Portugal de punta a punta

Más allá de las clásicas postales turísticas, quince actividades imprescindibles para entender por qué el país luso enamora a viajeros de todo el mundo

Domingo 10 de Julio de 2022

Todos hemos visto alguna vez, aunque sea en fotos, las clásicas postales de Portugal: las colinas de Alfama y el elevador Santa Justa en Lisboa, los miradores de ensueño y los tranvías recorriendo esquinas imposibles, el puente Dom Luis I de Oporto y la escalera roja de la librería Lello e Irmão, incluso los castillos de Sintra y las olas gigantes de Nazaré.

Pero vayamos un poco más en profundidad, Portugal tiene cientos de rincones mágicos y lugares adorables, es un país con una energía única y paisajes encantadores, sin dejar de lado su deliciosa gastronomía, su contagioso ritmo sereno, el verdor de sus viñedos, su inagotable patrimonio cultural y esos azulejos que obligan a desenfundar la cámara a cada paso.

Para tratar de entender por qué el país luso enamora a viajeros de todo el mundo, estas son quince actividades imprescindibles para hacer en Portugal, del sur al norte y del mar a las montañas.

La “otra” cuna del fado

Lisboa es una capital con un andar imperturbable, una cadencia muy particular, tan suave y melancólica como el fado. Esos acordes tranquilos y nostálgicos que desnudan el alma portuguesa se relacionan directamente con Alfama, el barrio lisboeta más famoso, pero hay otra zona que compite por el trono de la auténtica cuna del fado.

Bajando por la otra ladera del morro, detrás del castillo de San Jorge, Mouraria es la expresión más genuina de las tradiciones locales. Sus calles empinadas muestran instantáneas casi rurales, parece que un pueblo del interior hubiese sido trasladado al centro de Lisboa.

Se escuchan saludos de casa a casa, la ropa recién lavada se seca junto a las ventanas, una mujer descansa en un banco de la placita y un vecino que camina arrastrando los pies se niega a responderle dónde consiguió ese bacalao. Y cuando cae la tarde se escuchan guitarras y ese lamento inconfundible.

Mouraria respira fado y tradiciones a pocos metros del centro pero sutilmente escondida al ajetreo turístico. Para encontrarlo hay que cruzar Praça da Figueira, llegar a Praça Martim Moniz y buscar a la derecha la calle Mouraria para recorrer principalmente rua do Capelão, rua da Guia, João de Outeiro y Marquês Ponte de Lima, y así conectar Largo Severa con el de Terreirinho.

Es un barrio pequeñito pero exigente, hay calles empinadas y otras... terriblemente empinadas. El secreto está justo al principio de rua da Mouraria: las escadinhas da Saúde tienen escaleras mecánicas que permiten sortear buena parte de la subida inicial y después hacer casi todo el trayecto cuesta abajo.

Atardecer entre dos ciudades

“Lisboa es linda, sí, pero acá es más tranquilo”. Cuando el dueño de un bar cercano a la estación São Bento dice “acá” habla de Oporto que, efectivamente, es todavía más sosegado que la capital portuguesa, lo cual ya es mucho. Para no insistir más con el tema: Lisboa tiene un ritmo plácido, Oporto es aún más reposada, Coímbra es casi imperturbable y el resto está incluso un escalón más abajo.

Eso permite que en Oporto se disfrute multitudinariamente de un espectáculo “irrepetible”... que se repite todos los días: la caída del sol. Los viajeros tienen como ritual impostergable cruzar todas las tardes el río Duero por la parte alta del Puente Dom Luís I y llegar al Jardim do Morro a eso de las 21 (esto en el verano boreal, en primavera será aproximadamente una hora antes).

Allí hay que aplaudir en honor al Astro Rey que se sumerge en el horizonte justo donde serpentea el límite natural (el río) entre Oporto y Vila Nova da Gaia. Es una auténtica fiesta popular donde también vale cantar los hits que tocan los músicos callejeros, brindar con latitas de cerveza (o con copas de champán, en el caso de los más previsores) y, por supuesto, sacar cientos de fotos. Con un poco de suerte, el ocaso tendrá a manera de efectos especiales una bruma que convertirá al Duero en una pared naranja que une ambas ciudades.

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La escalera infinita

Braga no es demasiado popular entre los viajeros extranjeros, pese a ser la tercera ciudad más grande de Portugal y el principal centro religioso del país. Con coloridos jardines floridos, un casco histórico muy animado y gran variedad de iglesias barrocas como mayor atractivo, más de uno pensará que pasar todo un día recorriendo templos cristianos puede ser aburrido, hasta que finalmente llegue a los pies del santuario Bom Jesus do Monte.

