Turismo

Año Nuevo Chino en Nueva York

Todos los años, el histórico barrio de la comunidad oriental se viste de fiesta convocando a miles de visitantes

Domingo 08 de Abril de 2018

Los primeros chinos que llegaron a Nueva York fueron marineros y mercaderes que intervenían en el comercio entre Estados Unidos y China durante el fin del siglo XVII y comienzos del XIX. Generalmente se quedaban poco tiempo. Los que decidían establecerse tomaban nombres ingleses y se casaban con mujeres locales. Para 1859 el New York Times calculaba en 150 la población de origen chino en la ciudad, la mayoría eran hombres que trabajaban de sastres, cocineros y vendedores de velas y cigarros.
   La primera gran inmigración hacia la Gran Manzana se inició en 1870 motivada por los violentos movimientos antichinos provocados en el Oeste del país como consecuencia de la numerosa población de ese origen contratada para trabajar en la construcción de los ferrocarriles, en particular el transcontinental. A partir de aquellos hechos, Estados Unidos estableció reglas muy duras para la inmigración china y obligó a los residentes a nacionalizarse. Una de las normas prohibía a los varones tener mujer y familia, con lo que el pequeño barrio donde se congregaban pasó a llamarse “bachelor society” (sociedad soltera) antes de ser bautizado “Chinatown”.
   Convertida China en aliada en la Segunda Guerra Mundial, un nuevo estatuto fue dictado. De las cuatro mil personas que habitaban Chinatown en aquellos años, hoy el número alcanza a más de noventa mil. Muchísima más información de este tipo podrá encontrar en internet, aunque no la extraje de allí. Cualquier guía del viajero le dirá cómo llegar, dónde comer, qué comprar, qué sitios visitar en Chinatown. Ante tamaña competencia de información, al cronista le toca relatar su visión personal, con el medido propósito de inducir al viajero a que intente algunas variantes. Las guías también suelen ser apreciaciones subjetivas, en muchos casos alimentadas por intereses comerciales.
   En “La Lentitud”, mucho antes que apareciera toda la cultura “slow”, Milan Kundera explica la diferencia entre viajar en una moto a 150 kilómetros por hora y hacerlo en un carro. Vivimos en la era de lo rápido y por lo tanto de lo superficial, también en tiempos de la cultura”líquida”, en palabras de Bauman. Un barrio chino es para recorrerlo aislándose del frenesí que lo habita. Convertirse en un observador sin prisa, deteniéndose en las sorpresas, buscándolas. En muchos sitios le dirán que el más auténtico barrio chino de Nueva York lo encontrará en Queens. Y quizá sea cierto, pero queda lejos.
   La llegada del Año Nuevo Lunar fue festejada en Chinatown con dos grandes eventos. El primero, la Ceremonia de los Petardos y Festival Cultural; el segundo, una semana después, el Desfile del Año Nuevo Lunar. Para la Ceremonia de los Petardos, el día se presenta gris y amenazante. Las páginas meteorológicas anuncian 30% de posibilidad de lloviznas leves. Temperatura nunca superior a los siete grados.
   Decido caminar al menos parte del trayecto. Un paseo que aconsejo a las damas, y por qué no al caballero, es partiendo del West Village, tomar Bleecker St. en su nacimiento (estación de Metro más cercana: Christopher St.) y desandarla con sentido al Este. Se encontrarán con uno de los centros de moda, arte y diseño más interesantes que tiene la ciudad y los conducirá hacia la zona poblada de restaurantes étnicos. De allí bajar hacia el Sur hasta encontrar Prince o Spring, de ese modo cruzar el Soho y después seguir hasta llegar a Chinatown.
   La Ceremonia de los Petardos será en el Sara D. Roosevelt Park. La D corresponde a su apellido de soltera, Delano. En definitiva: la madre de Franklin Delano Roosevelt, presidente de Norteamérica desde 1933 a 1945. El parque no es gran cosa. Son tres rectángulos de plazas secas, con juegos para niños y aros de básquet y unos pocos árboles. Cuando llego, me transformo en una de las miles de hormigas que tratan de encontrar un buen lugar. El espectáculo se desarrollará en el último de los rectángulos, según se desciende de norte a sur.
