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El viaje del lector: recuerdos de Calingasta

A la hora de narrar mi paso fugaz por estos suelos, el primer concepto que salpica mis ojos me habla de una tierra distante, rodeada de montañas. Sin embargo, un segundo parpadeo memorioso me convence de que "tierra de montañas" es un concepto demasiado amplio...

Domingo 21 de Septiembre de 2008

A la hora de narrar mi paso fugaz por estos suelos, el primer concepto que salpica mis ojos me habla de una tierra distante, rodeada de montañas. Sin embargo, un segundo parpadeo memorioso me convence de que "tierra de montañas" es un concepto demasiado amplio, y de que hablar de este pedacito de planeta supone, justamente, abandonar cualquier pretensión de generalización. En pocos casos ese salto cualitativo y abismal que separa lo general de lo particular es tan rotundamente necesario como a la hora de hablar del Valle de Callingasta.

Este lote escindido de árido paraíso terrenal, está encallado en el aislado occidente sanjuanino. Como tantas otras regiones de la tierra adentro, sufrió el olvido y la postergación cuando se bajó la barrera del último tren y su corazoncito minero dejó de latir. Esa puñalada a traición, dejó a este suelo de ensueño librado a su suerte y convirtió sus parajes en caseríos fantasmagóricos, donde sólo parecen llegar los carteles de propaganda política.

Sin embargo, este valle que se abre paso entre la cordillera frontal y la precordillera andina, se cuela revoltoso por todas las ventanillas cuando uno camina por sus rutas, al punto que amenaza todo el tiempo con emocionarnos hasta las lágrimas. La morfología de estos suelos, refleja el desorden ordenado del surrealismo, ahí donde la razón y el objetivismo corporizado en las explicaciones geológicas, no alcanza para dar cuenta de ese festival de formas y colores, dispuestos con la sabiduría armónica de quien mezcla doscientos instrumentos musicales y obtiene un movimiento de Brahms en lugar del más horroroso de los ruidos.

Dentro del valle, Barreal es un pedacito de silencio compactado en un bloque de tierra rojiza, dispuesto a recibir al peregrino con la paz que se respira en las mañanas de domingo. Allí el aire corre rápido y fresco por las calles de tierra, cargado de sabor a leña seca, pan casero y álamo desnudo. Allí, todos los murmullos y despertares de sus habitantes, se pierden en los paredones impenetrables del cerro Alcázar, donde mil tonos de ocre enmarañados hasta el hartazgo construyen unos balcones de roca firme que se roban la historia de miles de millones de años.

Por último, el Parque Nacional El Leoncito. En este reservorio de la fauna y la flora local, el suelo se junta con el cielo, las estrellas brillan con más fuerza y el mundo todo pareciera hacerse un alto en su girar eterno para disfrutar de esos silencios tan profundos, que ensordecen hasta la locura.

¿Que si me gustó el valle? Si, mucho. Pero no sólo me gustó sino que también logró sorprenderme, emocionarme. ¿Que si le aconsejaría a un amigo que lo visite? Por supuesto, con la tranquilidad de quien ofrece por postre un flan casero con dulce de leche repostero. ¿Que si volvería? En cuanto pueda. Frente a tanto derroche de esplendor ¿Quién puede seguir pensando que las segundas partes nunca son buenas?

Juliana Carpinetti

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