Domingo 12 de Octubre de 2008
Brasil resulta fascinante en cualquier época del año por su gran variedad de
opciones a la hora de buscar un destino donde recuperar energías. Pero el nordeste del país tiene
una porción que es un verdadero paraíso histórico y natural: la Costa del Descubrimiento, en el
estado de Bahía. La mismísima cuna de la cultura brasileña, uno de los pocos lugares donde la
naturaleza permanece inalterable. Caminar por las mismas costas repletas de cocoteros y vegetación
típicamente tropical donde hace 508 años llegaron las carabelas portuguesas, es una experiencia que
despierta todos los sentidos.
Esa franja del mar azul que recorta el vecino país, alberga a Porto
Seguro como ciudad referente, con playas, paradores sofisticados, gastronomía y hotelería de primer
nivel, hasta las posadas más acogedoras. La temperatura promedio anual es de entre 25 y 29 grados,
que se eleva considerablemente en verano.
Hacia el sur el municipio está la desembocadura del río Buranhém, y del
otro lado la villa de Arraial D'Ajuda, “la esquina del mundo”, como se la conoce por
sus características geográficas. Pintoresca, con abundante vegetación y playas de aguas
cristalinas. Si con esto no alcanza, a pocos kilómetros se accede a la despojada pero exclusiva
comarca de Trancoso. Hoy es el destino por excelencia de los brasileños, es el refugio preferido de
artistas, hipies, gente relajada, acaudalados empresarios. Un destino que tiene línea directa a una
de las diez mejores playas de Brasil: Puerto Espelho.
¿Se cansó? Hay muchos más. Por la avenida costera Beira Mar de Porto
Seguro se llega al municipio de Santa Cruz Cabrália, uno de los sitios emblemáticos de la Costa del
Descubrimiento. Allí, en el paraje Coroa Vermelha (Corona Roja) es donde el 22 de abril de 1500
desembarcó la flota del portugués Pedro Alvares Cabral, dando comienzo a la historia de Brasil.
En sus playas, repletas de cocoteros y arenas blancas, Frei Enrique
Soares de Coimbra ofició la primera misa católica. La misma cruz de madera que se utilizó para
consagrarla aún se erige en un sector del complejo. Hay un parque temático y una pequeña aldea de
la reserva indígena Pataxó, una feria de artesanos y un museo.
Más al norte, siempre por la costa, y luego de atravesar en balsa el río
Joao de Tiba, se llega a Santo André. Un poblado de apenas 800 habitantes pero con playas por
explorar. En sus calles no es difícil toparse con varios rosarinos que encontraron su lugar en el
mundo (ver aparte).
El extremo norte de la Costa del Descubrimiento tiene a la emblemática
ciudad de Belmonte, con uno de los más ricos patrimonios arquitectónicos del país y los fascinantes
mangues, árbol de raíz aérea que se recuesta sobre los brazos internos del río Jequitininhonha. Fue
la ciudad más próspera del Estado de Bahía por la producción de fazendas de cacao, pero una peste
que atacó las plantaciones detuvo su crecimiento a mediados del siglo XX.
Porto Seguro
Más allá de la elección que uno pueda hacer de los destinos regionales antes
mencionados, Porto Seguro es el punto de referencia, y como toda la zona, tiene el encanto del
extremo sur de Bahía. Ubicado a 1100 kilómetros al norte de Río de Janeiro y 700 antes de Salvador
de Bahía, es el lugar para iniciar un recorrido apasionante. Con algo más de 120 mil habitantes,
sobresale por la infraestructura hotelera (la tercera del país con 37 mil plazas) y las opciones de
esparcimiento. Segunda ciudad turística más visitada del nordeste, está bañada por un mar templado
con playas y piscinas naturales a lo largo de varios kilómetros, con gran cantidad de corales (el
más imponente es Recife de Fora).
Precisamente esa pared que formación de seres vivos que emergen del mar,
situada a cinco millas adentro, hacen que el oleaje que llega a la costa sea tenue y en muchos
sectores hasta se note el mar casi planchado. Los servicios en Porto Seguro garantizan, por
empezar, un aeropuerto internacional preparado para recibir todo tipo de aeronave. Y su proximidad
con el centro es una comodidad: sólo cinco minutos.
