Domingo 09 de Septiembre de 2012
¿Por qué cuando surge la idea de las vacaciones siempre se piensa en el mismo destino? Pasa el domingo, cuando se ojea el suplemento de Turismo en busca de una oferta tentadora, las novedades llaman la atención, aunque, después de repasar los grandes avisos a todo color, se mira, como quien no quiere la cosa, cuánto cuesta una semanita en ese lugar idílico al que se fue alguna vez y se sueña con volver.
Para cada quién es distinto. Para unos es la luna de miel, para otros el viaje de egresados o el bautismo en un crucero o la primera vez en avión, más allá de las fronteras, rumbo a una cultura extraña. Para todos ése lugar es, más que un lugar, un recuerdo, una nostalgia, que los acompañará de por vida. La patria es la infancia, lo han dicho tantos que es difícil saber quién fue el primero, y ése destino, la aventura.
¿Por qué Rio de Janeiro? Por el olor, que es tan salvaje como las olas que rompen contra la playa de Barra de Tijuca y rugen, furiosas, como un guerrero en medio de la batalla. Es una mezcla de la fragancia de las Santa Rita, que crecen indomables y asoman de los muros que esconden los jardines de las miradas indiscretas, el olor dulzón de la alconafta que escupen los caños de escape de los autos y la fritura de los lanchonetes.
Por las veredas onduladas, hipnóticas, que se quiebran en miles de pedazos, negros y blancos, desteñidos, laberínticos, como astillas de un espejo roto, ciego, que se pisan con miedo, no sea cosa que se desbaraten y que su belleza, que vas más allá de donde los ojos pueden ver, desaparezca, como un rompecabezas que, después de haber logrado poner en su lugar la última pieza, se desparrama sobre la mesa.
Es el olor, las veredas y las sonrisas de la gente que pasea por la Avenida Atlántica. A la mañana, en compañía de los buscadores de tesoros olvidados en la arena por los turistas y ejecutivos que se entrenan antes de zambullirse en las aguas turbulentas, infestadas de tiburones, del mundo de los negocios. A la tarde, envuelta en el tumulto festivo de las chicas y chicos que bajan a la playa a disfrutar del sol y del mar. Rio es esa agitación, esa buena vibra que se siente cuando se juntan uno, dos, tres músicos, un berimbau, un bongo, con suerte, un violao, y sentados en el borde del mar o una de las mesas de la vereda de alguno de los bares que no serán tan famosos como Garota de Ipanema pero sirven chopinhos helados, en vasos cortitos, rápidos, cantan, susurran, las canciones que enamoraron a Frank Sinatra y al mundo.
Es esa ciudad que explotaba antes de la epidemia, que llamaban la “peste rosa” y era extraña, lejana, una desgracia para la comunidad gay de San Francisco, pero que un día tuvo nombre y apellido y era el de un amigo que había caminado Cinelandia cuando las calles, las esquinas, lucían como las de la Los Angeles de Riddley Scott en “Blade Runner”, y la galería Alaska hervía en la previa de la noche interminable en Help! También, es la otra, la que se curte bajo una sombrilla, sentado en una de esas reposeras de lona de colores, que se compran en el supermercado y duran un verano, mientras los chicos remontan barriletes tan pequeños que parecen hechos con una servilleta de papel y que vuelan tan alto que deben hacerle cosquillas en los pies a los ángeles o a los demonios, quién sabe quien vive ahí, en las alturas, en las nubes.
Desde el cielo es maravillosa, como le gusta cantarla en el carnaval a Caetano Veloso, aunque él no es carioca sino bahiano. Se la puede ver desde el cielo cuando el avión apunta a la pista del Galeao desde el mar, con los pelos de punta, y también a través de las ventanas de cristal del teleférico mientras asciende al Pao de Azúcar y se mece suavemente, como en “Moonraker”, la película de James Bond con Roger Moore. Ahí está el Cristo Redentor, con los brazos abiertos de tarjeta postal, en la cima del Corcovado. Espera paciente a los visitantes que llegan después de atravesar una selva de cemento, primero, y la más verde y húmeda mata atlántica que se pueda hallar de este lado del mundo, después, a bordo de un bondinho rojo y amarillo, que sube a paso de hombre, traqueteando sobre las vías, con la música de fondo de Paralamas.
Cada barrio, cada playa, cada calle es una melodía, un verso, una canción que se sabe desde siempre y que vuelve a la memoria, sin que se sepa cómo y por qué, pero ahí están “Desafinado” y la guitarra delicada de Tom Jobim, la amorosa de “Detalles” de Roberto Carlos y la locura del “Lança perfume” de Rita Lee, porque la ciudad es nostalgia y locura, un vértigo que explota en el Sambodromo los días del Carnaval. En el Canecao, el elegante salón donde se presentan los shows más populares de Brasil, que está pegado al shopping Rio Soul, y en el Teatro Municipal, que se alza imponente en el borde oriental del centro, ahí hasta donde uno se atreve a internarse por la noche en esa zona de nadie que es el distrito financiero cuando caen las sombras, hay siempre un artista, consagrado o indie, que ilumina las marquesinas de la ciudad.
Además de las playas, de Copacaba Ipanema y Leblon, de las tardes al sol y el ímpetu de las olas, de las caipirinhas en los bares de la costa mirando pasar las garotas de curvas generosas y sonrisas ardientes, Rio es también la bohemia, que hoy ha tomado por asalto el barrio alto de Santa Teresa, al que se llega en tranvía, después de cruzar los Arcos de Lapa, y desde donde se tiene una de las mejores vistas de la ciudad. Ese es el lugar, el destino, el primero que se busca cuando se empieza a sentir el cansancio del año que termina y la inquietud por el descanso que se avecina. Se puede llegar de mil maneras, en avión, desde el Aeropuerto de Fisherton, y en micro, que lleva un par de días largos e intensos, también hay quien, intrépido, se ha atrevido a ir en auto, aunque el domingo, con el diario en la mano, no queda más que viajar con la imaginación.