Domingo 28 de Noviembre de 2021
Ritmos fue el título de la exposición que se desarrolló en el Espacio Cultural Universitario (ECU) dedicada a Rosa Aragone, una artista prolífica de Rosario cuya obra se ha desplegado a través de diferentes medios y lenguajes: desde el dibujo y el grabado hasta el bordado y la pintura, desde la adhesión a la figura y la naturaleza hasta la opción por la síntesis y la abstracción. En esta ocasión el conjunto de trabajos reunidos dejó de lado tanto la práctica del grabado, acotada a un segmento inicial de su obra, como su estrecha vinculación con la representación humana, sostenida ampliamente a través de dibujos, xilografías y pinturas. Justamente, y tal como la autora lo expresó, la muestra resultó atípica en el marco de noventa presentaciones individuales realizadas desde 1963 en las que siempre convocó un universo de presencias familiares y afectivas, de amistades y modelos.
Sin embargo, dos muestras previas en Subsuelo, una galería de arte de la ciudad, abonaron el camino para una mirada sobre su obra concentrada por un lado en motivos de la naturaleza, en los pájaros y las flores, en los follajes, enramadas y árboles, que supo plasmar en textiles, grafitos y pinturas en diferentes momentos de su vida; y por otro, en la serie de formas abstractas elaborada virtuosamente con una sugerente paleta de tintas acrílicas. Así, Ritmos pudo verse como una expansión de esas propuestas al tiempo que ensayó otros sentidos devenidos del nutrido conjunto de grafitos realizados en 2019 y extendidos aún al comienzo de 2020 cuando comenzó la selección de obras para la exposición.
La observación de esos trabajos tornó evidente la recurrencia de ciertas formas en el conjunto de su producción ajustada a la utilización de variadas técnicas y a veces con distanciamientos temporales: “Hago series unidas temáticamente o por la construcción del cuadro; a veces hago simultáneamente dibujos y pinturas con la misma temática o con el mismo enfoque plástico” afirmó Rosa en una entrevista realizada por el Museo Castagnino en 2020. Y dado que una muestra presupone un relato sustentador o ejes organizadores, se priorizó destacar ese aspecto de su práctica artística, el que le permite recuperar una y otra vez sus planteos sobre la representación de la naturaleza o de formas más autónomas, eligiendo alternativamente el lápiz y la tinta, el acrílico y el óleo, la serigrafía y la lana, y aun lo digital, como medios para recrearlos.
Los dibujos de 2019 fueron entonces el corpus inicial de atención; muchos de ellos traslucen las migraciones de temas y formas abordados en trabajos previos; por ejemplo el grafito reciente dedicado a los pájaros que inicia el recorrido de la exposición está acompañado por un tapiz bordado en los años setenta y por una pintura y una serigrafía posteriores realizados con el mismo tema, exteriorizando así un criterio de selección y ordenamiento reiterado a medida que se avanza en el recorrido por la sala. Otros dibujos pueden filiarse con pinturas anteriores y también se dieron desplazamientos entre series que antecedieron los grafitos de 2019, vinculando pinturas con bordados, dibujos con obras digitales, entre tantos encuentros que configuran un horizonte de composiciones enlazadas independientemente de tiempos, técnicas y lenguajes.
La inclusión de los tapices bordados sobre arpillera indicó el amplio registro de medios que frecuentó sin jerarquizaciones y lo excepcional de esa práctica, sostenida a lo largo de una década, entre sus pares generacionales. Rosa los vincula a las labores que hacía de niña y los integra a sus estudios y necesidades expresivas uniendo aromas de la infancia y quehacer artístico; de tal modo que primero dibujaba los motivos, después planificaba cuidadosamente los colores –sus tintas planas lo revelan– y seleccionaba las lanas, recién entonces iniciaba el paciente camino del bordado cubriente. Además, se refirió a una suerte de equivalencia entre el placer que le proporcionaba el bordado, tan enraizado en antiguos saberes, y la creación digital surgida de tecnologías contemporáneas a la que destaca como el medio que la ocupa y entusiasma en la actualidad. En ese sentido percibe analogías entre las puntadas y los pixeles a la vez que transparenta, una vez más, la existencia de los vasos comunicantes que siempre alimentaron su obra.
Si la labor del bordado en parte se activa con los recuerdos de su niñez, también en ellos el dibujo ocupa un lugar privilegiado. Cuenta haber dibujado desde que tiene memoria pero más allá de ese impulso inicial lo considera esencial en las artes plásticas y lo instaura como una invariante de su trabajo, como el factor que organiza las composiciones y que domina aun cuando el color inunda la superficie. La fortaleza de la línea junto con las recurrencias formales antes aludidas son señas de identidad de una artista de vasta trayectoria y dedicación que esta exposición aspira a subrayar; así como la particular vibración de su paleta, de contrastes marcados y color potente, que las pinturas y bordados en esta selección testimonia pero que se manifiesta en todos sus planteos de colorista.
Gozar con la música del mismo modo que con la pintura es otra predisposición a la que Rosa siempre hace alusión y sus ritmos visuales atestiguan ese doble disfrute. Un disfrute también para quienes hicimos posible la celebración de una artista de gran solidez, con una presencia tan sostenida en la ciudad a través de exposiciones individuales y colectivas, y que sigue imaginando y creando con entusiasmo y placer.