Domingo 03 de Agosto de 2008
Todavía no había llegado a la ciudad y me parecieron demasiados adjetivos, pero una vez en ella pude comprobar que la redundancia parecía obligada, pues cualquier visitante, tras el primer paseo, podría incorporar cien calificativos más, todos rozando la excelencia. "Bosque de piedras que arrancó la historia / a las entrañas de la tierra madre, / remanso de quietud, yo te bendigo, ¡mi Salamanca!"
Enfrentados a la materia que inspiró al maestro Unamuno, la de Villamayor, las repeticiones de oros y dorados de sol que parecían excesivos en el poema se tornaron respeto. Conocida también como piedra franca, la arenisca de Villamayor es la base que sustenta el milagro que transforma un producto natural, extraído en canteras vecinas, en continentes de ruegos, rezos, encuentros, enseñanzas, celebraciones, aprendizajes, duelos y todas las ceremonias posibles.
La virtud de la caliza
Esa es la virtud de la caliza cuando brilla como tesoro, conformando iglesias, conventos, facultades y palacios que encandilan. En la comarca de Villamayor la definen con precisión: "Entre sus características destaca la facilidad para labrarla, siendo tanta la filigrana que admite su trabajo que dio origen al término plateresco. Esta particularidad se debe a la blandura que posee al ser extraída de la cantera, adquiriendo dureza con el tiempo y la pérdida de humedad. La oxidación superficial proporciona el tono pardo dorado causante del gran espectáculo cuando es iluminada por el sol crepuscular".
Catedrales, nuevas y viejas
La primera referencia color trigo está en la catedral, o quizás sería mejor decir en las catedrales, la nueva y la antigua, hermanadas por el tiempo para mayor gloria de Dios y la arquitectura.
La vieja, del siglo XII, hito del románico, está rematada por la Torre del Gallo y ofrece en el interior un retablo irresistible, donde el verde y los rojos dejan de ser matices para convertirse en sentimiento.
En el conjunto catedralicio se barajan los estilos, como si los artistas hubiesen utilizado planos hechos de naipes para jugar el juego de la trascendencia.
Todo se mezcla, desde el románico de arcos o pórticos hasta la altísima cúpula barroca, pasando por las postrimerías del gótico y la explosión en el coro de la personalidad de Churriguera, al lado mismo de un par de órganos donde se hizo grande la música de maestros de capilla como Salinas o Vivanco que honraron navidades, semanas santas o tiempos de adviento.
La historia del edificio, cuya construcción se prolongó desde el siglo XII hasta finales del XVIII, es riquísima. La obra, inconclusa por falta de recursos, sufrió expolios durante la Guerra de la Independencia y aun conserva cicatrices, como las que se pueden ver en la Torre de las Campanas, más concretamente en el corazón de la misma, la sala de la Bóveda.
Un incendio destruyó, en el año 1715, la parte superior de la torre, debiendo ser reparada y posteriormente recrecida en altura a partir del nivel de la cornisa.
Al poco tiempo, el sobrepeso de ese remate, agravado por el terremoto de Lisboa, ocasionó la ruina del fuste románico.
Llamados a consulta los maestros de la época para evitar el colapso se aceptó la solución del ingeniero militar Baltasar Devretón, ejecutado por un joven cuyo nombre todavía se recuerda: Jerónimo García de Quiñones.
Las explicaciones en el propio lugar certifican: "Cinchas de hierro, vigas y un forro de sillería desde el cimiento hasta la cornisa bastaron para que hoy sigamos admirando el prodigio".
Torre de Mocha
En los altos de la Torre Mocha, de mediana envergadura y destinada originariamente a la defensa del recinto medieval, una instalación en forma de poema escultórico expresa: "Heraldos negros llegaron de Lisboa.
El mundo entero crujió y tembló durante veinte segundos interminables. Pero la catedral resistió. Era lo que esperaban de ella".
En tanto la sala de la Bóveda fue ocupada por familias de campaneros y otros servidores de la catedral, quienes dominaban más de un centenar de tañidos que anunciaban procesos, llamados a fuego, a nublado, a bula de cruzada, y también a toques con el objeto de exorcizar a la peste, de ánimas, agonía, o licenciamientos en la universidad.
Quizás los mejores fueran los repiques de júbilo, que expandían ecos de bronce y estaño por los cielos de una ciudad dorada, que acunó desde el medioevo a la inteligencia y la humanidad de prohombres como el obispo Lucero, fray Luis de León, Francisco de Vitoria, Lope de Vega, Alonso de Madrigal, Santa Teresa de Jesús, Domingo de Soto o Fray Diego de Deza, entre otros más.