Buzios, el paraíso perdido en el corazón de Brasil al que vale la pena ir y volver
Las razones por las que se elige ir una y otra vez a un mismo destino son fáciles de imaginar. Buzios ha sido, es y será un lugar soñado para los argentinos que aman las playas agitadas y las aguas calmas

Domingo 18 de Noviembre de 2012

Por qué no volver a esa playa donde se fue feliz, tiempo atrás, es cierto, en otra vida acaso, pero feliz al fin, que es lo que importa. Por qué no volver si ahora hay un vuelo directo a Rio de Janeiro, si no hay que soportar la tortura de la combi hasta Ezeiza, que de ida es un canto a la esperanza y a la vuelta, con el horizonte inminente del “hogar dulce hogar”, o peor, del regreso a la “vida real”, se sufre y mucho, tanto como un hincha de Central que ve cómo se le escapa la posibilidad del ascenso.

Por qué, si la primera vez fue amor. Y eso que el viaje había sido el más largo del mundo, primero en un tour de compras a Uruguayana, después en un Pluma semicama, con ese inconfundible olor a frutillas que tienen los micros brasileños, hasta Río y de ahí en el 1001 hasta Buzios, 2700 kilómetros por las rutas argentinas hasta el fin y las de Brasil que, en aquellos tiempos, lejanos, alegres, despreocupados, eran lo más parecido a la aventura que un adolescente nacido y criado en Bella Vista podía imaginar.

Con el aire acondicionado al máximo y una pila de historietas de El Tony, un préstamo piadoso del Gordo Moya en el estribo del micro, las horas y horas y horas con la vista clavada en la ventanilla apenas se sienten, porque el cuerpo es joven y el entusiasmo, enorme. Una inyección de adrenalina que, después de agotar las historietas de Nippur de Lagash, Pepe Sánchez, Jackroe y Gilgamesh, el inmortal, es indispensable, más sin un walkman, o peor, sin cruceiros para comprar pilas para el walkman.

Esa fue la primera vez, la del descubrimiento, la que nunca se olvida, pero hubo otras, muchas más, tanto o más intensas que aquella. Es que Buzios, para el viajero que huye de los mares helados de la costa argentina, de las colas interminables en Monte Catini, de las marquesinas de las vedetongas en los teatros de la Luro, ha sido, es y será un paraíso. No solo por sus aguas cálidas y cristalinas, sus arenas blancas y su alegría contagiosa, sino porque no sufre, como Mar del Plata, la argentinidad al palo.

No es que no haya argentinos en Buzios, los hay y muchos. Hubo una primera oleada de franceses, que llegaron alentados por las historias que contaron las revistas del corazón cuando Brigitte Bardot y su novio brasileño Bob Zagury veranearon en la aldea en los 60. Después desembarcaron los porteños, entre ellos, los hermanos Rubens y Mario Fernández, quienes tuvieron la brillante idea de abrir, en el corazón de la Rua das Pedras, Chez Michou, la crepería que desde que Buzios es Buzios concentra la movida joven.

También Mario Paz Muniagurria, quien además de argentino es rosarino, o mejor, rosarigasino y también actor y el dueño del Gran Cine Bardot, un rareza que la villa lució orgullosa, aún en los tiempos en que Buzios era la Ibiza del Nuevo Mundo, con las noches más largas y más salvajes que se puedan desear, cuando se tiene edad para sentirse inmortal, inmoral y así y todo poder dormir hasta pasado el mediodía, sin necesidad de poner el freno de mano del Rivotril, y lo mejor de todo, sin culpa.

Por ahí andaban también las hermanitas Diap, Moni y Chela, tan de acá como el Negro Olmedo, Fito Páez y villa La Lata, y Fino Fresia, que un día desapareció de la barra de Luna y apareció, como si hubiera atravesado la entrada secreta del andén 9 y 3/4 de la estación de King Cross de la mano de Harry Potter, en Joao Fernández, la más argentina de todas las playas de Buzios, ahí donde si se caía solo, después de rodar 2.700 kilómetros por la carretera, estaba todo bien, más que bien.

Por qué no volver, si se volvió una vez y otra y otra más, como los viejos que en el verano, cuando no les quedaba más remedio que veranear con la familia, ponían la proa del Milky en dirección a Carlos Paz y durante un par de semanas, ni un día más, ni un día menos, se abandonaban a la rutina del lago San Roque de día, la Alfombra Mágica de noche y después, el resto del tiempo, que era largo y mucho, tanto como cruzar el sur de Brasil en ómnibus, en la hostería Santander, donde contaban que, un invierno, cuando no había nadie en la villa, habían visto un extraterrestre en el jardín.

Por qué no tomar el vuelo directo a Río y un coche hasta Buzios, como aquella vez que en pleno febrero, cuando el ritmo contagioso de Beija-Flor atronaba el sambódromo de la ciudad maravillosa, en vez de disfrutar del carnaval más famoso del mundo, se buscó refugio en las alturas de Casas Brancas, la posada que se asoma a la barra de Canto, que alguna vez fue un puerto de pescadores y dejó de serlo tentada por el dinero y los favores de los turistas que llegaron decididos a llevarse todo.

Por qué no parar antes de llegar a la villa y buscar una casa en la playa, una posada con techos de tejas y una terraza al mar, lejos del ruido de la Rua das Pedras, cerca del rumor de las olas que rompen en la arena, impetuosas, y se llevan los castillos de arena, las pisadas de los enamorados, los sueños que sin querer quedaron olvidados en la playa, que se llama Geribá, que es brava, pero no tanto como Tucuns, que está lejos, que da miedo al ver la ferocidad con que el agua se quiebra en la costa.

Por qué no volver, si la sudestada no asusta, si por la noche no hay que abrigarse, si la arena no pica en la piel y las sombrillas se quedan donde uno las pone, mansitas, obedientes, y salen volando como locas ante la primera ráfaga de viento que las sacuda por dentro. Por qué, si no hay nada mejor que dejarse caer en una reposera con la vista clavada en el horizonte y un vaso de caipirinha en la mano. Nada que hacer, nada que dar, como la canción de Charly, la del 2X3, la del “ya no quiero volver nunca más”.

Charly también se enamoró de Buzios, en los tiempos de Serú Girán. Charly también dejó de volver, acaso para no revivir las agonías del pasado. Quién sabe. Las playas, el mar, la calle de las piedras siguen ahí, la crepería donde te llaman por el nombre y con un altavoz, las horas interminables de las tardes de verano, el sol, también, y la rompiente, que está ahí nomás, al alcance de la mano, que hace un ruido sordo que por las noches, aún las de luna llena, estremece, como los recuerdos, los tristes y los alegres más. Por qué no volver.

El encanto de la selva y el mar

Buzios, que en realidad se llama Armaçao dos Buzios, es una península con forma de insecto que, en cada una de sus bahías, tiene una playa, que puede ser mansa, como Joao Fernández, la preferida de los turistas argentinos, ideal para el buceo, como Ferradura, o brava, como Geribá, que queda apenas se cruza el istmo que une a la pequeña aldea de pescadores con el continente. La mejor manera de recorrerlas todas es en buggy, el vehículo preferido de los turistas, aunque si se tiene paciencia y buenas piernas también se puede caminar. Desde lo alto de los morros, en los lugares menos esperados, se puede apreciar el paisaje agreste de los alrededores de la villa, lugares que en la Rua das Pedras, en el centro, no se pueden siquiera imaginar y son bellísimos.