Domingo 03 de Mayo de 2015
El hechizo de las cataratas del Iguazú no pasa de moda, no se agota, es un espectáculo con garantías, que responde a su condición de maravilla del mundo. Es imperdible el recorrido por las pasarelas, el paseo en lancha al corazón de la cascada y la estremecedora Garganta del Diablo. Sin embargo esta vez la propuesta es agregar a la travesía masiva una experiencia en la selva profunda de Misiones que permite sentir el agua en el cuerpo.
El destino son los Saltos del Moconá, a 330 kilómetros de Iguazú, que se recorren por rutas asfaltadas con una demora de cuatro horas hasta llegar a El Soberbio, para luego transitar unos 70 kilómetros más hasta la Reserva Provincial Moconá. Desde que la ruta 2, conocida como "costera", se pavimentó hace tres años el crecimiento es exponencial. En 2012 se recibían 300 visitantes al año y ahora son 300 los turistas por día.
Los Saltos del Moconá funcionan como imán para atraer a los curiosos viajeros hasta el remoto paisaje misionero que interrumpe con su singular falla geológica durante tres km del río Uruguay. Los saltos, de unos diez metros de altura atraviesan de manera longitudinal al curso del agua, al contrario de la mayoría de las cataratas que son transversales. Su aparición ante la mirada de los visitantes es comparable a la apertura de un telón que entrega ante los visitantes su mejor versión.
Con los pies en esta zona, la selva anclada en la Reserva de Biósfera Yabotí hace el resto. La naturaleza se encuentra en su estado más puro, envuelve, atrapa con sus encantos vírgenes, con la voluptuosidad del paisaje que transita por la paleta completa de verdes. El sonido de las aves, los bosques nativos, los senderos laberínticos son las principales atracciones del microclima natural donde la posibilidad de adentrarse en una catarata natural es el summum para el turista que una y otra vez se apostó en las repletas pasarelas del Parque Nacional Iguazú a soñar con que ese torrente caiga sobre la espalda. En Moconá eso es posible.
El Salto Horacio, a pasos del lobby de las cabañas Lodge Moconá, aparece luego de transitar un caminito que lleva a la majestuosa caída, de unos doce metros de altura que funciona casi como una piscina exclusiva. Entre las piedras y con cuidado hay que abrirse paso, los lugareños recomiendan avanzar sentados ayudados por las manos, hasta que la olla se ensancha con espacio para nadar. El agua invade incesante formando un jacuzzi natural, proponiendo juegos, y más de una vez venciendo a los más arriesgados que quieren permanecer debajo del torrente que finalmente los desliza a lo profundo.
Como todo el bosque, el Salto Horacio está cubierto por la capa de verdes que mantienen la temperatura agradable, el calor no es sofocante, los miradores espontáneos se apostan alrededor y comienza el juego de las fotos, selfies, poses y filmaciones. Otro grupo se apresta al rappel seco y mojado. Claro que el rappel mojado es la novedad, las zapatillas, el pelo, la ropa se humedece mientras baja marcha atrás por la cascada cristalina. Más fotos, bromas y diversión.
Hacia arriba la tirolesa propone más aventura. Primero hay que escalar, subir por el bosque virgen hacia el punto de lance, en el recorrido se encuentran enormes árboles que se estudian, intrincados como los de los relatos mágicos, arañas que trabajan en sus telas y todo tipo de aves, por supuesto las mariposas –y los mosquitos– son fieles compañeros. Con el arnés listo, la adrenalina es protagonista de ese viaje individual por el pulmón verde de la selva. La primera vez la preocupación es llegar sano y salvo, en las siguientes se disfruta el paisaje y hasta algunos se animan a las piruetas. Muy recomendable.
Más actividades. Prosiguen las aventuras en el agua con una propuesta novedosa llamada tubbing, similar al rafting. En este caso se tratan de unos gomones individuales para viajar recostado utilizando las manos como remos o simplemente dejándose llevar por las correderas del arroyo Yabotí. La sensación es de estar en el Amazonas o en el final del libro “El amor en los tiempos del cólera”, del gran Gabriel García Márquez, donde el vaivén del barco Nueva Fidelidad navega por el sofocante río Grande de la Magdalena, en Colombia, cuando Florentino Ariza y Fermina Daza se confiesan que seguirán yendo y viniendo “toda la vida”.