Visitado cada año por peregrinos de todo el país, las “infinitas” escalinatas que llevan a la iglesia en lo alto de la colina son un imán no sólo para devotos sino también para fotógrafos e instagrammers que buscan su selfie en uno de los rincones más sugestivos de Portugal. Llegar hasta la cima es una tarea ardua, por lo que no es una mala idea subir en el funicular más antiguo de la península ibérica, que continúa funcionando por un sistema de contrapeso de agua: el carro que está en lo más alto se carga con líquido y, mientras desciende, “empuja” al de abajo, que previamente descargó el agua para quedar más liviano.

Una vez arriba se puede disfrutar de una tarde de paz y serenidad, contemplar las magníficas vistas, comer en el restaurante, visitar la iglesia de 1725 y las capillas, y recorrer los senderos, las pequeñas grutas y el lago artificial. Entonces será el momento ideal para bajar por la monumental escalinata con las estaciones del Vía Crucis, refrescarse en las fuentes instaladas en los descansos y finalmente tomar la obligada fotografía desde abajo.

Bom Jesus do Monte está bastante lejos del centro, se puede llegar en automóvil o tomar el ómnibus 2 en avenida da Liberdade que se paga a bordo. Para el final de la tarde el mejor programa es mirar a los bracarenses pasear por las peatonales del centro mientras disfrutamos un café en la terraza de A Brasileira, el local más emblemático de Braga con más de un siglo de vida.

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Una biblioteca mágica

¿Por qué es famosa Coímbra? Por su Universidad. ¿Qué hay que hacer en Coímbra? Ir a conocer la Universidad. No hay dudas de que suena raro visitar los pasillos de una facultad estando de vacaciones pero definitivamente el caso de Coímbra es muy particular.

Enumeremos: tiene más de siete siglos de historia y fue la primera Universidad del país, su campus histórico es Patrimonio de la Humanidad, los estudiantes suelen vestir un uniforme que parece sacado de Harry Potter, tienen tradiciones como la Praxe (con “dotores” practicando los rituales callejeros de iniciación de los “caloiros” que estrenan sus capas gigantes) y la Queima das Fitas (que convierte toda la ciudad en una gran fiesta), sus pasillos y aulas tienen una maravillosa arquitectura repleta de azulejos, hay cada año 25 mil estudiantes en una ciudad de 140 mil habitantes, y desde las alturas de una colina la Plaza de la Universidad mira con orgullo —y cierta vanidad— a todo Coímbra y su río Mondego.

Si tantos motivos no son suficientes, el paseo por la Universidad (que no es gratuito ni mucho menos, hay que advertirlo) incluye una visita a la Biblioteca Joanina, una de las más bonitas del mundo, obra maestra del barroco mencionada por Umberto Eco en “Nadie acabará con los libros” para referirse a los murciélagos que por las noches entran por unos agujeros del techo para “colaborar” comiendo las polillas que dañan los libros. Ah, aclaración necesaria: la vestimenta tradicional de los estudiantes locales parece de Harry Potter porque J.K. Rowling alguna vez enseñó inglés en Portugal y se inspiró en Coímbra y Porto para gran cantidad de detalles de la historia.

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Ginjinha en la murallas

Óbidos tiene apenas tres mil habitantes, un indudable encanto medieval, y en un par de horas se puede recorrer sin problemas. Es que el casco histórico de esta villa portuguesa, flanqueada por murallas de origen musulmán, tiene solamente unos 600 metros de largo y 200 de ancho. Tiene pequeños castillos, calles empedradas, iglesias, flores en las ventanas y, por supuesto, azulejos, pero su mayor atractivo reside en esas murallas desde donde se puede ver el pequeño pueblo que alguna vez fue propiedad de la reina Isabel (sí, la monarca recibió de regalo de bodas una ciudad completa, habitantes incluidos).

Es ideal para visitarla en auto de camino entre Lisboa y Coímbra, y antes de seguir viaje probar en un solo movimiento dos de las especialidades de Óbidos: el chocolate en forma de vaso donde se servirá una ginjinha, el licor de guindas que siempre fue muy popular en todo el país, tanto que en una época incluso se lo daban de tomar a los niños para curar el resfrío.

Arena y sol

Si es verano entonces sería imperdonable no hacerse un espacio en la agenda para ir a la playa. Y Portugal tiene de sobra, con casi mil kilómetros de costa continental sobre el océano Atlántico. Hay partes muy ventosas y otras sin arena, y en los alrededores de Lisboa (en la Costa de Caparica, Estoril y Cascais) las aglomeraciones veraniegas son una constante.