   Entro (se trata de una plaza enrejada) y lo que prometía ser un festival cultural son apenas tres o cuatro de gazebos de venta de comida y una gran tienda de promoción del patrocinador: una de las telefónicas más importantes del país. Inmediatamente después, en un espacio abierto del tamaño de una cancha de básquet me llama la atención una rara escenografía: desde un cable que cruza de lado a lado el espacio a una altura de unos cinco metros, en una especie de cortina, cuelgan varias decenas de cintas rojas y amarillas de unos diez centímetros de ancho. Y nada más. Este rectángulo está a un par de metros por debajo del nivel de la calle de modo tal que los que nos agolpamos quedamos elevados respecto de lo que sucederá.
   Tengo suerte: encuentro un lugar en primera fila, de pie, apretado contra una reja que me llega a los hombros. Buena vista, aunque un poco lejos de donde creo será el centro de la escena. El espectáculo se demora. Sobre una pequeña plataforma, desde mi posición, detrás de las cintas, varias señoras en trajes típicos rojos y dorados reciben a señores de traje oscuro. Breves discursos y entonces sucede: se enciende la primera de las cintas rojas por su parte inferior. El fuego asciende y es cuando comienzan a explotar decenas de petardos embutidos en la cinta.
   Terribles explosiones con chispas amarillas y un denso humo gris oscuro que empieza a ocupar la escena. La cinta se derrite, el fuego trepa entre el ruido y las luces de las cortas explosiones y cuando llega al final, contra el cable, cuando parece que se va a consumir y todo termina, vuelan las bombas de estruendo a una altura suprema y con una potencia que desgarra. Allá arriba, bien alto, la explosión. Imposible contarlas. Las cintas ahora se queman de a una o de a dos. Pero nunca más. Las bombas entonan un canon musical. No hay lugar para el error.
   La ausencia de viento torna al espectáculo fascinante y fantasmagórico, porque es tanto el humo que el brillo apagado de cada petardo al explotar parece una luz encendida en la inmensidad de la noche, en un infinito gris y el titilar me percute en la memoria y me lleva a las viejas estrellitas de las navidades de mi niñez. El goce que provoca la fantasía también nos vuelve a la inocencia.
   Mientras no pretendo recuperarme del asombro, bombas y bombas salen disparadas; la gente que grita, aplaude y los “oh” que se alargan y sinceran los estados de ánimo. Cuando más o menos la cosa está por la mitad de la quema de las cintas, personal mezclado entre el público que bordea la plaza comienza a disparar morteros manuales de serpentinas. Los vi al llegar. Los vendían a tres por diez dólares. No sabía de qué se trataba. Son cilindros de medio metro de largo forrados con papeles brillantes. Hay que girar con fuerza la base para que salgan disparados cientos de papelitos, cortas serpentinas que flotan en el aire. Como cuando le entregan la copa al campeón. El público se contagia y dispara los propios. Entonces tenemos humo, brillo, ruido y colores flotando en el aire, todo en un espacio reducido del tamaño de una cancha de básquet. Para mi gusto, fascinante.
   Leeré por ahí que esta tarde, en mi presencia se tiraron 600.000 petardos. Un cuento chino. Fueron muchos, incontables. Pero no tantos. El espectáculo parece extenderse más de lo que marca el tiempo real. Pueden haber sido un par de minutos como una eternidad. A la finalización, sin el ruido de petardos y bombas, el silencio escondido por la nube gris, impresiona. El público se desconcentra en orden. Marchando, con las siluetas distorsionadas por el humo, podría ser una imagen de los muertos vivos.
   Sin resultar un entendido en política internacional es posible aventurar el futuro del mundo con sólo ver de qué manera Chinatown se expandió particularmente sobre Little Italy, hasta reducirla a unos pocos locales que sobreviven entremezclados con carteles repletos de ideogramas. Tanto ha desaparecido Little Italy que ahora el Bronx se anima a sostener que la verdadera se encuentra allí. Y es cierto. No vale la pena el viaje sólo para conocerla, pero si llega a Nueva York en una época que no sea invierno y le interesa el Jardín Botánico o el Zoológico, a pasos encontrará la Arthur Av. Excelente comida. .
Una semana después de los petardos.
