Domingo 21 de Agosto de 2022
Un paraíso que evoca el inicio de los tiempos. Un tesoro ecológico que muchos quieren descubrir. Pero, para sobrevivir, las islas Galápagos deben desairar a miles, quizá millones, de turistas. En las arenas blancas de Tortuga Bay, en la isla Santa Cruz, las iguanas de cresta prehistórica se tuestan al sol entre los turistas.
Los surfistas corren olas entre tortugas marinas. Otros bañistas con máscaras y esnórquel observan mantarrayas, tiburones punta blanca y peces de colores. Así, entre especies amenazadas y visitantes que no llegan a ser multitud ha sobrevivido este archipiélago volcánico conformado por 19 grandes islas y decenas de islotes y rocas a 1.000 kilómetros del continente.
Con una red de pequeños hoteles y una oferta de cruceros entre islas, Galápagos es un destino ecoturístico que figura entre los más exclusivos del Pacífico. La afluencia de turistas ha ido creciendo, hasta alcanzar unos 245.000 visitantes por año. Esa cifra, que según las autoridades es el máximo que las islas pueden soportar sin dañar sus ecosistemas, podría convertirse en norma.
Golpeado en el pasado por piratas y balleneros, el archipiélago que inspiró a Charles Darwin su teoría de la evolución lucha contra la pesca ilegal, el calentamiento global e “invasores” como perros, gatos y ratas. En 1959 se creó el Parque Nacional para preservar un 97% de su superficie terrestre, y en 1978 la Unesco declaró al archipiélago Patrimonio Natural de la Humanidad.
También se delimitó una reserva marina de 138.000 kilómetros cuadrados, y se catalogó como santuario marino -con veda total de pesca- a un área de 38.000 kilómetros cuadrados, entre las islas Darwin y Wolf, la zona con mayor biomasa de tiburones del mundo.
Dependiente de las importaciones del continente y con fuentes limitadas de agua, este archipiélago colgado en el Pacífico ha limitado el crecimiento de su población: hoy sólo viven algo más de 32.000 personas en las cuatro islas habitadas. La ley de Régimen especial trata como extranjeros a los ecuatorianos “continentales”. Para obtener la residencia permanente, por ejemplo, deben haber estado casados con un galapagueño un mínimo de diez años. Las autoridades llevan años restringiendo además la construcción y promoviendo el uso de energías renovables y del coche eléctrico. Incluso, las bolsas plásticas están prohibidas.
En la isla Baltra, la principal puerta de entrada a Galápagos, opera un aeropuerto ecológico, movido por energía solar y eólica. Pero el reto es gestionar el turismo de manera sostenible, que conserve los ecosistemas y genere beneficios.