Vamos a ver a Scaglia en el clásico del ascenso rosarino
"¿Quieren ir a la cancha? ¿Saben quién juega hoy? Scaglia..." La mención del nombre era un imán, una invitación a decir "sí" a semejante oferta.

Miércoles 05 de Enero de 2022

“¿Quieren ir a la cancha? ¿Saben quién juega hoy? Scaglia...” La mención del nombre era un imán, una invitación a decir “sí” a semejante oferta. Hacía rato que papá se ufanaba luego de los picados en la cancha de tierra y piedras de Bancario, que a él le tocaba marcar a un profesional, a uno que había jugado en la primera de Newell’s y ahora era titular indiscutido en Argentino. El viejo era la excepción a la regla de los zurdos, provistos de un aura de talento que no tenía ni a palos. Por eso jugaba de 3 y hacía lo que podía, sobre todo cuando se metía a jugar esa rara avis, el futbolista de los sábados en cancha de tribunas que cumplía con sus obligaciones cuasi profesionales, y el que no se olvidaba nunca de los domingos en familia y con amigos, donde podía simplemente jugar a la pelota sabiendo que el resto lo cuidaría en esa porción de terreno junto al río que era el club. Tan de barrio como el salaíto.

“¿Y? ¿Qué les parece chicos, vamos o no?” El verano ya se había ido y por lo tanto al club solo se lo disfrutaba el fin de semana, o más bien los domingos. Y era sábado, casi al mediodía, cuando papá les insistía a sus dos pequeños, o no tanto. Es que con 12 y 10 años ya habían fundado su propio equipo de amigos e intentaban armar un desafío con los de la otra cuadra para esa misma tarde, por supuesto en el descampado del Tiro Federal, ahí mismo donde años más tarde haría su cancha de once Banco Nación, ahora solo llamado Banco. Los pibes dudaban. Ir a jugar a la pelota o ir a ver a Scaglia, el mismo que papá se ufanaba de marcarlo tan bien en los picados de los domingos, aunque sabíamos que siempre lo veía pasar de largo.

“Pero, ¿dónde va a jugar Scaglia? ¿En un equipo con todos con la misma camiseta, pantalón y medias?”, preguntó el más pequeño, buscando la garantía de que se trataría de un partido en serio y no como el del picado de los domingos, que se jugaban con cualquier remera o directamente en cueros, con reglas propias y sin referí. “Claro, hijo. Van a jugar Argentino y Central Córdoba, es como el otro clásico de la ciudad, el chico. Y es acá nomás, en la cancha de Argentino, a la vuelta de donde vive el nono”.

Papá quería matar varios pájaros de un solo tiro, en realidad. Ir a visitar al vieco, como así lo llamaba, con “c” en vez de la “j” por una señal de respeto, y luego caminar dos cuadras más y llevar a los pibes a un estadio que solo conocían desde afuera. Y además, claro, los niños enseguida descubrieron la jugarreta y la insistencia por ir a ver a Scaglia. Es que a papá siempre le gustó Central Córdoba, siempre hablaba de un tal Carlovich y decía que tenía la zurda igual de habilidosa que él. “Vos querés ir a verlo a Carlovich”, le retrucaron los párvulos. “No, no, si ni juega hoy. Vamos a ver a Scaglia, que va a jugar en Argentino. ¿Se acuerdan que siempre les dije que era un profesional? Bueno, vamos a verlo”. Y para dorarles más la píldora, les dijo que iban a ir varios amigos más de Bancario, como Tito Fernández, que vivía a la vuelta, y el lungo Pricco, que siempre acompañaba a su viejo fanático salaíto a la cancha, aquel que iría hasta el final de sus días.

Y era cierto, nomás. Scaglia estaba anunciado en la formación que daba el diario La Capital y Carlovich no. Ni estaba jugando por esa época en Córdoba. Si Scaglia fue la excusa o no, si papá en realidad sólo quería ver el clásico y cinchar por su equipo, lo cierto es que la invitación prometía. Nunca los chicos habían ido a una cancha y tal vez no hubieran obtenido el permiso de mamá para rajarse si no iba con el paquetito, o mejor dicho, con los paquetitos.

