Domingo 31 de Agosto de 2008
No son buenos tiempos para Ahmed, el camellero, y Alí, el cochero. Hasta hace poco, los numerosos turistas que iban a ver las pirámides de Giza estaban a su entero alcance. Insistentes como una lapa, se acercaban a sus "víctimas" y aumentaban o bajaban el precio de sus servicios según cuánto cediera o regateara el cliente. "Ahora ya no nos dejan acercarnos", se quejan. Desde hace unos días hay en las pirámides, ubicadas en las afueras de El Cairo, nuevas reglas.
El Consejo Superior de Antigüedades, la máxima autoridad de Egipto de protección de su herencia cultural, se negó a seguir aceptando que los visitantes tuvieran que pasar por una carrera de obstáculos antes de llegar a la que es una de las maravillas del mundo. Las nuevas medidas se enmarcan en un plan para hacer la visita a las pirámides más segura y confortable.
"En la primera etapa hemos invertido 65 millones de libras (8,3 millones de euros), explica Mohammed Shiha, inspector general del sitio arqueológico de Giza. Se ha levantado una valla de 18 kilómetros de largo que en algunas partes llega a tener seis metros de altura alrededor de la zona en la que se erigen las pirámides de Keops, Kefrén, Mikerinos y la Esfinge, como testigos de piedra de 5.000 años de historia.
Unas 200 cámaras de video son los "ojos" de los hombres que se encuentran en la nueva central de vigilancia. Y a quienes no se les pasa nada. Los ladrones de tumbas y antigüedades ya no tienen opciones. "La meseta de Giza formaba parte en la época de los faraones de una enorme ciudad de tumbas", señala Essam Shihab, un joven arqueólogo, para explicar la atracción del lugar para los amigos de lo ajeno. "Donde sea que caves, encuentras algo".
Desde que está la verja y las cámaras, no ha pasado casi nada, según el jefe de seguridad, Mohammed al-Atta, más allá de un par de turistas que al pasar por los controles llevaban cuchillos. En otras dos etapas, según Shiha, desaparecerán del área los coches, autobuses y camellos, si bien éstos tendrán una zona asignada desde la que se ven bien las pirámides, porque a muchos visitantes les gusta tener fotos de un paseo en camello con las construcciones de fondo. "El panorama se conserva", según Shiha.
También aumenta la comodidad una nueva taquilla de venta de entradas en la parte frontal. Ya no habrá largas colas, prometen los responsables. Aunque los cazadores de "bakshish" (propina) no desaparecerán. Ahmed, el camellero, y Alí, el cochero, podrán seguir ofreciendo sus servicios, pero tienen que ser más discretos si no quieren que la policía turística los llame al orden.
Así como los jóvenes de los alrededores que se ofrecen como "guías". Cuando se acercan tres autobuses, varios de ellos se ponen muy nerviosos y luchan por imponerse a la policía. Essam Shihab, que adora la arqueología, muestra una mezcla de compasión y desprecio. "Se trata de pobres diablos", comenta, "pero no tienen ni idea de los sitios arqueológicos y le cuentan a los turistas verdaderos disparates".