fina sensibilidad, Walt Disney en "Bambi", pero es mucho más. Está emplazado en el corazón de las Rocky Mountains, en el centro oeste del estado de Colorado, Estados Unidos, y se erigió, silenciosamente, en la Meca de los amantes de los deportes de invierno que buscan aventuras, vértigo, naturaleza virgen y servicios VIP.

   Son más de 2.100 hectáreas de pistas de esquí que se extienden a un lado y al otro de la montaña y que, en su punto más alto, rozan los 3.100 metros. En el mapa, dibujadas con esmero, lucen intrincadas, una maraña de caminos donde, a primera vista, perderse parece estar garantizado. No es así, ni por asomo, en Vail todo está fríamente calculado y sus visitantes lo disfrutan a pleno, como a ellos les gusta y mucho, animándose a más.

   "Superficies de placer", las hubiera llamado Federico Moura de haber tenido la bendición de conocer las pistas de Vail. Y no es para menos, son 900 centímetros de nieve al año y 300 días de sol, una estadística implacable, números, nada más que eso, un sólo atardecer, después de subir a la última aerosilla del día, con los copos blancos acariciándote las mejillas y, bajo los piés, la promesa de un descenso largo y sinuoso a máxima velocidad, vale más, vale todo.

   La mañana arranca temprano, un desayuno fuerte y al "rental", donde se consigue todo el equipamiento necesario para la dura empresa que parece la montaña a esas horas. Tablas, bastones, casco, antiparras, inclusive lo que teníamos y, por la excitación del viaje, olvidamos traer. Vestido y apertrechado para la nieve los movimientos son torpes, forzados, como los de un astronauta en tierra, condenado a luchar con la fuerza de gravedad.

   Después, todo es felicidad. No importa si sos un principiante al que la sola idea de subirse a los esquíes le hace sentir mariposas en la panza o un snowobordista experto que encara los fuera de pista como si fueran un juego de niños. Adrenalina pura, placer, y paisajes de ensueño. La blancura de la nieve, los bosquecitos de abetos verde musgo y el sol que tiñe de colores inesperados cada rincón de la montaña son la mejor compañía para la aventura.

La mejor nieve del mundo

La clave para disfrutar sin complicaciones es hacerse de un Epic Pass, el pase para los medios de elevación que permite subir de forma ilimitada a las 195 pistas del complejo y por un precio fijo que se amortiza al tercer día de esquí. Para los fanáticos tiene una ventaja extra: habilita el acceso a los complejos que la cadena tiene en Estados Unidos, Canadá y Europa, también a los famosos Hakuba Valley y Rusutsu, en Japón, y al Ski Resort de Victoria, Australia.

   Los que saben aseguran que Vail tiene la mejor nieve en polvo del mundo y así lo parece, ver como los esquíes se hunden en la espesura blanca y radiante y vuelve a aparecer entre remolinos de azúcar impalpable es fascinante y también, hay que decirlo, levemente perturbador, más si te deslizás vertiginosamente por una pendiente pronunciada y haciendo esfuerzos para controlar la velocidad ensayando zigzags abruptos con la cintura.

   Los días son largos y excitantes. Nadie quiere perderse un segundo de nieve por nada del mundo y la verdad es que no hay porque hacerlo. Vayas a donde vayas, seguro que ahí nomás, a un triz de distancia, hay alguno de los restaurantes de montaña que ofrecen ese esperado plato caliente para reponer energías: un snack rápido, una hamburguesa con fritas y la reina del mediodía, la sopa de cebolla y queso, bien de estilo francés e irresistible.

   Los medios de elevación dejan de funcionar a las 16. Parece temprano, pero no lo es. Después de una jornada intensa en la montaña, el cuerpo cruje, el alma no. Al cabo del último descenso, se experimenta una sensación ambigua, mezcla de cansancio y felicidad. Sin embargo, la quemazón en los músculos y la falta de aire -la altura es fatal para los nacidos y criados en la Pampa- se justifican por el placer de hacer slalom entre pinos nevados.

   Un chocolate caliente o una cerveza son el merecido premio con que la villa recibe a los esquiadores que, al caer la tarde, buscan descanso en los bares de la base de la montaña. Es el momento de compartir las experiencias, contar anécdotas y mostrar los videos que pronto subirán a las redes sociales como prueba irrefutable de las hazañas en la nieve. Es el momento de las risas, las bromas por alguna caída aparatosa y también de estirar las piernas.

