Domingo 30 de Diciembre de 2012
Es un ritual que se repite todas los tardes en los acantilados de Acapulco. Un grupo de jóvenes, y no tanto, se prepara para despertar el asombro de todos los visitantes que llegan a este lugar, mágico y mítico, en la zona norte de la bahía. Es que desde unos 35 metros de altura ejecutan riesgosos clavados al océano Pacífico que despiertan la adrenalina y el nerviosismo de los turistas, quienes asisten impávidos a esta ceremonia, tratando de darle crédito a este esforzado acto del que sus ojos son testigos.
Sin tener un entrenamiento profesional, pero con el tesón de hacerlo diariamente, los nativos han aprendido la difícil tarea de lanzarse desde un acantilado hacia las olas que se estrellan más abajo, contra la quebrada, donde son recibidos por un océano que, por la cercanía con las rocas, tiene una profundidad menor de cuatro metros.
Esta celebración, que se revive desde hace varias décadas y que fue pasando de generación en generación entre una familia de acapulqueños, cada atardecer concita
el interés de todos, tanto de los visitantes como de los lugareños, quienes pese a ser testigos casi permanentes de este maravilloso rito siguen asombrándose con este
difícil y apretado acto, que mezcla valentía, coraje y también algo de inconsciencia.
Dos veces por día, cuando cae la tarde, a las 19.30 y 20.30, un grupo de no más de diez personas, entre chicos y grandes -van desde los ochos años en adelante- arriesgan y ponen a prueba su humanidad con esta comprometida y peligrosa ceremonia que en más de una oportunidad ha dejado secuelas indeseables. La mayoría causadas por el fuerte impacto
de los cuerpos al hacer contacto con el agua. Es que el acantilado no perdona ninguna distracción ni error de cálculo y cobra peaje ante cualquier falla humana.
Esta proeza se agiganta más aún cada vez que los acróbatas logran salirse con la suya. Jorge Mónico Ramírez Vázquez, miembro de una familia de clavadistas que
ha realizado este acto durante tres generaciones, explica el secreto de
esta escalofriante y osada aventura: “La noción del tiempo es clave para un buen salto. La caída dura tres segundos y las olas altas, que marcan el momento para entrar al
agua, duran sólo cinco. Tenemos apenas un margen de error de dos segundos”.
Algunos lo han pagado con lesiones muy serias y con secuelas que la vida no borrará jamás, pero esa mixtura de aventura, riesgo y adrenalina es la que día a día los
lleva a tomar la decisión de asumir ese desafío. De hecho, y sin importar
que tanta experiencia tenga el clavadista, a cada salto le antecede el temor y los miedos. No en vano antes de efectuar el lanzamiento, en especial desde los puntos más altos (los más chicos se tiran desde 10 y 15 metros), los clavadistas se acercan al santuario de la Virgen
ubicada en la cima para pedir protección y, sobre todo, valor y entereza para realizar este asombroso acto por el que recibirán el aplauso, la admiración y el asombro
de los visitantes. Y en algunos casos también una propina.
Estos acantilados o La Quebrada que ha sido una de las mayores atracciones desde 1934, se formaron a partir de que la zona fue dinamitada para que pueda ingresar
aire a la ciudad desde la zona norte de la bahía.
El ritual es seguido con mucha atención todas las tardes por los cientos de turistas que llegan a Acapulco desde el mirador preparado especialmente por el gobierno local para apreciar de cerca y en su total magnitud esta ceremonia autóctona y representativa de los
acapulqueños. Desde ahí también se pueden apreciar las sensacionales puestas de sol, otra ceremonia en sí misma.
Un sitio de privilegio para disfrutar en su real dimensión semejante acto de destreza son las exclusivas terrazas del Hotel Mirador, desde donde se puede seguir todo con absoluta excitación saboreando un tequila, un mojito, un Cuba Libre o simplemente una cerveza
bien helada. Todos son buenos ingredientes para observar a estos arriesgados atletas que día tras días ponen en juego su humanidad ante los incrédulos ojos de los turistas, quienes con una mezcla de alivio, desahogo y admiración quedan con las manos rojas de
tanto aplaudir semejante acto de valentía e inconsciencia. Un ritual que los acapulqueños valoran como pocas cosas.