Turismo

La emoción de salir en un safari fotográfico por el Parque Kruger en Sudáfrica

En el extremo oriental de Sudáfrica se encuentra el Parque Kruger, la mayor reserva natural de animales del país. Visitarlo es una experiencia capaz de darle un vuelco a la vida. 

Domingo 29 de Julio de 2012

Hay escapadas de fin de semana, vacaciones de verano y viajes para toda la vida. Son esos que, aunque las fotos se hayan perdido en una mudanza -inevitablemente se pierden cosas en las mudanzas- o se hayan borrado “sin querer” del rígido de la compu, quedan grabados a fuego en la memoria. Como los recuerdos que, a pesar de haber sido borrados con esmero, taladran y una y otra y otra vez la cabeza de Jim Carrey, en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”. Y lo alegran y lo atormentan y lo persiguen y no lo dejan olvidar el amor.


Africa, aún la del sur que, cuando se pasea por Ciudad del Cabo se parece más a Londres que al Serengueti, es uno de esos lugares, uno de esos amores que, cuando se te meten adentro, no se van más. Es tan distinto a todo lo conocido, a todo lo imaginado que la primera vez, como lo es también la primera vez en Brasil, es un cachetazo en el rostro, que despierta la conciencia a colores, sabores y olores nuevos, distintos, tan inesperados como tener que entrar a una rotonda por la izquierda o esperar que un mono se desperece para seguir viaje en coche.


Más en el interior, donde deja de escucharse hablar en inglés o en afrikáans, que suena a inglés y también a holandés y que, aunque se distinguen algunas palabras, es ininteligible, como el zulú, el swazi o cualquiera de las otras lenguas bantúes que resuenan en los oídos a medida que uno se aleja de las grandes ciudades y se adentra, a través del enmarañado trazado de carreteras que surcan de este a oeste y de norte a sur la extensa geografía del país, en el Africa negra. Que es misteriosa, irresistible, pero también inquietante para el viajero que llega de Occidente.


Así y todo, es imposible perderse, hasta sin GPS, los caminos están bien señalizados y, si uno tiene claro a dónde quiere ir, con un buen mapa, cierto sentido de orientación y buena vista, va a llegar a destino. Los carteles son claros, las rutas seguras y los conductores respetuosos, mucho más de lo que se puede pedir de este lado del planeta. Por eso, dar con la entrada principal del Parque Kruger, la legendaria reserva de animales salvajes, es un juego de niños o al menos no es una hazaña, eso sí, después de atravesar el portal, es otra historia, muy distinta.


El auto, alquilado en un paquete “fly and drive”, no es ni por asomo el que se recomienda usar para un safari en la sabana, es blanco, sedán, motor 1,6, cómodo para la ciudad, arriesgado, acaso demasiado, en caso de una estampida de elefantes, que no pasa, gracias al cielo, pero podría pasar, porque ni bien uno traspasa el portal del parque, viaja librado a su suerte, en territorio salvaje, y con una sola premisa: llegar al campamento antes de las 5 de la tarde, cuando se cierran las puertas que, por más que uno ruegue y chille, no se volverán a abrir hasta la mañana siguiente.


La hora de cierre. Las reglas en el Kruger son estrictas y hay que cumplirlas, no porque las penas sean severas, sino porque la vida se va en ellas. Si uno es cabeza dura, tanto para pensar que no hacerlo puede ser divertido, está equivocado. Lo prueban los videos que, cada noche, en el anfiteatro del campamento Skukuza, bajo la mirada atenta de los vampiros que cuelgan de los tirantes del techo de paja, muestran cómo los animales atacan a dentelladas, caminan pesadamente sobre los autos, desgarran con sus garras afiladas a los que se atrevieron a hacer lo que no debían.


Los animales, los que ellos llaman “los cinco grandes”, sí, los mismos que, si se tuvo suerte, se vieron descansando plácidamente bajo la sombra de un árbol, escondidos entre las matas amarillentas que acompañan el camino o cruzando frente a las propias narices sin que siquiera repararan quién está ahí, tan cerca que si resoplaran le despeinarían el flequillo. Los que se pasa buscando todo el santo día y que, cuando finalmente se los encuentra, hacen que se quede extasiado, con la mirada perdida y el corazón golpeando con la fuerza de un martillo neumático.


Es un momento único, irrepetible, que se espera largamente. Desde la madrugada, cuando con el coche ronroneando suavemente, se espera que se abran las puertas del campamento y se ven los ojos rojos de las hienas que muestran los dientes como en los dibujitos animados, pero no se ríen, que no causan gracia. Su andar es lento y seguro, cruzan la carretera con la seguridad del que sabe que no corre ningún peligro y se pierden en la espesura. No se van, están ahí cerca, al acecho, a la espera de una oportunidad de hacer lo que mejor saben y que más les gusta.


