¿Rosarinos, o porteños en miniatura?
¿Tiene la ciudad una manera de hablar que le sea propia? El autor de esta nota no lo duda: sí. Y ofrece abundantes ejemplos, con el sentido del humor como bandera

Lunes 06 de Diciembre de 2021

¿Tenemos identidad propia los rosarinos, o somos unos porteños en miniatura? Esta pregunta no la formulamos nosotros, sino observadores de nuestra realidad que miran un mapa, ven que Rosario está cerca de Buenos Aires y concluyen que necesariamente debemos tener un déficit identitario.

De nada vale aducir ante esos sociólogos a la violeta la recuperación de nuestras costas, la preservación de nuestro patrimonio urbano, la reivindicación del pasado prostibulario de la ciudad, nuestro fetichismo con la bandera y otros factores que nos desmarcan claramente de la Capital. Cuando todo falle, sacarán un as de la manga: Rosario no tiene acento propio (a diferencia de, cuándo no, Córdoba), ergo no tiene identidad.

Pero Rosario sí tiene una personalidad lingüística innegable. Nuestra entonación es claramente distinta de la de Buenos Aires (al punto de que hay quien sostiene que tratamos de imitar a los porteños y no nos sale), y además está nuestra proverbial ingesta de eses, que hace que en rosarino informal “¿me das las llaves?” suene igual a “¿me da la llave?”. Aun en el registro semiformal, esta sinuosa letra tiene un curioso comportamiento: en posición final, y antes de otra palabra que empiece por vocal, se la pronuncia casi como una jota, o más precisamente como una hache inglesa, de modo que distinguimos “es así, creo” ['eh a'si 'kreo] de “esa sí, creo” ['esa 'si 'kreo], secuencias que en Buenos Aires sonarían exactamente iguales.

Pero hoy quiero referirme a otro aspecto, menos llamativo y menos conocido, del dialecto geográfico rosarino: el vocabulario propio.

Para empezar a tomar contacto con él, una buena idea es pegarse una vuelta por alguno de los 740 bares de la ciudad. Allí podemos pedir un porrón en la tranquilidad de que nos servirán una botella de 970 centilitros de cerveza; en Buenos Aires, idéntica petición derivará en que nos traigan un recipiente de apenas 375 centilitros del dorado líquido, es decir lo que aquí conocemos como porroncito. Alternativamente podemos solicitar un liso, donde los porteños pedirían un chopp. Si se trata del horario matutino, lo que corresponderá es que ordenemos una leche caliente con una barra de chocolate disuelta, es decir un remo; en la Caba para obtener ese resultado deberemos encargar un submarino. Y, por supuesto, no podemos dejar de acompañar esos líquidos con un carlito, al que visitantes de otras latitudes se referirán con la poco elegante perífrasis tostado con kétchup.

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Otro sitio lingüísticamente conflictivo es el supermercado. En una cadena que desembarcó hace un par de décadas desde Buenos Aires ofrecían roast beef, término que dejó a los rosarinos con la mandíbula por el subsuelo. Después suspiramos aliviados al enterarnos de que se trataba de nuestra aguja. Para acompañarlo proponían unas batatas, que también nos causaban extrañeza porque acá batata es lo que se hace dulce; si se consume fresco es camote. Similarmente, el pesceto porteño fue y es, tradicionalmente, el jamón redondo rosarino. En cuanto al bife de costilla capitalino, es lo que nosotros, más sintéticamente, denominamos costeleta. ¿Y qué decir del bife de chorizo, que al verlo mis hijos en un menú en Buenos Aires lo interpretaban como nuestro autóctono “chorigol”? Pero no; es simplemente lo que en estos pagos llamamos entrecot.

Y si de niños se trata, podemos hablar de una incomprensión absoluta entre rosarinitos y porteñitos. En las escondidas, nuestra pica es su piedra, y ¡pica Fulanito! hay que traducirlo por ¡piedra libre para Fulanito! Nuestra popa, en tanto, es la mancha de allá. En el fútbol tenemos al inefable chupamate, que se queda cerca del arco a la espera de un balón perdido que le permita convertir un gol: en Baires es el pescador. En las cercanías del Monumento la minoridad consume praliné y pororó, frente a garrapiñadas y pochoclo en las inmediaciones del Obelisco.

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¿Y en las instituciones educativas? Partiendo de la base de que un rosarino de ley dice la escuela y jamás el cole (el cual en todo caso es el medio de transporte que toma para ir a la escuela), nos causa gran satisfacción que nuestros niños sigan haciéndose la chupina pese a las telenovelitas dirigidas a ese segmento que los bombardean con el porteñismo (cursi, a nuestros oídos) la rata. Más satisfacción nos causaría que no se hicieran ni la una ni la otra; pero es un mundo imperfecto.

Claro que, como contrapeso, cada grado tiene su olfachón, que en nuestro incipiente diccionario figura traducido al porteño como traga. Se los distingue porque son los únicos que en las pruebas se abstienen de copiar (y no copiarse como dicen en la urbe donde atiende el Altísimo, por más que la copia sea ejecutada en solitario).

En esa tierna edad el elemento de escritura por excelencia son, sobre las barrancas del Paraná, las ceritas, también adoptadas para su labor filosófico-mural por el inmortal Cachilo (otras versiones sostienen que escribía con tiza mojada; yo lo vi en acción muchas veces y puedo certificar que lo que usaba eran ceritas). A orillas del Plata no sólo carecen de un mito urbano como Cachilo, sino que a las ceritas les dicen crayones.

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En la medida en que uno crece los problemas empiezan a ser otros. Por ejemplo, pagar los gastos centrales. El hecho de que tengamos una palabra propia para este concepto, frente al porteñismo expensas que impera en el resto del país, revela nuestra gran tradición en propiedad horizontal, como que tuvimos el primer rascacielos del interior (Palacio Minetti) y ahora tenemos los más altos. Otro problema con que nos podemos llegar a enfrentar es que, debido a la avanzada fecha del mes, no nos alcance el dinero ni para ir a la granja a comprar masitas. En Buenos Aires tienen el mismo drama, pero para concurrir a la despensa a adquirir galletitas.

Pero nuestras disidencias idiomáticas llegan incluso al terreno de la fraseología. ¿No sigue plenamente vigente, acaso, nuestro conciso voy de mi tía, y no a lo de mi tía como en Corrientes y Esmeralda? Cierto, es agramatical; pero aquí estamos hablando de identidad, no de apego a la norma. Como nuestro igualmente ilógico, pero sumamente expresivo, sacar mano, que no se refiere a la práctica prescripta por determinadas tradiciones culturales y religiosas de amputársela a un acusado de robo, sino a lo que los porteños denominan sacar el cuero.

Con nuestra fonética algo relajada, nuestro puñado de palabras propias y nuestras dos o tres locuciones características, probablemente no nos alcance para erigir nuestra habla en idioma, dialecto o aun tonada. Pero sí nos alcanza para comernos una costeleta con camotes al horno y bajarla con un porroncito, y eso no es poca cosa.