Es por eso que la mayoría de los lusitanos elige disfrutar del sol y el mar al sur del país, en la zona de Algarve. El agua no tiene precisamente la temperatura del Caribe pero no hay dudas de que son las playas más bonitas de la región. Hay muchas opciones, como Marinha, Ancao, Barril, Santa Eulália y Albandeira, o ciudades como Faro, Lagos, Tavira y Sagres, pero la foto infaltable es la de las cuevas de Benagil, donde la marea moldeó las rocas hasta dejar una playa escondida y con el sol asomándose desde un gran agujero en la parte superior de la piedra. Advertencia: a Benagil no se puede llegar ni a pie ni nadando, hay que alquilar un bote.

Viaje a la Edad Media

“Aquí nació Portugal”, se enorgullecen en Guimarães, a 55 kilómetros de Oporto. El cartel en la muralla se refiere al primer rey luso, Alfonso I, bautizado en la iglesia de San Miguel, que por supuesto es uno de los imperdibles de la ciudad al igual que el Palacio de Braganza y un castillo del siglo XII.

Pero Guimarães es tan encantadora como accesible, con un pequeño casco histórico medieval donde lo mejor es dejarse llevar para dar vueltas sin rumbo entre esas calles empedradas tan prolijas y las flores que asoman de los balcones.

La foto infaltable hay que tomarla de frente a la iglesia de Nossa Senhora da Consolacão e Santos Passos, donde la fachada barroca queda de frente a un largo y colorido parque ajardinado. El paseo termina indefectiblemente con un brindis en cualquiera de los bares de la plaza de São Tiago o el Largo da Oliveira.

El regalo armenio

Hay muchos y muy buenos museos en Lisboa: el magnífico Museo Arqueológico del Convento do Carmo, el del Azulejo, el del Fado, el de arte oriental, el de los tranvías, la Casa Fernando Pessoa, la Casa Amália Rodrigues, la Fundación Saramago, y un largo etcétera. Muchos dejan para el final el museo Calouste Gulbenkian, quizás porque está algo alejado de las mayores atracciones de la ciudad. Grave error.

Gulbenkian fue un empresario armenio que básicamente dedicó su vida a ganar dinero con el petróleo e invertir las ganancias en arte. A su muerte, en 1955, legó su casa, sus jardines y toda su colección a Portugal.

El recorrido por el museo es un apasionante viaje en el tiempo: estatuas egipcias, vasijas y joyas grecorromanas, bajorrelieves mesopotámicos, alfombras islámicas, biblias armenias, jarrones chinos, marfiles europeos y finalmente las pinturas de Rubens, Van Dyck, Rembrandt y Ghirlandaio, tapices renacentistas, mobiliario francés y cuadros de Renoir, Manet, Monet y Degas. La cereza del postre es la maravillosa colección de joyas de René Lalique. Imperdible.

Colores y canales

Todo país europeo que se jacte de explotar sus dotes turísticos tiene alguna ciudad apodada “la Venecia de...”, y Portugal no podía ser la excepción. Quienes lleguen a Aveiro buscando una auténtica ciudad flotante seguramente saldrán decepcionados pero tiene una generosa ría surcada por los barcos “moliceiros” y tres canales que se pueden navegar en “mercanteis”.

Después del recorrido acuático lo más recomendable es caminar entre su arquitectura Art Nouveau para terminar en el campanario de la catedral de Aveiro. Un breve y muy colorido paseo que es casi obligatorio terminar con una cena de pescado y espumante da Bairrada.

Rituales masónicos

A una hora en tren de Lisboa está Sintra, famosa por la gran cantidad de castillos que “trepan” por las colinas que rodean a este bucólico pueblito permanentemente invadido de turistas. Dejemos de lado el castillo más famoso, el colorido Palácio da Pena, y busquemos uno que está muy cerca del centro (un gran punto a favor, ya que es complicado llegar a pie a algunos y para ir a otros no hay más opción que subir en auto).

El Palacio y Quinta da Regaleira lo tiene todo para atrapar al visitante: arquitectura gótica y neomanuelina, floridos jardines en desniveles, torres con vistas grandiosas, grutas oscuras, estanques y lagos subterráneos, senderos y escaleras bastante escondidas, construcciones enigmáticas y el misterio de la masonería y los mitos alquimistas.

El gran atractivo de Regaleira es el pozo iniciático, una torre invertida que, en lugar de llevar a las alturas, desciende en espirales hasta casi 30 metros bajo tierra. Cuenta la leyenda que aquí se celebraban rituales masónicos que culminaban con sigilosas huidas por algunos de los pasadizos de la quinta.