Es el mediodía, en el arroyo se corre el escudo de la manta verde y se abre el cielo, el calor es sofocante, el sol pega duro y darse un chapuzón cada tanto es absolutamente necesario. La bajada se extiende por unos 40 minutos, tiempo de encuentro exclusivo con el silencio —abrumador—, los sonidos, los dorados que saltan acompañando la navegación y los secretos de la Reserva Yabotí.
Ya con la caída del sol una nueva excursión invita a subirse al kayak y navegar otro tramo del arroyo hasta llegar al Hito Yabotí, en el río Uruguay, donde se encuentra el puesto de Gendarmería, parada obligada para sacar fotos en el Mirador Tripartito y saludar a los agentes federales que permanecen entre 30 0 45 días de guardia y ansían conversar. Para ellos es también un tiempo de descanso de las grandes ciudades, mientras controlan la pesca que está prohibida, y la frontera para que no crucen brasileños.
Si bien hay que remar y remar, hay permiso para el relax total y dejarse llevar por las tranquilas aguas del Yabotí, disfrutar del viento cálido, del reflejo en el espejo de agua que amplifica la selva, del azul infinito del cielo descendiendo aguas abajo. La sorpresa: un ojote –halcón negro– lleva comida a sus crías, mientras que un tucán volando en línea recta pasa a alta velocidad.
Al regreso, sobre la costa y a modo de pic nic los guías prepararon una merienda autóctona llamada reviro, una masa elaborada con agua harina y sal, algo así como una torta frita desmenuzada acompañada de un mate cocido caramelizado quemado con carbón. La noche cae y el regreso a las cabañas es en medio de la oscuridad tras la luz de las linternas, las luciérnagas y otros insectos nocturnos que se hacen notar.
En este remoto destino todo está pensado. La diversidad de bichitos es tal que hasta hay un tour de insectos. En el sendero Oveja Negra que se encuentra dentro del refugio Moconá, uno de los guías da cuenta de numerosas especies nunca vistas, al mismo tiempo explica bondades de yuyos y plantitas que crecen a borbotones en esta tierra fecunda. Justamente fue una araña la atracción de las noches. La araña tejedora se ocupó de diseñar su tela sobre el sendero principal, casi como un show nocturno cada día eligió distintas versiones de “trampa atrapa insectos”. Y ahí, apostados en el medio de la nada, los grupos quedaron encandilados ante la laboriosa arácnida.
Enclavada en el medio de la selva, las cabañas Lodge Moconá entregan confort de primera calidad, con todos los servicios y un diseño exquisito que combina maderas y colores, con un deck individual con reposeras para contemplar, leer y respirar el verde. No hay televisión, ni internet, ni telefonía celular, la conexión es con la naturaleza.
Los Saltos del Moconá tienen sus días. Su nombre proviene de la lengua guaraní y significa “el que todo lo traga”. La singularidad es que las cataratas se encuentran paralelas al cauce del río Uruguay, lo que produce que el río caiga sobre sí mismo, formando estos saltos a lo largo de casi tres kilómetros.
La visibilidad de los saltos está sujeta a las condiciones del río, a menor caudal mayor altura tienen los saltos. Excepcionalmente se han llegado a ver 20 metros de caída, aunque la altura promedio oscila entre los 4 y 6 metros.
La excursión se realiza en una lancha que recorre 10 kilómetros y permite descubrir los saltos en el mismo curso del río, la experiencia sensorial es fantástica, la bruma invade y el agua renueva una vez más. “Un flash”, describe a los gritos una de las más jóvenes.
El parque provincial donde finaliza el recorrido es uno de los únicos lugares donde es posible comprar algún recuerdo, llevar artesanías guaraníes de la tierra colorada. El resto de las huellas quedan en el cuerpo.