Domingo 09 de Noviembre de 2014
Está solo, sentado en una de las mesas del fondo del salón, que no es muy amplio pero es acogedor. Bermudas de explorador, camiseta sin mangas, sandalias con suela de goma. La ropa es clara, liviana, fresca. Barba espesa, anteojos de marco de carey, pelo ensortijado. Sobre la mesa de madera, redonda, diminuta, se apiñan una tablet, un celular inteligente y una cámara reflex con motor, de las que usan los profesionales. También un cuaderno de notas, en el que garrapatea una palabra tras otra con un lápiz de punta afilada con esmero y sin levantar la vista del papel.
Nada de lo que pasa a su alrededor parece importarle, ni los libros que descansan mansamente en las estanterías de las bibliotecas que cubren las paredes casi hasta el techo, que es alto y de maderas brillantes por el lustre, ni la joven que se paró sigilosamente a sus espaldas y le robó una foto. Luce concentrado, hipster, en otro mundo, acaso de fantasía, vaya uno a saber. Mientras escribe llegan dos parejas, son mayores, alegres, visten de domingo, aunque es martes o miércoles, seguro que no domingo, porque el negocio estaría cerrado. Piden cerveza y charlan animadamente.
Uno es turista, está ahí por las historias que se cuentan, algunas ciertas, otras inventadas, de los días en los que García Márquez se refugiaba en las mesas del fondo en compañía de libros y café; los otros son parroquianos, gente del lugar, que disfrutan del generoso aire acondicionado, del ambiente amable y del tiempo libre, que tienen por toneladas desde que se mudaron a la ciudad donde siempre soñaron vivir, pero que el ajetreo, las responsabilidades, las ambiciones de la juventud se lo impidieron. Igual que al muchacho que se sienta enfrente de él y no levanta la cabeza de sus notas de viaje.
“La muy antigua y heroica Cartagena de Indias, la más bella del mundo, abandonada de sus pobladores por el pánico al cólera, después de haber resistido a toda clase de asedios de ingleses y tropelías de bucaneros durante siglos”, como la ve de las alturas, en su quimérica travesía en globo, Fermina Daza, en la novela preferida de Gabo, “El amor en los tiempos del cólera”. Esa es la ciudad, ni más ni menos. Y Abaco la librería que, en la esquina de las calles de la Iglesia y de la Mantilla, alberga en esa tarde de calor desesperante, como lo son cada una de sus tardes, a rebeldes, soñadores y fugitivos.
Abaco es el punto final de “La Cartagena de García Márquez, historias reales e imaginarias”, un recorrido por los lugares que marcaron la vida y los libros del autor de “Cien años de soledad”. Ahí está el Convento de Santa Clara, donde las hijas de la aristocracia eran “enterradas vivas” por haber cometido el error de enamorarse de la persona equivocada. El jardín escondido, la galería de techos de madera, los paredones sin ventanas, que vieron envejecer y morir a las monjas de clausura que cruzaban su puerta una vez y para siempre, siguen de pie, impertérritos, en el lujoso Hotel Sofitel Lengend que funciona en el solar.
Ahí sufrió su calvario Sierra María de Todos los Angeles, en “Del amor y otros demonios”, otra de las novelas que late con el corazón de Cartagena de Indias, la vieja, la encantadora, la que se pierde entre callejones ardientes, donde se apiñan los vendedores ambulantes, las mujeres voluptuosas y el calor es tan agobiante que hasta las moscas sudan. Basta dar vuelta a la esquina para dar con la casa amurallada que se hizo construir García Márquez en la ciudad. No se puede ver más que las palmeras que asoman por encima del alto paredón y la ventana desde la que a Gabo le gustaba contemplar el mar.
Es lo primero que llama la atención al llegar a la ciudad desde el aeropuerto, las paredes color terracota que rodean la casona, que aún estando de frente al mar le da la espalda. Después, se entiende, la intimidad es un bien preciado, tanto como para resignar al Caribe, una locura que no se entiende sin la locura que despertó Gabo. El camino sigue más allá del portón marcado con el 38-137 de la Calle Curato. Unos metros más adelante, el restaurante Patagonia, que ofrece carnes asadas con la liturgia argentina, banderas celestes y blancas, la sonrisa de Gardel y ahora también la bendición del Papa Francisco.
Después, con dejarse llevar por el bullicio de la ciudad basta y sobra. Acaso hacer un alto en La Paletería, probar suerte con alguno de los exóticos gustos de sus helados, un arco iris de colores y sabores irresistible. No importa la hora ni el lugar, puede ser en la Plaza Santo Domingo, sentado en las mesas con manteles a cuadros, cara a cara con la Gertrudis, la gorda de Botero que descansa desnuda justo enfrente del portal de la iglesia, o ante la Torre del Reloj, en la entrada vieja de la ciudad amurallada, siempre huele a arepa de queso, suero costeño y aventura, aunque los tiempos de los piratas hayan quedado atrás.
Así y todo, en la cima del cerro de San Lázaro, sigue en pie el Castillo de San Felipe de Barajas, el fuerte que construyeron los españoles para defender la ciudad del asedio de los corsarios ingleses. De un lado, una enorme bandera amarilla, azul y roja flamea incansable en lo alto de la torre del vigía; del otro, la ciudad, que parece sumida en un sopor de siesta de verano y está en plena ebullición. Más abajo, del otro lado de la ciudadela, hay una pequeña plaza hasta la que llegan en peregrinación los turistas que quieren sacarse una foto en el Monumento de los Zapatos Viejos, en homenaje al poeta Luis Carlos López.
En 1984, la Unesco declaró a Cartagena de Indias como Patrimonio Histórico de la Humanidad y la ciudad le hace honor a la distinción. Basta con dar un paseo por Las Bóvedas, rebuscar en las mesadas una artesanía para llevar de regalo o perderse en el Portal de Dulces eligiendo entre cubanitos, cocadas y suspiros que ofrecen generosas señoras de curvas generosas y vestidos coloridos, y que saben a azúcar y a madre, para que el pasado de la colonia se meta bajo la piel. A veces es alegre, como las músicas que escapan de las ventanas abiertas, y otras quejumbroso, como en la Calle de la Amargura.
Eso es lo que celebran las dos parejas que ahogan la tarde en un vaso de cerveza helada en el salón atiborrado de historias reales y mágicas de la librería Abaco. Eso es lo que intenta infructuosamente poner en blanco sobre negro el muchacho que escribe sin parar y sin distraerse en su cuaderno de notas. Vivir para contarlo, parecen decir unos; contar para vivirlo, parece querer el otro. Afuera está la ciudad, el campanario de la Catedral de Santa Catalina de Alejandría, los atardeceres en el Café del Mar, los enamorados, los condenados, las carcajadas de Gabo que retumban en los portales a la luz de la luna.