La legendaria rueda de la fortuna del muelle de Santa Mónica
 El embarcadero de la playa de la ciudad de Los Angeles tiene un parque de diversiones, la mejor vista del atardecer de California y un adivino misterioso. Es el punto final de la legendaria Ruta 66 y un paraíso para los amantes del surf. Un paseo para atesorar en la memoria.

Domingo 03 de Junio de 2012

Es un falso recuerdo, claro, pero ahí está, nítido como si fuera real, cada vez que escucho cómo crujen bajo mis pies los maderos del muelle de Santa Mónica.
 
Lo veo a lo lejos, es un niño pequeño frente a una de esas máquinas que por una moneda te adelantan el futuro. Zoltar se llama el adivino con rasgos orientales, barba negra y turbante dorado, mueve la mano sobre una bola de cristal y habla con voz metálica. Le concede un deseo: ser mayor, de una vez por todas. El chico, el genio, la magia están, en mi memoria frágil de hombre mayor, en ése muelle, pero no es así.
 
Volví a ver una y otra vez la película, “Quiero ser grande”, con Tom Hanks, y me detuve en ese momento. Es verdad, a la distancia se ve la silueta de un puente iluminado por pequeños faroles azules, que bien podría ser el Brooklyn Bridge, y por más que la busque la rueda de la fortuna del Pacific Park no aparece, tampoco la calesita de incansables caballos de madera tallados a mano y mucho menos la larga línea que parte el camino al medio y termina en el cartel blanco, redondo, donde puede leerse en enormes letras negras: “Route 66 End of Trial”.
 
“Cada país tiene su Ruta 66, en la Argentina es la 40, que nace en el sur de la Patagonia y sube hacia el norte bordeando la cordillera”, explica con aires de entendido Roger, un americano de Minneapolis al que la vida lo depositó en la pequeña garita blanca que vende souvenirs de la carretera que nace en Chicago y termina en la costa de California, una leyenda a la que Pappo le dedicó un rock'n roll.
 
El puesto queda en la entrada del embarcadero, justo enfrente del enorme galpón de paredes de madera y techos de chapa que luce en el frente un letrero de neón que reza: “Bubba Gump”. En lo más alto de cada una de las esquinas del local flamean las barras y estrellas de la bandera de Estados Unidos. Se sacuden salvajemente, con un estruendo que si uno anda distraído puede darle flor de susto.
 
Es que el viento en la costa del Pacífico es bravo, indómito, como los pioneros que, allá lejos y hace tiempo, se lanzaron a la conquista del Oeste y forjaron con sus propias manos, a punta de Winchester, el sueño americano. Hoy los motoqueros, que andan por aquí y por allá a bordo de sus poderosas Harleys Davidson, camperas de cuero, botas con tacones altos, pañuelos al cuello, cabalgan esas mismas rutas como antes lo hicieron los vaqueros.
 
En la playa, que se extiende más allá de donde los ojos alcanzan a ver y al sur dibuja una curva suave que bordea las colinas de Los Ángeles, que están lejos, aunque parezcan cerca, y que a sus espaldas esconden el cartel de “Hollywood”, el viento sopla aún más fuerte y los surfistas lo celebran. Haya sol o el cielo amenace con dejar caer su furia, se encaminan al mar, la tabla bajo el brazo, traje de neopreno y una mueca en los labios que, si se mira con cuidado, se verá que es una sonrisa de satisfacción.
 
A sus espaldas, formando una hilera que se pierde en el horizonte, están las casetas de madera, que supieron ser celestes pero que el embate incesante de la arena dejó de un color difícil de definir, que de lejos parece gris y de cerca tiene ese tono apagado que cobra la madera cuando se al abandona a suerte. Son los puestos de los guardavidas, que en la vida real tienen poco y nada del glamour de los de “Baywatch”, aunque son los mismos, sí, los mismos donde Pamela Anderson se asomaba para vigilar el mar, con unos prismáticos gigantes y un traje de baño rojo capaz de subir la temperatura del infierno.
 
Hay que decirlo: no hay mejor lugar para ver el atardecer que la playa de Santa Mónica, en invierno, cuando el frío cala los huesos, el restaurante inspirado en la película “Forrest Gump”, el primero de la franquicia que hoy le da la vuelta al planeta, es un buen refugio para ver caer el sol acompañado de una cerveza, que tiene que ser Budweiser, claro, y un plato de camarones fritos, de esos que solían pescar el bueno de Forrest y el Teniente Dan, sin piernas pero con un coraje envidiable, a su regreso de la Guerra de Vietnam.
 
También es un buen punto de partida para explorar el Ocean Front Walk, el paseo costero que une a Santa Mónica con Venice Beach. Hay que recorrerlo a pie, aunque hay quienes prefieren hacerlo en bicicleta, que se pueden alquilar ahí mismo, frente a la playa. Paso a paso, se puede apreciar cada detalle, desde las parejas que juegan interminables partidos de voley en la arena, las chicas que zigzaguean entre los turistas en rollers y los artistas, locos y soñadores que, cuando despertaron del sueño hippie, hicieron de la playa su hogar.
 
Ahí está The Muscle Beach, un gimnasio gigante al aire libre, donde ejercitan sus abdominales los aspirantes a modelos de Abercrombie & Fitch, justo enfrente de los consultorios de “The Green Doctors” que ofrecen exámenes médicos por 40 dólares, con la garantía de una prescripción de una dosis de marihuana medicinal. Más adelante está “The Original Venice Beach Pschic”, donde desde 1980 hacen lecturas de manos y de Tarot, para los que no les gusta dejar el futuro librado al azar. Mal que le pese a Zoltar y a sus recuerdos del futuro, que son falsos, tan falsos como un dólar celeste.