Skukuza es el más grande de los doce campamentos esparcidos en los cerca de 19 mil kilómetros cuadrados de extensión del parque, está sobre la ribera del río Sabie, que corre mansamente a un lado de las cabañas y está infestado de cocodrilos. Cuenta con alojamiento para mil personas, en cabañas y carpas, en una zona de camping, tiendas, restaurante, sala de cine, parrilleros y estación de servicio. Está rodeado por una cerca alta y segura que las fieras no pueden trasponer, los hombres tampoco. Por la noche, puede verse como merodean los animales, si se presta atención hasta se puede escuchar su respiración.


Es la capital del parque, y su mayor centro de atracción. ¿Qué significa su nombre? Sus empleados lo explican en su mejor inglés, “el que todo lo vuelca boca abajo”, aunque si uno pasa una noche en el campamento no necesita explicación. A la mañana, todo lo que estaba al derecho está dado vuelta, los cestos de basura, las sillas, las mesas ligeras, los objetos que se dejaron olvidados al aire libre. Fueron los monos que, como pueden salvar la cerca descolgándose de las ramas de los árboles, aprovechan la tranquilidad de la noche para hacer de las suyas.

 

La hora de la verdad. A nadie le importa, porque ni bien sale el sol hay que salir a la carretera. El amanecer es la mejor hora para ver a los felinos, que vuelven de su cacería nocturna y caminan en manada en busca de un refugio, fresco, seguro, alejado de las miradas indiscretas y del calor que al mediodía es agobiante. Ese el momento en que se puede ver a una familia completa de leones, el macho, con su melena dorada, sus ojos de hielo y su paso lento, la hembra, delgada pero amenazante, y los cachorros que caminan cerca de sus patas, como si fueran gatitos de peluche pero no lo son.


Verlos es un shock, porque no es fácil y, sobre todo, porque ante su presencia queda en evidencia la propia fragilidad. A paso de hombre, el coche les pasa tan cerca que si se estirara la mano se los podría tocar. Nadie lo intenta, nadie siquiera se atreve en ese momento a bajar la ventanilla para sacarles una foto. Imponen respeto, más que eso, meten miedo. Y no es para menos, no tienen la resignación de los animales del zoológico y mucho menos el gesto sumiso de los del circo, en libertad mandan ellos, son los reyes, y a nadie en su sano juicio se le ocurriría arrebatarles la corona.


Leones, elefantes, rinocerontes, leopardos y búfalos son los cinco grandes, verlos puede llevar horas o días, depende de la época del año, la hora del día, pero más que nada de la suerte, porque ni bien se traspone la entrada del parque se puede dar con un elefante blanco que mansamente rebusca con la trompa algo que comer entre las ramas de un árbol o, después de una larga jornada yendo de aquí para allá, llegar a la parte más alta de una lomada y encontrarse cara a cara con dos rinocerontes que se cornean cabeza con cabeza, mientras bufan estentóreamente.


También se puede andar y andar sin ver más que impalas, el “fast food” de los animales carnívoros del Kruger, que corretean alegremente. Al principio resultan simpáticos, pero al cabo de unas horas a uno le dan ganas de usarlos de carnada para atraer a los depredadores, al leopardo o a los perros salvajes, que son los más esquivos y por los que se pagan fortunas por una buena foto. Más allá de la ansiedad que provoca la búsqueda, la naturaleza alrededor es una maravilla incesante. Si hay hasta baobabs, los temibles árboles de “El principito”, que son gigantes y mágicos.


Es encantador ver a una familia de hipopótamos bañándose en las aguas oscuras de un río a media tarde, aunque si se los cruza en tierra, durante un safari nocturno, le helarán la sangre, porque son más rápidos y tienen las fauces más grandes de lo que jamás se imaginó. No hay nada más fascinante que seguir a las jirafas, hay que hacerlo a distancia porque son muy desconfiadas, pero sus pasos lentos y elegantes y su cuello larguísimo las revelan como un ser glamoroso, tanto que su figura, fina, delicada, no desentonaría en una recepción en el Palacio de Buckingham.


Al final del día, cuando se emprende el regreso al campamento con la esperanza de llegar antes de que las puertas se cierren, es imposible que el cansancio le gane a la agitación que despierta haber cruzado una mirada con el Rey de la Selva o haber sentido cómo tiembla la tierra bajo los pies de una manada de elefantes. No alcanzan las palabras, las fotos, que todavía permanecen en la memoria de la cámara, registran instantes, momentos, pero ni por asomo transmiten lo que se vivió al tomarlas. Hay que sentirlo, en el corazón, en Africa, que es para toda la vida.

 

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