Miércoles 29 de Diciembre de 2021
Fernando Sánchez y Daniel Riera escribieron Virus: una generación a mediados de la década de los 90. Al momento de su aparición, el libro, publicado por editorial Sudamericana, no tuvo mayor repercusión, dato que puede explicarse con una rápida mirada sobre el mapa del rock argentino de aquel momento, colonizado por el llamado rock barrial. En un resumen de trazo grueso, y dejando de lado la cuestión musical, los principales exponentes de esta tendencia −Los Piojos y La Renga, los más exitosos−, cada uno con sus características, masificaron una manifestación popular que la crítica denominó “futbolización del rock”. El asunto no era nuevo en la música popular: ya en los años dorados del tango, cada orquesta tenía su hinchada respectiva; las más picantes, según los memoriosos, eran las de Juan D’Arienzo y Osvaldo Pugliese.
Pero en el rock argentino, de 1988 en adelante, con el ascenso de Los Redonditos de Ricota, el fenómeno tuvo un renacimiento impetuoso. Lo que cambió en esta nueva versión fue el rol del público que, además de asistir a los conciertos para disfrutar la música de su banda preferida, incorporó del fútbol la noción de “hacer el aguante”. El protagonismo de la audiencia con cánticos permanentes y el uso de pirotecnia dejó a la música en un segundo plano, y lo que ocurría en la tribuna comenzó a ser tan importante como lo que pasaba arriba del escenario.
Era esperable que en ese contexto un grupo como Babasónicos, para el que Virus fue mucho más que una influencia, fuera visto como frívolo. Y Virus, que tras la muerte de Federico Moura en 1987 tomó un rumbo errático hasta su disolución en 1990, cuando salió a la venta el libro de Fernández y Riera era poco más que un recuerdo.
Con el paso del tiempo, y el suceso de artistas que reivindicaban la importancia de Virus (Babasónicos y Miranda! en primer plano, y Adicta y Los Látigos en un segmento más under) en la evolución histórica del rock argentino, el legado de la banda de los hermanos Moura comenzó a ser revalorizado. Y lo mismo ocurrió con el libro de Sánchez y Riera, a tal punto que hasta su reciente y lujosa reedición a cargo de Colección Vademécum, los ejemplares de su primera edición ofrecidos en el sitio Mercado Libre rondaban los 30 mil pesos.
En 1980, cuando Virus hizo su aparición, el rock argentino atrasaba cinco años. Mientras en Inglaterra la new wave estaba en su apogeo −y ese fue el lenguaje que Virus tradujo al castellano rioplatense−, el ecosistema local flotaba entre el jazz rock y el progresivo. Por eso el grupo de City Bell fue tan resistido en sus comienzos, porque hacía música bailable cuando el rock argentino se escuchaba sentado y en silencio, y porque sus canciones estaban cargadas de ironía cuando la norma eran la solemnidad y la grandilocuencia.
El libro de Daniel Riera y Fernando Sánchez narra la historia de Virus apelando a una cantidad extraordinaria de testimonios. La historia pasa por la adolescencia de los hermanos Moura en City Bell, sus comienzos en la música, los días de Federico como diseñador de ropa en su local Limbo y su estadía en Río de Janeiro. Y también: el extraordinario éxito continental de Virus en 1986, las tensiones que existían en el seno del grupo, la muerte de Federico y el final del grupo.
Pero Virus: una generación también abre una ventana a la vida cultural y política de los años 70 y 80, y a la manera en que arte y política se anudaban o dejaban de anudar. La historia del secuestro y desaparición de Jorge, el mayor de los hermanos Moura, que le dijo a Perla Diez, su última pareja, que de no ser por su militancia política habría querido armar un grupo de rock con sus hermanos, alcanza como muestra. Como cuenta Fernando Bustillo, compañero de Federico en el Nacional de La Plata: “De aquella división no quedaron muchos, por el modo en que se jugaron la vida”. En resumen, el libro cuenta precisamente lo que anuncia en su título, la historia de una generación.