La estructura del alojamiento es variada y completa, desde hoteles
sofisticados y lujosos resorts, complejos de cabañas, posadas y apartamentos que se ajustan a todos
los gustos y necesidades. Las extensas playas son angostas, de arenas finas y blancas como Mundaí,
Itacimirín, o Curuipe, en la zona central, o más al norte como Apuá, Arakakí, Ponta Grande, o la
misma Coroa Vermelha, tienen un denominador común: mar templado y transparente, custodiado por las
palmeras que ofrecen la típica postal tropical. Un detalle, no se permite el tránsito de motos de
agua ni cuatriciclos, algo que muchos turistas aprecian y valoran.
Además de sus playas, Porto Seguro tiene un patrimonio cultural e
histórico único. En el itinerario de cualquier visitante no debería faltar un recorrido por el
casco histórico, la reserva indígena Pataxó (30 familias que viven en medio de un bosque de 827
hectáreas, apenas subiendo un morro en las afueras de la ciudad), las iglesias del siglo XVI como
de la Misericordia, Sao Benedicto, o el parador de Coroa Vermelha, donde llegaron las 12
embarcaciones con 1.400 portugueses para descubrir la tierra del Brasil, el 22 de abril de 1500. En
un recodo del lugar se ofició la primera misa del país.
En el casco céntrico abundan las galerías de ropas, y artículos
regionales, tapices, adornos. En medio de cualquier actividad, siempre es bueno atemperar el calor
con un coco (agujereado y con sorbete) bien frío, o mitigar el apetito con una porción de acaragé.
Tomar una embarcación y visitar mar adentro el increíble arrecife Do
Fora, donde, además de apreciar una plataforma coralina de 17 kilómetros, se puede hacer esnorkel
junto a tortugas, peces y moluscos. Toda la zona es apta también para el buceo.
La noche tiene opciones variadas, desde restaurantes de primer nivel
donde los menúes están basados en peces de mar (camarón, cangrejos, langosta, bacalao) y un
circuito de bares y barracas para degustar comidas más rápidas como pizzas o hamburguesas. El agite
durante la noche lo marcan los grandes complejos de playa con shows y música en vivo (suena mucho
el axé y el forró), espectáculos y actividades grupales. Se destacan Axé Moi o Barramares con
fiestas sin fin.
Arraial D’Ajuda
Arrial encanta por la belleza de sus playas y por un clima bucólico. Una villa
pequeña, pero movida. Tiene una capacidad para recibir visitantes con 3.500 plazas distribuidas en
resorts, posadas y hoteles de muy buen nivel. La actividad es incesante y los jóvenes marcan el
ritmo. El casco urbano está por encima del nivel del mar, y en distintas direcciones, sus calles
irregulares bajan a las extensas y anchas playas de Pitinga, Araçaípe, Mucugé, Taípe, o Do
Parracho, custodiadas por rocosos acantilados.
Su circuito de restaurantes, bares, o pubs sobre la calle Mucugé, donde a cada
paso hay bandas en vivo o solistas tocando rock, blues, bosa nova. Hay una estética coqueta con
bríos coloniales de sus locales comerciales y gastronómicos. El ecoparque, único en Sudamérica por
sus características, es una atracción irresistible, con enormes juegos acuáticos instalados en
medio de la tupida vegetación de la mata atlántica a orillas del mar. Extensos toboganes y
entretenimientos. Tiene capacidad para recibir a cinco mil personas. Se puede practicar rapel,
arborismo, tirolesa o escalada. Para disfrutar de Arraial solo hay que cruzar en balsa el río
Buranhém.