Las intenciones de ir a ver a Scaglia parecieron empezar a verse genuinas cuando papá hizo la cola por las ventanillas de calle Sorrento y sacó entradas para la tribuna “oficial” o platea de Argentino, la que tenía hasta unas sillas de plástico donde nos sentamos en medio de mucha gente, repleta de entusiasmo. Enfrente estaban los tablones de madera, también con mucho público, pero con el azul mezclado con el rojo a diferencia de los escalones de cemento, que combinaban el azul con el blanco. Se respiraba un partido de los importantes, de tensión. Y cuando los equipos salieron a la cancha desde abajo del suelo y en medio de una lluvia de papelitos, lo primero que hizo papá fue identificar a Scaglia.

No hacía falta en realidad. Lo conocían bien, sólo que hacía desde el verano que no lo veían y tenía el habitual pelo enrulado, bastante corto, y barba. Y la 10 en la espalda, eso sí. Era el 12 de mayo de ese 79 y la sombra que se proyectaba sobre la tribuna de cemento ponía en clima de otoño la tarde, pero la efervescencia alrededor olvidaba cualquier chiflete que cruzaba. Y no pasaba nada, entre pelotazo que iba y pelotazo que venía. Hasta que ese volante ofensivo o delantero que tan bien conocían encaró con su endiabla velocidad que ridiculizaba a papá en los domingos de potrero, se hizo el hueco en el área y remató cruzado (como refleja la imagen de La Capital) para amargar al arquero que apenas tres meses después sería campeón mundial juvenil en Tokio, Rafael Seria. El sueño (o la pesadilla) de papá se hacía realidad. Goooooooollllllll de Argentino, gooooooollllll de Scagliaaaaaaaa.

Todo era algarabía en esa improvisada platea, con sonrisa falsa de papá incluida. Hasta que pareció más genuina que nunca cuando ya en el segundo tiempo el árbitro pitó fuerte y se le arremolinaron todos los jugadores de camiseta blanca alrededor. “¿Podés creer que cobró penal?” bramó el hombre de canas, que se le habían puesto verdes, que estaba un escalón más abajo y que se dirigió a papá como si lo conociera de toda la vida. “¿En serio cobró penal? No lo puedo creeerrr”, respondió el viejo acentuando la “erre” mientras le aplicaba un codazo cómplice al hijo mayor, disfrutando por dentro la chance de empatar.

“Encima ataja el pibe”, siguió quejándose el compañero de tribuna, en relación a Norberto Rossi, que debutaba esa tarde porque al titular (Bressano) lo habían echado en el 2-5 de la fecha anterior ante Excursionistas. Pero al pibe no le temblaron las manos cuando se arrojó hacia su izquierda y le detuvo el disparo nada menos que a Lalo García. Estallido de alegría en la tribuna azul y blanca, grito de simulación-resignación de papá, aunque de todas maneras mucho no debió importarle. Si en realidad, había ido a ver a Scaglia.

No sé por qué, porque siempre hay un imbécil que arruina la fiesta de las mayorías, en medio del nuevo festejo salaíto volaron algunos cascotes desde lo alto de la tribuna y uno le rompió el tabique al hombre de canas que se le volverían a poner verdes, justo cuando se daba vuelta para festejar el penal detenido. Hubo un tumulto, algunas corridas y papá aprovechó para salir de ahí, poniendo a resguardo a los chicos y volviendo rápido a casa.

Demasiadas cosas ya habían pasado. El gol de Daniel Scaglia (el 10 de enero cumplirá 67 años), el penal atajado y la piedra que había pasado tan cerca. Hora de abortar el plan sabatino.

En el resto del partido, en la cancha no pasaría mucho más, afuera sí con algunas corridas. La crónica de aquel 12 de mayo diría que Argentino le ganó el clásico a Córdoba de la 11ª fecha de la C, con gol a los 28 minutos de Scaglia a Seria, el arquero que convocó Menotti a la selección juvenil para el Mundial de Japón. Diría que a los 25’ del complemento Rossi le había atajado un penal a Lalo García, el referente de una defensa que se consagraría en el 82. Y en la zaga salaíta era titular un tal Marcelo Bielsa, que apenas había jugado años antes un partido más que Scaglia en la primera de Newell’s: 2.

Después de la adrenalina, camino de regreso a pie y saludo al nono mediante, papá dio la voltereta en el aire, barajó y dio de nuevo: “Vieron que les dije, que teníamos que venir a ver a Scaglia”.