Turismo

Asturias, una tierra que deja marcas

Cristina Burgues

Domingo 12 de Noviembre de 2017

Rosario tiene una magia que año a año aparece en todo su esplendor con la Feria de las Colectividades. El Centro Asturiano es protagonista desde los inicios, allá por los años 80, de esta apasionante convocatoria. Gracias a toda la gente que nos visita masivamente para degustar nuestras típicas comidas españolas, especialmente la fabada, nuestra sidra incomparable, y el exquisito arroz con leche.

Hoy quiero compartir lo que sentí al conocer Asturias, porque marcó mi vida para siempre. La vida de los seres humanos está signada por una secuencia de hechos cotidianos de mayor o menor preponderancia entre unos y otros. Pero a lo largo de mi vida, que ya tiene algunas décadas, atesoro momentos increíbles. Habíamos hecho hasta ese momento un viaje más que agradable, originado en un campeonato mundial de peinado en Holanda, allá por los años ochenta.

Doy gracias a la vida por haber puesto en mi camino la peluquería, esta maravillosa profesión que me brindó posibilidades inconmensurables, desde conocer lugares y gentes excepcionales hasta atesorar experiencias y recuerdos inolvidables. Uno de ellos, fue mi llegada a Asturias, un verdadero paraíso natural.

Imposible describir con palabras la visión recibida al aterrizar nuestro avión en el aeropuerto de Avilés, ciudad costera sobre el bravío mar Cantábrico. La exuberancia del paisaje que emergía entre la niebla y algunos rayos de sol que curiosos querían quebrar la densidad de las nubes me dejaron sin aliento.

Montañas y pueblitos

Era la primera vez que pisaba tierra asturiana y no supe por un momento de qué forma marcaría mi vida, porque me enamoré. Las montañas regadas por pueblitos mineros con sus hórreos y sus llagares donde la sidra fermenta hasta convertirse en ese líquido que saboreamos en los chigres, y que los escanciadores nos sirven desde lo alto para que nuestro paladar disfrute ese manjar de los dioses.

Los puentes romanos, los pueblines junto al mar, Cudillero, Luarca, Lastres, Llanes, y tantos más. Lugares llenos de magia, donde los Celtas dejaron su impronta y su música nómada a través de las gaitas que resuenan en los oídos como una caricia. Después, la llegada a Oviedo, capital del Principado, ¿cómo no enamorarse de esa ciudad? Por donde se camine sólo hay belleza.

La arquitectura, sus parques, la imponente catedral, con su Cámara Santa, donde se exhibe la Cruz de la Victoria que empuñara el rey Pelayo en su batalla contra los moros en el Real Sitio de Covadonga. La Santina, Patrona de Asturias, desde su santuario reina en el amor de los asturianos que ven en ella a su Santa Madre, desde su aparición en la mágica cueva al derrotar a los moros invasores.

Y volviendo a Oviedo, a la que he vuelto todas las veces que he podido, me encanta recorrer el Parque San Francisco, con su fauna de ardillas y colibríes, y disfrutar la belleza de sus calles pobladas con las estatuas de Bottero y un sinnúmero de esculturas de artistas donde se destaca una preciosa reproducción de la figura de Woody Allen.

El imponente teatro Campoamor, donde se entregan los premios Príncipe de Asturias, es el marco adecuado para acoger los sueños de aquellos que en alguna instancia de sus vidas se destacaron en la magia de la palabra, autores, compositores y cuanta manifestación del espíritu sorprende a los jurados que otorgan la distinción.

No por nada en la fachada del Ayuntamiento resalta una inscripción que la define y que dice textualmente: "Muy noble, muy leal, benemérita, invicta y buena Ciudad de Oviedo". A tanta belleza, rodeada de mágicas colinas hay que añadir un toque de ultramodernismo como es "La Herrerita", el edificio que alberga la sede de Gobierno, diseñada por el arquitecto Calatrava, y en contraposición la magia de las iglesias pre románicas que marcaron en su época un estilo sin igual.

Y podría seguir enumerando sin exagerar mil motivos más para poder expresar el amor que siento por Asturias y que llevaré por siempre en mi corazón. Los que la conocen pueden certificar que no me equivoqué en nada.

Cristina Burgues

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