Turismo

Mendoza: su majestad el vino

El vino no es sólo una bebida ni siquiera para aquellos que no le intuyen otra finalidad que tomarlo. Basta pensar en su planta original, tan frágil como resistente, en la historia de madera y sol que se va con cada trago o en la complejidad de su elaboración, mezcla de certezas e intuiciones.

Sábado 15 de Marzo de 2008

El vino no es sólo una bebida ni siquiera para aquellos que no le intuyen otra finalidad que tomarlo. Basta pensar en su planta original, tan frágil como resistente, en la historia de madera y sol que se va con cada trago o en la complejidad de su elaboración, mezcla de certezas e intuiciones. Ligado a la pena, o a la alegría, en Mendoza el vino es una forma de vida iniciada hace 400 años, que se renueva entre generaciones y cosechas, al compás de negocios y pasiones, como puente entre lugareños y visitantes. Es allí donde, además de beberse, el vino puede vivirse todo el año. Pero hay distintas formas de hacerlo, más allá de gustos y cepajes.

Variantes

Así como, trasplantada, se aquerenció la vid, también el importado enoturismo encontró en Mendoza condiciones favorables a partir de los paisajes y de 4 siglos de historia vitivinícola. Hace 15 años, cuando los vinos argentinos empezaron a ganar mercados extranjeros, los bodegueros debieron adecuar sus instalaciones para recibir a clientes que llegaban de otros países, interesados tanto en los productos como en la elaboración. Luego fue el propio vino el que atrajo a turistas curiosos.

En bodegas como Flichman (Maipú, 1910) o Norton (Luján de Cuyo, 1895) se pueden contemplar las instalaciones que marcan el camino del vino desde el viñedo al paladar, mientras se oye una explicación del proceso. El aroma áspero de tanques y piletas no se olvida más, y no puede dejar de relacionárselo con el vino. Y luego el de la madera, en las cavas, aporta una capa más a las tantas que el recién llegado va descubriendo hasta que todo llega a la copa. Al mismo tiempo, el recorrido por viñedos y viejas construcciones que se combinan con tecnología de punta revela la dimensión histórica de un trabajo centenario. Pero todo ese saber tiene que refrendarse "en boca", donde al final el gusto personal determinará el resultado.

Se estima que casi medio millón de personas —en su mayoría argentinos, pero hay cada vez más extranjeros— visitó en 2007 alguna de las 85 bodegas mendocinas abiertas al turismo. Este aumento constante —un 20% en el último año— "no es un boom, sino una tendencia", dice Belén Gaua, responsable de turismo de Bodegas Argentinas, entidad que promueve la actividad en todo el país donde el total de visitas del año pasado superó el millón.

Esta tendencia consiste, en parte, en que aquellas visitas guiadas que diez años atrás buscaban profundizar la atracción por el vino en ese público ya interesado que se arrimaba a las bodegas hoy se estén diversificando en función del nuevo producto —el turismo— que asoma entre las parras. Este nuevo mercado, y su competencia, originan servicios complementarios.

En Mendoza ya hay seis bodegas que cuentan con alojamiento propio y atractivos extra que van desde el golf con vista a la cordillera, el relajado turismo rural, spa y piscina. Algunos van más allá, con su propia galería de arte, u ofrecen una degustación nocturna con una astrónoma que ayuda a mirar las estrellas. Y la oferta del momento: participar de la cosecha y la elaboración para llevarse un vinito propio a casa.

"Para muchas bodegas el turismo no sólo les trae beneficios como marca sino que además ya es un negocio en sí mismo", explica Gaua, mientras cuenta que en los próximos cuatro años la actividad será fomentada merced a un programa sustentado con 2 millones de dólares que aportará el BID.

Así, el vino se va convirtiendo en uno de los atractivos turísticos más importantes de Mendoza y ya no es sólo una cuestión para expertos. El tiempo dirá si esto no es más que una moda.

Clásico y contemporáneo

Dicen los que saben que el vino evoluciona, pero eso no ocurre sólo en botella. Una buena síntesis de esto es el Festival Internacional Música Clásica por los Caminos del Vino, un producto de turismo cultural para Semana Santa que en sus 8 años abrió, tal vez impensadamente, una nueva puerta por donde la cultura mendocina desarrolla —y ofrece— otras variedades.

En rigor, comenzó en 2000 con 7 conciertos en 7 iglesias, y el vino se coló al año siguiente. Hasta ese momento, la coyuntura política y económica daba para traer artistas extranjeros. Pero la crisis de 2002 obligó —como en el resto del país— a mirar hacia adentro, y así aparecieron excelentes músicos mendocinos que comenzaron a multiplicarse, abordando repertorios antiguo y contemporáneo de los siglos XIII al XXI, apuntando a "repensar la música clásica desde Latinoamérica", según el director del festival, Alejandro Sánchez Candelago.

La evolución del festival, que este año ofrece 52 conciertos en 15 bodegas, con entrada gratuita, hizo que las empresas que al principio no se animaban a apostar como patrocinadoras terminaran pidiendo pista para participar. Hoy el ciclo vuelve a recibir a importantísimos artistas extranjeros, pero los privilegiados siguen siendo los locales.

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