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Más allá del pastel de nata

Lisboa es famosa por los pasteles de Belém, unas tarteletas de crema muy parecidas a la gloria misma. El nombre está registrado, ya que en el barrio de Belém aseguran que tienen la receta original, pero en el resto de la capital lusa no se hacen problemas y cocinan los “pasteles de nata”, con diferencias absolutamente imperceptibles. Después de varios días en Lisboa es lógico que uno termine “atascado” de tanto pastel de nata, entonces hay que viajar al centro del país, más precisamente a Coímbra, donde la variedad de repostería es inabarcable.

Es de persona respetuosa de las costumbres locales empezar probando un crúzio, que mantiene la antigua receta de los monjes del monasterio de Santa Cruz a base de harina, manteca, crema de huevo, almendra laminada y azúcar impalpable. Se sirve en un solo lugar, al lado del monasterio, en el Café Santa Cruz, una de las cafeterías más tradicionales y hermosas de la ciudad. Pero el trío huevo-almendra-azúcar se repite por todas las pastelerías de Coímbra (que no son pocas) y lo más difícil quizás sea aprender cada nombre de esas delicias inolvidables para cualquier paladar: pastel de Santa Clara, arrufada, travesseiro, queijada de amêndoa, manjar branco, papo de anjo...

Cada pastelería tiene su especialidad, lo mejor es pedir recomendación, disfrutar y saber de antemano que en muy poco tiempo estaremos sintiendo una profunda saudade de los dulces coimbrenses.

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La bomba portuense

Sigamos masticando. “Francesinha” puede ser un nombre un poco raro para una comida, pero hay que dejar de lado los prejuicios ante esta marca registrada del norte de Portugal. Corrección: no es del norte en general sino de Oporto en particular, los portuenses advierten que hay que saber elegir muy bien dónde probar una francesinha.

El “trabajo de campo” de esta investigación llevó a concluir que este plato se debe comer en algunos de los restaurantes de los alrededores de Praça dos Poveiros, no muy lejos de la zona más turística de Oporto. Somos varios los que opinamos que la mejor se sirve en Café Santiago pero será cuestión de degustar en cada local del área hasta consagrar la ganadora.

¿Qué es la francesinha? Una bomba de colesterol, una auténtica desmesura, un desafío gastronómico. Por lo general lleva, de abajo hacia arriba: pan lactal, mortadela, salchicha, bife de novillo, jamón, otra rodaja de pan, queso fundido y huevo frito, todo bañado en una salsa de tomate y cerveza, y acompañado con papas fritas. Para la digestión se recomienda una copa de vinho verde, una variedad de la zona apenas ácida y espumosa. Bueno, dos copas. Y una siesta también.

Un montón de huesos

En la zona de Alentejo está Evora con sus casas blancas y sus balcones, llena de vestigios romanos, edificios medievales y construcciones megalíticas con menhires de 8.000 años de antigüedad.

Es un lugar ideal para respirar tranquilidad, con escenarios idílicos y la naturaleza en su más colorido esplendor. Pero su atracción más curiosa (y lúgubre) es la Capela dos Ossos, un osario decorado con miles de calaveras, tibias y fémures. “Nosotros, los huesos que aquí estamos, esperamos por los vuestros”, es la tenebrosa inscripción en la entrada de la capilla.

Una isla “africana”

Madeira es una isla portuguesa a más de 700 kilómetros del continente, más cerca de África que de Europa. Su geografía accidentada y sus selvas, playas y pueblos de ensueño son un atractivo turístico desde hace mucho tiempo, lo sabían tanto Winston Churchill como Isabel de Baviera (más conocida como la emperatriz Sissi), aunque el nombre más popular de la isla es el de Cristiano Ronaldo, oriundo de estas latitudes.

Madeira tiene museos, fauna endémica (especies que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo), una casa donde vivió Cristóbal Colón, extensos campos verdes, montañas para hacer senderismo, piscinas naturales, un suave y eterno verano (aunque extremadamente lluvioso entre noviembre y enero), una gastronomía muy particular, cuatro variedades propias de vinos y su famoso helado de arroz con leche. Eso sí, queda lejos, hay que llegar en avión.

El fin del mundo

Para terminar, vayamos allí donde “termina” Europa, “onde a terra se acaba e o mar começa”, como alguna vez escribió Luís de Camões. Cabo da Roca es el punto más occidental del continente (sin contar las islas, claro está) y es un paseo que no demanda mucho tiempo: es apenas un acantilado rocoso a casi 150 metros sobre el océano Atlántico, con un faro, un monumento de piedra, una tienda de recuerdos y mucho (muchísimo) viento.

Así y todo, no son pocos los visitantes que llegan a Cabo da Roca desde la cercana Sintra para retratar los hermosos acantilados, experimentar en primera persona el áspero clima del lugar y asomarse a la inmensidad del Atlántico. Después de todo, de eso se trata: de disfrutar Portugal de punta a punta.