Reinas del desierto
No son buenos tiempos para Ahmed, el camellero, y Alí, el cochero. Hasta hace poco, los numerosos
turistas que iban a ver las pirámides de Giza estaban a su entero alcance. Insistentes como una
lapa, se acercaban a sus "víctimas" y aumentaban o bajaban el precio de sus servicios según cuánto
cediera o regateara el cliente.
31 de agosto 2008 · 01:27hs
No son buenos tiempos para Ahmed, el camellero, y Alí, el cochero. Hasta hace
poco, los numerosos turistas que iban a ver las pirámides de Giza estaban a su entero alcance.
Insistentes como una lapa, se acercaban a sus "víctimas" y aumentaban o bajaban el precio de sus
servicios según cuánto cediera o regateara el cliente. "Ahora ya no nos dejan acercarnos", se
quejan. Desde hace unos días hay en las pirámides, ubicadas en las afueras de El Cairo, nuevas
reglas.
El Consejo Superior de Antigüedades, la máxima autoridad de Egipto de protección
de su herencia cultural, se negó a seguir aceptando que los visitantes tuvieran que pasar por una
carrera de obstáculos antes de llegar a la que es una de las maravillas del mundo. Las nuevas
medidas se enmarcan en un plan para hacer la visita a las pirámides más segura y confortable.
"En la primera etapa hemos invertido 65 millones de libras (8,3 millones de
euros), explica Mohammed Shiha, inspector general del sitio arqueológico de Giza. Se ha levantado
una valla de 18 kilómetros de largo que en algunas partes llega a tener seis metros de altura
alrededor de la zona en la que se erigen las pirámides de Keops, Kefrén, Mikerinos y la Esfinge,
como testigos de piedra de 5.000 años de historia.
Unas 200 cámaras de video son los "ojos" de los hombres que se encuentran en la
nueva central de vigilancia. Y a quienes no se les pasa nada. Los ladrones de tumbas y antigüedades
ya no tienen opciones. "La meseta de Giza formaba parte en la época de los faraones de una enorme
ciudad de tumbas", señala Essam Shihab, un joven arqueólogo, para explicar la atracción del lugar
para los amigos de lo ajeno. "Donde sea que caves, encuentras algo".
Desde que está la verja y las cámaras, no ha pasado casi nada, según el jefe de
seguridad, Mohammed al-Atta, más allá de un par de turistas que al pasar por los controles llevaban
cuchillos. En otras dos etapas, según Shiha, desaparecerán del área los coches, autobuses y
camellos, si bien éstos tendrán una zona asignada desde la que se ven bien las pirámides, porque a
muchos visitantes les gusta tener fotos de un paseo en camello con las construcciones de fondo. "El
panorama se conserva", según Shiha.
También aumenta la comodidad una nueva taquilla de venta de entradas en la parte
frontal. Ya no habrá largas colas, prometen los responsables. Aunque los cazadores de "bakshish"
(propina) no desaparecerán. Ahmed, el camellero, y Alí, el cochero, podrán seguir ofreciendo sus
servicios, pero tienen que ser más discretos si no quieren que la policía turística los llame al
orden.
Así como los jóvenes de los alrededores que se ofrecen como "guías". Cuando se
acercan tres autobuses, varios de ellos se ponen muy nerviosos y luchan por imponerse a la policía.
Essam Shihab, que adora la arqueología, muestra una mezcla de compasión y desprecio. "Se trata de
pobres diablos", comenta, "pero no tienen ni idea de los sitios arqueológicos y le cuentan a los
turistas verdaderos disparates".