En la siguiente entrevista, Fernando Sánchez habla sobre la reedición del libro y ofrece su punto de vista sobre la figura de Federico Moura y el legado de Virus.
−¿Por qué el libro se reedita recién ahora? ¿Sudamericana nunca se los propuso?
−No. El libro se saldó, se descatalogó y nunca se nos propuso reeditarlo, hasta ahora.
−Cuando tuvieron que volver a leer el libro en profundidad con la idea de reeditarlo, considerando el tiempo transcurrido desde su primera edición, ¿apareció el impulso de cambiar muchas cosas?
−No tantas. La verdad es que, contra todos nuestros prejuicios, nos dimos cuenta de que el trabajo era muy digno y profesional. Recordábamos que nos habíamos tomado muy en serio la investigación, pero como no lo habíamos vuelto a leer, no sabíamos si resistiría nuestra propia mirada, 25 años después. Por suerte, sí. Modificamos algunas cosas relacionadas con el estilo que no nos gustaban, Daniel Riera se tomó el trabajo de actualizar todo lo que no conocíamos en su momento, incorporar la información que fue saliendo a la luz en los años posteriores a la salida del libro, y corregir los (no muchos, por suerte) datos que estaban incorrectos. Pero a grandes rasgos, diría que no hicimos mayores cambios al texto original sino, en todo caso, los necesarios agregados, consecuencia de los años transcurridos y la actividad desarrollada por los músicos en ese lapso.
−A medida que pasan las páginas va quedando claro que Federico fue tomando el lugar de líder, y que hacía y deshacía sin consultar mucho con el resto del grupo. Sin embargo, y dejando de lado la postura de Ricardo Serra, los demás integrantes no parecen haber ejercido mucha resistencia a ese cambio de situación. ¿Cómo se da ese proceso dentro del grupo? ¿Fue paulatino o se desencadenó a partir del éxito del grupo? ¿O simplemente fue por la prepotencia de trabajo de Federico?
−No sabría precisar exactamente cómo fue ese proceso, y tampoco estoy tan seguro de que haya sido así siempre. Es probable que en algún momento sí, pero tiendo a creer que fue más dinámico que lineal, y que no fue siempre en un mismo sentido. Acaso el brillo natural de Federico opaca la labor del resto, pero estoy seguro de que Virus no habría sido lo que fue sin la guitarra de Julio Moura, solo por citar algo fácilmente reconocible. Sí es probable que el resto del grupo haya descansado en esa forma de ser de Federico, y lo que en principio pudo resultar cómodo, luego pudo pasar a ser lo contrario. Sí es cierto que, por su carácter de artista integral, los intereses de Federico siempre fueron más amplios y, en tanto eso, mientras el resto de la banda se concentró en lo estrictamente musical, él pudo dedicarse a todo lo demás, que en el caso de Virus fue tan importante como la música. Pero volviendo a la pregunta, no sé si en algún momento ese liderazgo se volvió autoritario e indiscutible.
−El testimonio de Lorenzo Quinteros, encargado de la puesta en escena en los recitales, es extraordinario porque muestra la importancia que Virus le daba a la imagen ya desde sus comienzos. La idea de concebir el arte −un concierto en este caso− como una performance, ¿tenía que ver con la herencia del Di Tella, un lugar del que Federico era habitué?
−No sé si del Di Tella pero sí, claramente, tuvo que ver con los intereses y la formación de Federico más que con los del resto del grupo. Al menos, inicialmente. El hecho de que Federico haya cursado Arquitectura, por ejemplo, ya habla bastante de sus inquietudes. Que haya diseñado ropa y haya montado locales donde venderla, también.
−Resulta revelador releer hoy las opiniones de Federico. Sus conceptos parecen los de un intelectual, no los de un rockero. Sobre todo porque el rock argentino tenía el reloj clavado en el 76 al momento de la aparición de Virus.
