Martes 08 de Febrero de 2022
En 1995 los discos eran la única posibilidad de escuchar bandas que ya no existían. Era natural para los fans de Pescado Rabioso e Invisible nacidos en los 70 conectarnos a través de los discos con aquel Spinetta que emulaba a Hendrix desde su propio universo musical. Por eso, la data de que el Flaco había armado un power trío me interesó muchísimo.
No seguía al Flaco a todos lados, pero sí compraba sus discos y lo iba a ver siempre en Rosario. Esa vez, en el teatro El Círculo, la novedad del power trío venía con la intriga de cómo sonaría esa formación: el bajista venía de tocar un montón folclore de proyección con Lito Vitale y el batero era el cantante de la Sonora de Bruno Alberto.
Recuerdo un escenario con los tres acomodados en plan sala de ensayo. Cierta intimidad pero a un volumen de estadio con el mejor anfitrión de la historia del rock: el Flaco abría las puertas de su universo y todos entrábamos a compartir. Desde el primer acorde me quedó claro que el Diente Torres y el Tuerto Wirtz eran músicos muy distintos de lo que yo creía. También el Flaco, que no escatimaba en desprolijidad al pisotear los pedales para encarar solos en plan zapada interminable en dirección a las antípodas de lo que venía haciendo. La improvisación valvular tomaba la posta de la pulcritud midi.
Otro Spinetta transmitiendo de su mismo universo. Lo de siempre, diferente. Como una imparable manada de letras y melodías esas canciones que nunca había escuchado se fueron metiendo en mí, consciente de que esa noche no podría ir a escucharlas otra vez en el disco. En una poética dominada por el riff se me fueron metiendo el sol y la afeitadora eléctrica, un espejo en una sombra, cierta resignación a no poder cambiar un “mundo de locos y fachistas”. Y Bosnia.
Agobiado por esos días de coronación neoliberal, un “collage de la depredación humana”, Luis cantaba contra el Bobero. En vez de anunciar la salida de un disco hizo público que no lo sacaría si no le pagaban lo que él consideraba justo por esa obra que para el mercado no era vendible.
El disco que no existía se siguió presentando en una saga de shows por todo el país. La ansiedad fue más grande para el segundo de Los Socios en Rosario, creo que un año después. No tenía otra manera de escuchar esa música reveladora que seguía fluyendo en mí. Para entonces la manija sumaba cierta militancia: el disco tenía que salir. Finalmente los socios del desierto le torcimos la mano al mercado.