El barrio italiano de Boston atesora historias intensas
 Una historia de amor es la excusa para visitar la ciudad histórica de Estados Unidos. En sus calles empedradas, a la sombra del nacimiento de una Nación, un paseo pleno de nostalgia. 

Domingo 14 de Octubre de 2012

Por dónde empezar. Acaso por la cámara de fotos que quedó olvidada, vaya uno a saber dónde, por la emoción de haber hecho semejante descubrimiento, en la misma ciudad, en la misma calle, en ese día que, quiérase o no, es importante, porque la fecha de la boda, que fue mil años atrás pero que todavía los que aman bien, los que creen en el altar, en la marcha nupcial, en vestir de blanco, tienen presente y lo celebran, sí, ése día, el mismísimo que se sacó la foto y que se perdió la cámara pero no la memoria.

Fue en el barrio italiano de Boston, al menos así lo llama Rafael, el mejor guía en español de la ciudad, el dueño de Don Quijote Tours, Rafael Torres, pero a quien nadie llama por el apellido, le dicen Rafael o Rafa a secas, porque así es como a él le gusta que lo llamen, por el nombre de pila, como a un familiar o a un amigo. Maneja, señala los lugares que vale la pena ver, habla por celular y sin perder ni por un segundo, ni aunque caiga un chaparrón, la sonrisa enorme, blanquísima.

Está subiendo por North St., a mano derecha, es un pequeño restaurante, con amplios ventanales, balcones con barandas de hierro y un toldo negro en la entrada donde se lee claramente el nombre: Riccardo's Ristorante. Comida típica de la península, nada del otro mundo, pero con abundantes frutos de mar, algo que los bostonianos no aprecian porque en su ciudad, que es marinera hasta la médula, los barcos recios, las velas hinchadas, la pesca fresca son cosas de todos los días.

Basta cruzar la calle y ahí está la competencia. Es un local pequeño, con la fachada de ladrillos vistos, escalera de incendio y el toldo en la entrada, también negro, sobre el que resalta la leyenda que avisa que ahí está, y estará por tanto tiempo como la burbuja inmobiliaria se lo permita, Carmen Trattoria. Más humilde pero no menos encantador que su rival, tiene ocho mesas, una barra sobre una ventana desbordada de flores y calor de hogar, el olor de las salsas se siente desde el umbral.

Carmen y Riccardo, Riccardo y Carmen, han estado ahí durante años y lo seguirán estando, frente a frente y sin saber que llevan los nombres propios de una historia de amor, lejana, argentina, que Rafael ni siquiera imagina cuando detiene la enorme camioneta y le da tiempo a uno de los pasajeros, un viajero que dice ser de Rosario y de Central, aunque tiene más cara de prófugo que de turista, para que tome una foto. Esa que la vez anterior se perdió con la emoción, con la cámara.

“Es para mi hermana”, dice como si eso solo justificara el tiempo perdido. Nadie habla, nadie ríe, lo hecho, hecho está, así que ahora hay que apurar el paso si se quiere recorrer la ciudad, tal y como se había planeado. Unos pocos metros más adelante está la casa del héroe de la independencia de Estados Unidos, Paul Revere, una construcción gris, de madera, con ventanas con vitraux, que queda justo enfrente del diminuto North Square Park y de la Iglesia del Sagrado Corazón.

Es uno de los tantos rincones que hacen que Boston sea una ciudad única, intensa, donde a cada paso hay una historia, una primera vez de todo o casi todo lo que hoy hace a que América, o cuanto menos, a la América que flamea con barras y estrellas, sea lo que es. Ahí fue donde los colonos dieron batalla en la temprana guerra por la liberación de Inglaterra. Es el punto de partida también de la Freedom Trial, una línea roja que recorre, a lo largo de 4 kilómetros, el pasado de la ciudad y del país.

Una historia que no es más importante que la de Carmen y Riccardo, que nunca estuvieron en Boston, pero sí sus hijos, primero la mujer, que viajó en busca de su propia Meca, la Escuela de Medicina de Harvard, y que, presa de una emoción incontrolable, dejó olvidada, vaya uno a saber dónde, la cámara digital, recién comprada, con la que tomó las fotos con las que quería mostrarles a todos, y más aún a su hermano, un escéptico incorregible, que el amor existe y es más fuerte.

Carmen y Riccardo son los nombres de sus padres, la más bella historia de amor que tuvo y tendrá, como le cantaba Serrat cuando era una chiquilina y soñaba con ser esa “Lucía”, esa que era toda arena, mar y luna llena. Ricardo, con una sola “c”, pero para el caso es lo mismo, al menos para los que creen que los detalles no son importantes, a los que creen que en las historias en las que el destino, el Señor, el amor actúan de modos misteriosos. Si los había encontrado, unidos o separados por una calle, era porque así debía ser.

Al volver fue su palabra contra la sonrisa cínica de su hermano, que la miró, la escuchó con atención, la miró a los ojos y le dijo, “Mirá que cosa”, y siguió con su vida como si nada. Como si el hecho, revelador, del que no había más prueba que un relato apasionado, lleno de señales, de iluminaciones, fuera tan inverosímil como un billete de dos dólares, que los hay, pero que en la práctica nadie los ha visto, más que en fotos y, en este caso, ni siquiera eso había, ni una mísera foto.

La camioneta, Rafael, los turistas siguieron adelante, sin siquiera pensar que habían parado para sacar una foto que no les decía nada, que no era la de un monumento, ni la de un templo, tampoco la de una estatua y eso que en Boston hay estatuas para todos los gustos y hasta una de Sarmiento, que se salvó de la piqueta gracias a Rafael, a Cavallo y, aunque usted no lo crea, a Menem, pero esa es otra historia, que no tiene nada que ver con el amor y menos con el destino.