−Creo es que es imposible pensar en ese momento del rock, digamos años 80, 81, sin ubicarlo en el contexto de la dictadura, que por esos días comenzaba a mostrar las consecuencias ya no solo de la represión sino también de la crisis económica. Hasta la llegada de la última dictadura, las tendencias del rock que se imponían en el mundo llegaban a la Argentina con un delay propio de la distancia y la época. Sin embargo, la censura impuesta a partir de 1976 detuvo ese flujo de información, y el acceso a lo que sonaba en el Primer Mundo se volvió aún más difícil. En ese contexto de censura es lógico que expresiones más “extremas” como el punk, el reggae y la new wave hayan tardado tanto en tener versiones locales y, aún más, la posibilidad de volverse masivas. De modo que, en cierto punto, es probable que el rock estuviera atrasado en nuestro país. Pero, al mismo tiempo, entiendo que sobre todo en lo que tiene que ver con la reivindicación del cuerpo, el baile, la imagen y, en suma, el goce y la libertad, Virus estuvo por delante si no del rock, de la sociedad argentina en general.
−Entre la primera edición del libro y esta reedición, ¿qué cambió en tu concepto y análisis de la obra de Virus?
−Creo que el tiempo fue poniendo a Virus en un lugar cada vez más destacado y único dentro de la historia de la música popular argentina. Mi concepto no sé si cambió: en todo caso, consolidó la idea de que valió la pena contar esta historia.
−¿Cuál es tu disco preferido de Virus? ¿Por qué?
−Me gustan todos, desde luego. Y mi preferido va cambiando según mi humor y mi edad. En algún momento fue Agujero interior por sus hits y su llegada a las discotecas; en otro Recrudece por sus formas desafiantes y su humor filoso. Creo que Wadu Wadu y Superficies de placer hoy son los que más me gustan, por razones obvias. El primero, por lo que significa en términos de revolución estética; y el último con Federico, por su increíble belleza, su clima de melancolía feliz y su sonido, que sobrevivió a las modas y hoy suena a la vez moderno y clásico.
El choque con Luca Prodan
El 23 de enero de 1987, cuando terminó la actuación de Sumo en el festival Rock in Bali, con una poderosa versión de Nextweek, Luca anunció a la banda que venía después.
Y ahora vienen los… ¿Quién viene? ¡Virus!
En el audio del concierto, que fue subido a YouTube en 2012, un cuarto de siglo después, se oyen gritos del público, que parece estar pidiendo que hagan un tema más, y Luca Prodan parece responder a algo que dice la gente: “Lo que pasa es que somos todos putos. Tenemos ganas…”. Tambien en 2012, en diálogo con Roberto Pettinato, en el programa Que parezca un accidente, Ricardo Mollo confirmó que fue eso lo que ocurrió: que el líder de Sumo quería tocar un tema más, que la organización del festival les había dicho que se había acabado el tiempo, y que Luca se molestó medio en serio y medio en broma con sus propios compañeros.
Pero en 1987, algunos creyeron haber escuchado que Luca dijo: “Ahora viene la banda de los putos”. Y así se lo transmitieron a los Virus. El equívoco duró muchos años e incluyó la primera edición de este libro, que data de 1995.
Un día después del show de Sumo, para colmo, Pil Trafa, cantante de Los Violadores, gritó: “No queremos la luna de miel de los maricones”. Así quedaron expuestas las dos corrientes más representativas del rock argentino de los 80: por un lado, la más pretendidamente dura y callejera; por el otro, la más pop y glamorosa. Las dos compartían, sin embargo, un origen común. Una misma banda, Dulcemembriyo, tenía letras del Indio Solari y a Federico Moura como bajista. Una misma rama para el árbol genealógico de los dos grandes mitos —en apariencia estéticamente opuestos— de La Plata: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Virus. Incluso, a mediados de la década del 70, antes de que se formaran los dos grupos, Julio Moura, el Indio Solari y el baterista Diego Rodríguez intentaron armar una banda que no superó unos pocos ensayos.