Turismo

Isla de Pascua: misterio en el pacífico

Una isla perdida en la inmensidad del océano Pacífico, donde se desarrolló una extraña civilización aislada del mundo, dedicada al culto a los Moai, los dioses de piedra...

Domingo 06 de Enero de 2008

Una isla perdida en la inmensidad del océano Pacífico, donde se desarrolló una extraña civilización aislada del mundo, dedicada al culto a los Moai, los dioses de piedra cuyo significado nunca ha sido enteramente develado. Tranquilidad absoluta y contaminación cero. Playas vírgenes y conmovedores paisajes.

Tras la ventanilla del avión, un cielo límpido y generoso crea la ilusión de que el océano Pacífico es infinito y sin islas. Recién a las cinco horas de vuelo hacia los confines de la tierra, aparece en el horizonte la primera y única excepción a la monotonía celeste del panorama: un pequeño triángulo de tierra emerge en medio de la nada. la isla más remota del planeta (a 4 mil kilómetros de la costa más cercana).

Al sobrevolar Rapa Nui (el nombre que le dan los nativos), se advierte la aridez de esta solitaria isla, la más oriental de la Polinesia. A simple vista parece un islote desierto con suaves lomajes verdes, rodeado de caprichosos acantilados de lava negra y tres volcanes ubicados en cada vértice de este triángulo perfecto. "Te Pito O Te Henua" es el otro nombre ofrendado por los antiguos habitantes a este inhóspito paraje que, modestia aparte pero con mucho tino, significa "El ombligo del mundo".

En el pequeño aeropuerto los pascuenses reciben al visitante con las fotos de sus hoteles en mano. Habrá que elegir alguno porque en la isla de Pascua no hay taxis y, salvo el propio dueño de un hotel, nadie llevará al viajero hasta el poblado de Hangaroa. La colosal cabeza de un Moai en la cantera del volcán Rano Raraku.

El nacimiento de los moai

Como la isla mide 180 kilómetros cuadrados, se debe elegir un medio de locomoción: bicicleta (10 dólares por día), camioneta 4x4 (50 dólares por día) o una combi con chofer (30 dólares por día). El lugar natural para comenzar la recorrida es la cantera del volcán Rano Raraku, donde llegaban al mundo los Moai. Los gigantes de piedra se tallaban recostados, directamente sobre las paredes volcánicas. Luego, como si se les cortara el cordón umbilical, las estatuas eran separadas de la roca madre para transportarlas al resto de la isla. En Rano Raraku el visitante asiste al nacimiento trunco de centenares de Moai a medio construir que quedaron unidos a la cantera. Otros están de pie esperando desde hace 400 años ser trasladados hasta el sitio que les había sido destinado.

Los últimos destellos crepusculares surgen del mar mientras en el interior del cráter se configura un virtual cuadro surrealista: un grupo de caballos salvajes abreva en las aguas de una laguna inmóvil, rodeada por una pronunciada explanada verde donde algunos Momia erguidos parecen descender hacia el centro de la tierra.

Al visitar el volcán Rano Raraku, queda claro que no hay ningún misterio en la construcción de los Moai. Al haberse interrumpido abruptamente la producción (año 1600), en la cantera quedaron representadas una por una las etapas del tallado. Incluso las herramientas de piedra están desperdigadas por el sitio.

Civilización Rapa Nui

La hipótesis de la ayuda extraterrestre irrita a los pascuenses, indignados de que desde Occidente se cuestionen los logros de sus ancestros, mientras que a nadie se le ocurriría poner en duda las grandes obras europeas del Medioevo.

Lo verdaderamente asombroso de la civilización Rapa Nui es que haya desarrollado técnicas artísticas tan complejas en condiciones de aislamiento absoluto, y en un contexto geográfico tan adverso (apartándose de la norma según los arqueólogos).

Durante la noche, el silencio es tan perfecto que ni siquiera el vecino mar arrima sus murmullos. La actividad comienza temprano en la mañana, cuando las polvorientas calles se pueblan de gente que se saluda con ruidosos "ia-o-rana" (buenos días). Nadie tiene prisa, y nuevamente aparecen en escena los caballos salvajes que se acercan a pastar en la plaza del pueblo.

El papel que cumplen estos caballos es extraño; casi siempre están en el medio, como los animales de las películas de Emir Kusturica. Uno los encuentra en los caminos de la isla cerrando el paso, donde permanecen inmutables como las vacas sagradas de la India.

Son indiferentes a la presencia del hombre... no le temen, simplemente lo ignoran.

Unos pocos han sido domesticados (a los pascuenses no les gusta caminar), y los usan como medio de transporte.

En Hangaroa vive la mayoría de los 2900 habitantes de la isla. Prácticamente no circulan autos y sólo dos calles están asfaltadas.

Frente a la bahía es común ver a la gente practicar el deporte tradicional del lugar: el canotaje, también disponible para los turistas. Casi la mitad de los pobladores son chilenos continentales y el mestizaje casi no existe.

A los nativos pascuences se los reconoce con facilidad por sus rasgos polinesios (raza maorí): cabellos lacios, fina fisonomía, contextura robusta y elevada estatura.

Las mujeres ostentan una exótica belleza, con cuerpos delgados y un inquietante quiebre de cadera al andar. Se habla (además del castellano) un dialecto de tronco polinesio.

Mirando hacia el interior

Los Moai están distribuidos a lo largo de toda la línea costera, mirando siempre hacia el interior de la isla (la razón es desconocida).

Están emplazados sobre unas plataformas llamadas Ahu, que originalmente eran tumbas abiertas construidas mucho antes que los Moai. De hecho, todavía quedan algunos Ahu con antiquísimos huesos al alcance de la mano de cualquier turista inescrupuloso.

El Ahu de Tongariki tiene una amplitud de 160 metros y sostiene quince rígidos Moai perfectamente alineados. Fue construido alrededor del año1000, cuando se desató la fiebre escultórica en Rapa Nui.

Las figuras miden entre 3 y 10 metros de alto y pesan unas 80 toneladas. Sus ojos, vacíos e inexpresivos, parecieran otear el infinito con pétreas miradas.

En tanto las orejas son alargadas y los brazos se apoyan en el abdomen, mientras que los cuerpos se cortan abruptamente al nivel de la cintura.

 En Tongariki sólo uno de los moai tiene colocado el Pukao, que a simple vista parece un sombrero, pero en realidad es un tocado. Un lugar para visitar cargado de misterio y leyenda.

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