   Domingo de lluvia. Me preparo para el anunciado desfile. Atento a las previsiones de los sitios meteorológicos, imposible caminar. Subte directo. Llegamos a la estación Grant. El olor a comida china llega 20 metros debajo de la tierra. Emerjo de la escalera. Gente a rabiar. Llueve. Son varias cuadras en las cuales se puede ubicar el público. Difícil determinar cuánta gente. Todo perfectamente organizado. Policías que indican de manera amable y servicial cómo acceder a la zona de vallado. Elijo quedarme un poco antes del tramo final del desfile, precisamente sobre una de las calles del parque de doña Sara D. Roosevelt. A mi lado un padre con una niña en su cochecito, al otro costado, un turista que viene de China con casi nada de inglés, detrás un grupo de jóvenes americanos, un poco más allá, dos adolescentes que hablan francés. Enfrente música pop, esto es, dulzona y de melodía sencilla, casi un Elton John, un poco más agudo, pentatónico y en mandarín. La lluvia persiste; sin violencia pero con la consistencia suficiente para mantener los paraguas abiertos.
   A la 1.50 P.M. Aparece la cabeza del desfile. La policía de Nueva York. La gente aplaude. Quiere a su policía. Lo he notado en diversas oportunidades y en varias ciudades. Pasa una división de policías con ojos rasgados. Los aplausos aumentan. A partir de este punto, el desfile de distintas delegaciones, que aunque se esmeran en diferenciarse, terminará siendo tedioso. Sin embargo algunas cosas son de destacar. Participan representantes de distintas regiones de China, cada una con sus trajes típicos; los mejores momentos los aportan los dragones, de variados colores, en su mayoría a base de rojos con destellos dorados. Lo que más emociona son las mujeres bailando. Me recuerdan lo visto en distintas plazas en pequeños pueblos del interior de China. Coreografías simples que utilizan como ejercicio y para estar juntas. Muchas mujeres participan del desfile, la mayoría con trajes típicos y abanicos que despliegan con sapiencia y gracia.
   Miro mi libreta. Las anotaciones se repiten. Hay una que marca: “poco entusiasmo”. Es la misma frialdad que he notado en todas las manifestaciones populares en Nueva York, desde las marchas contra Trump hasta en los estadios de básquet y beisbol. Está claro: no son latinos. El silencio lo rompen los bomberos encabezados por una banda de gaiteros. Como no puede ser de otra manera, la motobomba mete sirena sin pudor. Pasan mujeres vestidas de rosa, con bufandas con la bandera americana; pasan mujeres vestidas de rojo con faroles en sus manos y hebillas con forma de mariposas; pasa una carroza con lo que parecen candidatas a reinas. Muy lindas. Delgadas, altas, pelo largo negro, sonrisa eterna. Saludan como todas las reinas de la primavera. Tienen algo de plásticas. Ajenas. Sonrisa profesional. Congelada. Le siguen tres dragones que bailan y se entrelazan. Predominan el amarillo, el rojo y el naranja. El cielo se aclara. Ya no llueve.
   El desfile continúa sin grandes variantes. Lo entiendo tanto como una muestra de orgullo por la raíz, como un reconocimiento a la tierra que los recibió. Aún en la repetición me entretiene buscar la característica de cada grupo, algún signo distintivo. Siempre aparece. Anoto nombre de regiones que desconozco, pasa un grupo de lesbianas asiáticas, después una serie de autos deportivo de lujo, advierto Porche, Ferrari, Bentley. Casi al final, un dragón azul con cresta amarilla. Llama la atención un color no tradicional. Los portadores se mueven con gracia y destreza. Los palos que sostienen las distintas partes del cuerpo dibujan figuras elegantes.
   Se ha levantado un viento frío. La última carroza anuncia “Jesús te Ama Chinatown”. Y aunque “todo nos dice que llegó el final”, imposible resistirse a visitar alguno de los mercados de pescados y verduras. Los precios son tentadores. Salmón rosado, frutas exóticas, hojas verdes para cualquier gusto. Me cargo. La compra incluye dos porciones de pato laqueado. Bajo al subte. Somos varios los que nos abastecimos. Se me ocurre que algo en esta ciudad no funciona: extrañamente los mercados entregan bolsas a sus clientes y abren los domingos. Habría que avisarles sobre los inconvenientes que ello genera.

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