Trancoso
Desde allí se acceden a una de las diez mejores playas de Brasil: Puerto Espelho. Aquí se
encuentra muy buena gastronomía regional y platos internacionales que se pueden degustar en el
sector denominado “el Quadrado”, un callejón ancho de césped cuyo final son los
acantilados con vista al mar, donde el cielo se recorta con la figura de la iglesia de San Juan
Bautista. A ambos lados del Quadrado hay unas 50 casitas bajas de arquitectura jesuítica, que
cobijan pintorescos bares y restaurantes, comercios de artesanías y pequeñas galerías de arte. Al
caer el sol, todos caminan hacia el acantilado para apreciar el mar. Dicen que en ese espacio donde
se puede contemplar el mar sin fronteras, fluye la energía positiva.
Imperdible: las playas del río Da Barra, Dos Nativos, Itapororoca, Ponta
de Itaquena, Coqueiros. A tan sólo 25 kilómetros de Trancoso y luego de atravesar espacios
naturales, donde la vista no descansa, contorneado por el río Do Frades se accede a la playa de
Espelho (espejo) considerada una de las diez mejores de Brasil. Dicen los lugareños que en ese
lugar es normal ver al futbolista David Bekcamp junto a su esposa, o a la súper modelo Naomi
Campbell.
El más exclusivo emprendimiento inmobiliario de Brasil también está en
la zona: el complejo Terravista, un condominio sobre los acantilados con vista al mar. En esa
terraza natural está ubicado uno de los campos de golf más fabulosos del mundo. En el mismo predio
también se encuentra el Club Med de Trancoso. Más al sur se encuentra el poblado de pescadores de
Caraíva, donde no hay electricidad, ni autos. Sólo se cruza en lancha. Rústica, con posadas y
playas de arenas blancas menos exploradas. Un paraíso por descubrir
Santo André
A unos 30 kilómetros al norte del casco central de Porto Seguro se llega al sector de
embarque de la balsa que cruza la desembocadura al mar del río Joao Da Tiba, para toparse con Santo
André en poco menos de 15 minutos. Con unos 13 kilómetros de playas con aguas azules y tibias
semivírgenes. Esta aldea con tradición de pescadores tiene 800 habitantes, de los cuales al menos
seis son rosarinos, que decidieron detenerse en esa porción de tierra buscando su lugar en el
mundo.
Calles de tierra, casas bajas, parsimonia absoluta. Hay muy buenas
cabañas, y sólo por un gran resort (Costa Brasilis) a orillas del mar, el desarrollo urbano es
lento y recién ahora comenzó a apropiarse del lugar. Su virginidad lo hace particularmente
atractivo. Hay que embarcarse a pescar el marlim azul (pez espada), o llegar en lancha hasta la
Isla Paraíso.
Belmonte
Más al norte de Santo André, a unos 50 kilómetros, hay una ciudad plagada de
historia. Un gigante que quedó detenido en el tiempo. Hacia 1950 fue la ciudad más prospera del
Estado de Bahía y una de las más ricas del país gracias a la plantación de cacao. Pero una peste
que arrasó con las fazendas detuvo su crecimiento a mediados del siglo XX. Su patrimonio
arquitectónico con casonas del siglo XVII es motivo de visita de los más prestigiosos artistas y
arquitectos del mundo. El paseo en barco por el laberinto de ríos y arroyos del delta del río
Jequitinhonha repleto de mangues (árbol con raíces aéreas que caen sobre el lecho de agua) puede
resultar fascinante. Es normal ver cobras de árboles, monos, osos hormigueros, martín pescador y
garzas, entre otros animales.
Declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por su importancia
ambiental, en la unión del río con el océano Atlántico se forma una reserva mineral exclusiva donde
desovan los peces de mar, por eso se la llama la “cuna del mar”. Los mangues se
reproducen buscando la luz y necesitan del agua dulce y salada, despidiendo numerosos minerales y
nutrientes aptos para que se desarrollen las crías.
Camino a Belmonte por la BR 1 se atraviesan poblados tan pintorescos que
invitan a detenerse para conocer playas poco frecuentadas, como en Santo Antonio, Guaiú, y
Mojiquiçaba. Todo este fascinante recorrido por la Costa del Descubrimiento no abarca más de 100
kilómetros a la redonda de Porto Seguro. Una porción de Brasil que no deja de sorprender por la
diversidad, la exuberancia de un paisaje generoso y la rica historia de un pueblo fascinante.