Turismo

San Juan: el diario de montaña

Cruzar la cordillera de los Andes no es un viaje más, ni algo que se vaya a repetir fácilmente. Es una aventura sin par: seis días a lomo de mula transitando por la inhóspita y hostil geografía andina, emulando la epopeya sanmartiniana, desafiando la altura y el frío, el viento y el sol abrasador, con el objetivo de llegar al límite con Chile, el Paso de Valle Hermoso, en San Juan.

Domingo 06 de Abril de 2008

Cruzar la cordillera de los Andes no es un viaje más, ni algo que se vaya a repetir fácilmente. Es una aventura sin par: seis días a lomo de mula transitando por la inhóspita y hostil geografía andina, emulando la epopeya sanmartiniana, desafiando la altura y el frío, el viento y el sol abrasador, con el objetivo de llegar al límite con Chile, el Paso de Valle Hermoso, en San Juan.
  Los integrantes de la expedición se reúnen en el pueblo conocido como Barreal, Calingasta, a 180 kilómetros de la capital sanjuanina, un apacible pueblo al pie de la precordillera. Se “hace noche” allí para ir aclimatándose a la altura y las temperaturas cordilleranas. Al día siguiente, temprano en la mañana, la expedición parte en camionetas 4 x 4 hasta estancia Manantiales, donde aguardan las mulas. En el camino, se hace un alto en Los Hornitos, un paraje que quedó inmortalizado en un viejo billete de mil pesos con la figura de San Martín pasando por allí.
  Cerca del mediodía, comienza el largo periplo. La primera jornada no presenta grandes dificultades, aunque el llegar a conocer al propio animal y aprender a manejarlo, para quien nunca haya montado una mula, resulta una ardua tarea. La caravana transita lentamente los primeros kilómetros de cordillera, pasando por algunas vertientes de agua fresca. Después de dos horas de andar, la tropa se detiene a la vera de un arroyo para un almuerzo frugal, en tanto las mulas aprovechan par saciar su sed.
  Media hora después se retoma la senda rumbo al primer campamento, montado en Altos de Frías, el cual se alcanza luego de unas seis horas. Una olla con agua hirviendo y tortas fritas ayudan a paliar el hambre y el frío hasta la hora de cenar. El viento sopla con fuerza allí arriba, a unos 3.000 metros, y hay quienes sufren el mal de altura. Para la cena espera un asado, rico en proteínas, esenciales para encarar el resto de la travesía. La noche se hace muy larga, el viento golpea con violencia las carpas, el termómetro marca 10 grados bajo cero y el frío penetra las bolsas de dormir. Conciliar el sueño resulta una difícil tarea.
Cerca del cielo
El cordón del Espinacito, a 4.800 metros, es el desafío de la segunda jornada. La tropa ensilla y se dirige a paso firme hacia el gran objetivo. En el trayecto, se aprecia el monumental cerro del Alma Negra, nevado en gran parte de sus a 6.400 metros. Más de dos horas demanda llegar hasta el pie del Espinacito, y una vez allí se hace un alto para ajustar las cinchas. Los vaqueanos recomiendan ayudar a las mulas tirando el cuerpo hacia delante en la subida y, para cuando llegue el momento de bajar, lo contrario, tirar el peso hacia atrás y hacer fuerza con las piernas sobre los estribos.
  Las mulas se detienen cada tanto en la cuesta arriba, pero no hay que apurarlas, necesitan retomar el aire para poder seguir. Los efectos de la altura se hacen sentir, y mascar coca es un buen paliativo para estas circunstancias. La huella es angosta, apenas cabe el cuerpo de los animales, no hay posibilidad de pasar al compañero de adelante. Finalmente, uno a uno, y luego de más de media hora subiendo sin cesar, la tropa se reúne en lo más alto, que con el Aconcagua de fondo completa una postal inigualable. Las mulas retozan en el pico nevado y los expedicionarios descansan, toman agua y observan, incrédulos, aquel paisaje único.
  El descenso se presenta más complicado aún. La bajada es muy pronunciada, y en la mitad del trayecto, el vértigo vence a la mayoría de los jinetes, que deciden bajarse y completar el tramo a pie, llevando los animales de las riendas. Sin embargo, el terreno es resbaladizo y hay que pisar con mucho cuidado para no seguir de largo y rodar cuesta abajo.
Poco más de una hora lleva descender y desembocar en un llano conocido como las Vegas de Gallardo, sitio ideal para detenerse a comer y reponer energías.
  Los animales también se alimentan de los verdes pastos del lugar. No hay mucho tiempo para perder, poco después el grupo se encuentra nuevamente marchando, en la recta final hacia el refugio Ingeniero Sardina, en el Valle de Los Patos.
El último tramo se hace largo, son casi cuatro horas de puro llano bajo un sol impiadoso, atravesando el cauce de un río seco y gris, para finalmente entrar en el verde de un valle que parece no tener fin.
  El refugio es una antigua construcción de piedra habitada por cuatro gendarmes durante los meses de noviembre a marzo. Allí se monta el campamento para las próximas tres noches.
El gobierno de San Juan realiza este cruce año tras año desde 2005. Al frente va el propio gobernador de la provincia, acompañado de una comitiva que cuenta con la logística de Gendarmería Nacional y el Ejército.
Día libre
Después de tanto trajinar, la expedición merece un día para descansar. Todos, mulas y hombres, deben recuperar energías para afrontar los días venideros. El río los Patos, cuyas frías aguas pasan junto al refugio, es el lugar elegido por muchos para el relax, mientras el sol está alto y aún calienta. Unos pocos prefieren seguir el trajín y optan por subir al cerro lindero, un trekking de unos 600 metros de altura. El resto del grupo matea entre anécdotas y opiniones diversas sobre la epopeya sanmartiniana. El mayor interrogante es cómo hizo para atravesar aquella geografía hostil, con más de cinco mil hombres, armas pesadas y víveres para tanto tiempo. El menú del día incluye un sabroso guiso, ideal para reponer fuerzas. Por la noche, guitarra, folklore y vino tinto.
  El día más esperado finalmente llega y los expedicionarios se levantan al alba. Hay que salir temprano para alcanzar la frontera al mediodía, y esperan unas cuatro horas de marcha hasta allí. Los animales amanecen rebeldes y muchos se resisten a ser montados. Finalmente se calman y la caravana parte. La tropa está de buen ánimo, y hay expectativas por lo que vendrá. El llano, algunas pendientes, el cruce de un río, el Valle de los Patos se va extinguiendo para darle paso al Valle Hermoso. Antes, hay que surcar un par de montañas de huella angosta y precipicios sin fin.
  La tropa llega pasado el mediodía al Paso del Valle Hermoso. Una expedición de chilenos se acerca del otro lado y ambos grupos se funden en abrazos.
Hay intercambio de banderas, regalos y cueca frente al monumento de los libertadores José de San Martín y Bernardo O”Higgins.
El emotivo encuentro, en el que se conmemora la batalla de Chacabuco, se prolonga por unas dos horas, para finalmente emprender el regreso. El polvo se convierte en el mayor obstáculo del trayecto, en el que algunos guanacos se dejan ver a lo lejos y un par de cóndores planean bien alto.
Una vez en el refugio y tras otras cuatro horas de marcha, se impone un baño en el río, poco antes del crepúsculo. Guiso de arroz para cenar, queso y dulce para el postre y guitarreada bajo un cielo poblado de estrellas.
Llega el momento de desandar el camino de ida. La expedición toma otro camino, el de emprender el regreso.

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