Después de la montaña

Los más inquietos darán un paseo por las callecitas de aire alpino donde se apiñan los negocios, aún sin quitarse las botas y ni la sonrisa que llevan dibujada en el rostro desde que pisaron tierra. Los más cansados irán directo al cuarto con la esperanza de poder tomar una siesta antes de bajar a cenar, y los más experimentados, se pondrán el traje de baño tan rápido como puedan y correrán a relajar los músculos al SPA o al jacuzzi.

   No todo termina ahí, ni mucho menos. Hay mucho por hacer aún antes de que caiga la noche. En el pueblo, que fue fundado en 1962 como una villa de estilo alpino, hay mucho por ver y fotografiar. Un río mínimo, el Gore Creek, atraviesa el caserío, de un lado y el otro de su andar correntoso se ubican los hoteles y dormis y, en pleno invierno, en las márgenes se acumula la nieve con formas que, al caer las primeras sombras, alimentan la imaginación.

   Dos puentes comunican un lado y otro del riacho, uno, acaso el más encantador, evoca el idílico estado de Iowa de "Los puentes de Madison" que, hay que decirlo, lejos, bien lejos. Apenas se lo cruza, pisando con cuidado el piso de madera crujientes, aparecen las luces de los negocios que se apiñan en las callecitas que serpentean entre edificios de techos a dos aguas, pinos altivos y miles de luces de colores, como en una Navidad interminable.

   Hay tiendas para todos los gustos, curiosidades, joyas, prendas de moda y, claro está, equipos de esquí. Cranilogie sorprende, ya en la vidriera ofrece una variedad de cascos -hoy una obligación y un detalle de moda en la montaña- fascinante. Uno, la estrella del escaparate, luce cubierto de piedras preciosas y lanza destellos que encandilan. Wild Bills es el paraíso para los amantes de los souvenirs, la variedad es inquietante, imposible salir con las manos vacías.

   También, hay un par de locales exclusivos de ropa de rodeo -Colorado es la tierra de los "cowboys"-, entre los que se destacan Kemosabe y sus sombreros de ala ancha, que evocan los duelos al sol de "El llanero solitario". Hay varios pubs, cada uno con su encanto, pero como el Root & Flower no hay, está escondido, hay que esmerarse para dar con él, y atesora una carta con más de 50 etiquetas de vino y una variedad de cócteles estupenda.

   La hora de la cena es un problema. Los restaurantes son tantos y tan buenos que elegir es un rompecabezas. Cualquier recomendación es antojadiza. Para una cena romántica Leonora, en The Sebastian, es imbatible; para una velada con amigos, La Bottega, pasta para ir a domir bien "pipón"; para la mejor vista, White Bison, que sirve un entrecot de bisonte patagruélico, solo hay que tener un cuidado: no reservar en la terraza si hay nevada en ciernes.

   Para los argentinos, todo termina temprano, acaso demasiado temprano. A la medianoche las calles quedan vacías, no hay boliches, tampoco pubs para noctámbulos, se entiende, nadie resistiría un día de esquí después de una noche larga. Lo mejor es descansar, dormir sin sueños y esperar mansamente la mañana que llegará, no caben dudas, con una nueva aventura. Con una promesa cumplida tan pura como la nieve.

Imperdible

En Lionshead, el pueblo que está pegado a Vail, está The Tavern on the Square, un restaurante de ambiente familiar que tiene una especialidad asombrosa: la Wild Boar Quesadilla. Son nachos, sí, pero servidos en una "paellera" enorme, de fácilmente medio metro de diámetro, que es imposible de terminar y siempre al llegar arranca una estruendosa ovación. Valen cada uno de los 17 dólares que cuestan.

Dónde parar
The Lodge at Vail: es un ícono de Vail Valley. Cómodo, bien ubicado y con servicios de excelencia, el hotel, su arquitectura alpina, la piscina climatizada al aire libre y su SPA son imbatibles. Cuenta con servicio de ski valet, una bendición cuando se vuelve exhausto de la montaña, y un fogón al aire libre donde, al atardecer, se pueden tostar malvaviscos mientras la nieve cae lentamente.

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