Jueves 17 de Febrero de 2022
La ciencia oficial nos sorprende un día sí y otro también. En la ocasión la célebre revista Nature más otros altares académicos da lugar una vez más a uno de los mayores sueños occidentales: controlar los pensamientos humanos. A la sociedad no le alcanza con los incontables controles de que dispone sobre las infinitas y sucesivas generaciones que van naciendo para después pasar a mejor vida. Notable paradoja eso de que la mejor vida comienza justito después de la muerte. A la vez, el mayor eufemismo: aludir a la muerte con la expresión pasar a mejor vida. Salvo que finalmente sea cierto. Si lo mejor viene tras la Parca habrá sido en vano el largo esfuerzo para tanta riqueza acumulada o bien para tanta pobreza padecida. Según sea.
Tremenda advertencia nunca suficientemente escuchada por el humano siempre tan pendiente de ser feliz en lugar de ocuparse de estar despierto. Nada más difícil. El humano es un ser que duerme aún despierto. Duerme en sus laureles o en sus padeceres o en sus rutinas calcadas unas tras otras. El asunto es que lo que trae de cabeza a la ciencia es precisamente la cabeza misma. Nada sucede sin la cabeza. Todo es con la cabeza, aun el amor cuyo centro neurálgico suponemos o imaginamos en el corazón y sin embargo la cabeza siempre está pronta a meter la cuchara para que el mejor momento se convierta en pesadilla. La cabeza no lo puede todo. Hay dominios parciales de la religión, la política, la ciencia, la educación, el deporte, del arte y demás. Ahora bien, la ciencia en tanto actividad humana por excelencia, no resigna un dominio que supone que le compete y a donde a menudo es convocada. En tal caso. ¿a dónde debe apuntar la ciencia en su búsqueda de una ciencia de la cabeza? Esa inasible cabeza a la vez productora ella misma de ciencia, de religión, de arte, también del mal o de la locura y al mismo tiempo de la filosofía, la política y de todo lo demás... Un marote superior a las demás cabezas de lo viviente según un supuesto muy extendido. Aunque cierto, seguramente no a todos los efectos.
Mientras tanto una sorpresa mayúscula circula por estos días en Internet con un título capaz de borrar los demás títulos: “Usan en una paciente un implante cerebral para eliminar los pensamientos negativos y prevenir la depresión”. La prestigiosa revista científica mencionada en el comienzo (Nature) es la encargada en la ocasión de recibir y publicar un informe sobre la intervención realizada en una mujer con una depresión severa. Un grupo de científicos de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) construyó un dispositivo de “estimulación cerebral profunda” implantado en el cerebro para erradicar precisamente los pensamientos negativos a partir de una estimulación eléctrica capaz también de prevenir la depresión. Semejante novedad supuestamente científica bien podría ser conocida como el neo-electroshock, una suerte de epifenómeno del remanido y devastador neoliberalismo.
Semejante “descubrimiento” se presta a ser anunciado con títulos estridentes para la ocasión del tipo de: “Elimine el engorroso trámite del electroshock, nosotros se lo implantamos en el centro mismo del cerebro”. Si llama ya le regalamos el implante plus, que le permitirá ser feliz el resto de su vida. La pregunta surge de inmediato: ¿cómo es que una novedad puede sin embargo ser vieja? Si es novedosa, entonces no es vieja. Si por el contrario es vieja, la novedad no es tal. Tal incompatibilidad solo es posible a partir de la histórica confusión entre el cerebro y la mente o entre el cerebro y la psiquis humana. La estimulación eléctrica es justamente una vieja novedad. Es que cualquier aplicación eléctrica sobre el cerebro y la psiquis tienen efectos. Como igualmente lo producen una borrachera o un palazo en la testa. En suma, la pregunta no del millón es ¿dónde se domicilian pensamientos e imágenes? O, lo que es lo mismo, ¿dónde “viven” la razón y la imaginación, es decir los dos instrumentos fundamentales de la cabeza, verdaderos pilares de la percepción de los humanos?
Dicha percepción no teje su trama principal en los vericuetos del cerebro. Por el contrario, las construcciones y las creaciones humanas nacen de la muy particular danza que bailan la Imaginación y la Razón, a veces sublimes, otras tantas siniestras o macabras. Ahora bien, ¿dónde bailan dicha danza imaginación y razón? En el escenario cerebral. A veces articulando ambos dominios, otras hasta desarticulando en la compleja articulación de la locura. Con la debida aclaración de que dicha danza no es sin el cerebro. En definitiva, como cualquier otra parte de los seres vivientes, donde nada es sin el cerebro. Pero no se puede explicar el arte desde la sinapsis ni tampoco la Biblia.
La cuestión es que esa base cerebral tan fundamental para la vida no alcanza sin embargo para dar cuenta así sea de un modo parcial la ilimitada variabilidad de la vida y la existencia humanas. Con el mismo cerebro la única raza existente en el planeta, es decir la raza humana, ha construido los dos grandes mundos del planeta, Oriente y Occidente, con sus innumerables e infinitas variaciones. Al punto de que dichas variaciones interminables para colmo nunca se bañan dos veces en el mismo río según la célebre máxima de Heráclito, el notable filósofo griego anterior a Platón y Aristóteles. Extirpar la fragilidad humana es tan imposible como eliminar la incertidumbre existencial. El resultado de esta doble imposibilidad es un bicho distinto a todo el bicherío que habita el planeta. Bipolar a todos los efectos, como sabemos capaz de lo excelso o de lo siniestro, sin embargo en deuda crónica, individual y colectivamente, con el imposible más sencillo: poder decir que sí cuando hay que decir que sí y poder decir que no cuando hay que decir que no. No depende del cerebro. Depende de la independencia autonómica de cada cual.