Los robots, entre el misterio y la literatura
Gonzalo Santos escribió un libro tan inquisitivo como inteligente: "Únicos y repetibles: autómatas, robots, androides y cyborgs en la literatura argentina". En diálogo con La Capital, aseguró que "somos una especie más, entre tantas, y eso empieza a verse reflejado en lo que se está escribiendo"

Viernes 12 de Mayo de 2023

En la introducción de Únicos y repetibles: autómatas, robots, androides y cyborgs en la literatura argentina, de Gonzalo Santos, escrita por Juan Mattio y Marcelo Acevedo —ambos grandes conocedores de la ciencia ficción— se destaca que un libro sobre robots en la literatura nacional se justifica por varios motivos: estos seres y su parentela metálica (o plástica… de materiales sintéticos, en definitiva) se han vuelto una presencia habitual en la realidad del país, aunque con formas diferentes a las que estamos acostumbrados. No están la Robotina de los Supersónicos o el Arturito de Star Wars, pero nos vemos rodeados por inteligencias artificiales que fascinan y atemorizan a los usuarios. En un país agroexportador como el nuestro, lo robótico se percibe en máquinas empleadas en tareas rurales. Por otra parte, en las últimas dos décadas estos seres sintéticos se multiplicaron en las páginas de libros celebrados internacionalmente, como Kentukis, de Samantha Schweblin. Pasaron de ser una figura marginal, en fanzines y revistas especializadas de ciencia ficción, a ocupar un sitio de mayor protagonismo.

“Una variante de la figura del robot que se desarrolló mucho en este tiempo es aquella que permite operarlos a distancia, a partir de algún dispositivo de telemando. Desde hace varios años venimos viendo médicos que realizan intervenciones quirúrgicas a través de brazos robóticos, vehículos astromóviles que recorren la superficie de cuerpos celestes, o ‘agro-robots’ que atraviesan campos para medir la humedad o para recolectar frutas…También se sabe que hay robots teledirigidos en la industria militar, en la del petróleo, en la de la energía nuclear, en la del libro —ya existen brazos robóticos que le permiten al autor firmar ejemplares a distancia—, y por supuesto también en la del entretenimiento, donde en general asumen la forma de muñecos que se manejan a control remoto y que están destinados a un público infantil. Pero, ¿qué pasaría si esta industria fuese capaz de sofisticar sus artefactos e inaugurar, a partir de ellos, una nueva forma de interacción entre las personas? En la literatura argentina contemporánea, una novela que se desarrolla a partir de esta pregunta es Kentukis (2018), donde Samantha Schweblin reelabora el topos de los robots substitutos, que como vimos en nuestro país se inicia con Holmberg y su ‘Horacio Kalibang…’, para construir una distopía sobre, entre otras cosas, los límites de la intimidad que trazan las nuevas tecnologías”, dice el libro de Santos, editado por Indómita Luz, en la página 49.

SS.jpg

Samantha Schweblin.

Conforman el corpus de estudio autores y autoras (algunos relacionados con la ciencia ficción, otros no; algunos de mayor renombre que otros) como Ladislao Holmberg, Leopoldo Marechal, Juan Jacobo Bajarlía, Angélica Gorodischer, César Aira, Ricardo Piglia y Esther Cross, entre otros tantos. Santos también recurre a la obra crítica de ensayistas como Pablo Capanna, Elvio Gandolfo y Michel Nieva. Esta combinación resulta interesante tanto para el recién llegado como para el lector experimentado de ciencia ficción.

Santos procede estudiando los distintos significados que se les pueden atribuir a estas criaturas de cables y chips, antropomórficas y no tanto: abre el juego considerando las manifestaciones de los autómatas y cyborgs como degradación de lo humano, continúa con los robots teledirigidos, “bots” rebeldes y paraísos artificiales, sigue con los robots y el delirio como modo de intervención en la historia y dedica algunas páginas al estudio de las ginoides o androides femeninos—pensemos en Barbarella—, en donde se enfoca en Otra historia de amor, de Juan Terranova, y Radiana, de Esther Cross, para terminar con un análisis de las maneras en que el robot ha servido como pedagogo (Santos es profesor, de manera que esta inclusión es más que pertinente).

Gonzalo Santos (Avellaneda, 1984) es escritor y profesor de literatura. Entre las novelas que ha publicado se destaca El sonido de las cosas (2021). Además publicó los libros de no ficción En las escuelas: una excursión a los colegios públicos del GBA (2013) y Mi padre y yo: conversaciones con Enrique Breccia (2020), entre otros. Es colaborador frecuente en el suplemento Cultura del diario Perfil y en la revista cultural española Jot Down.

300787471_8855275537878740_5946911790991228739_n.jpg

Gonzalo Santos.

-La ciencia ficción ha incluido en su repertorio un número más o menos limitado de temas: alienígenas, viajes espaciales o en el tiempo, el fin del mundo, poderes extrasensoriales… ¿por qué decidiste elegir a los robots y su metálica (o digital) progenie?

-Creo que en principio hubo dos razones. Una es que los robots ya están conviviendo con nosotros. Por supuesto, todavía no tienen la forma antropomórfica que está en el imaginario de la ciencia ficción, pero sí se los puede ver en diferentes industrias –en Argentina ya se utilizan para diferentes tareas agropecuarias-- e incluso hay una variante del robot, que es el ´bot´, con la que convivimos a diario sin darnos cuenta. La otra razón es que en los últimos años fui viendo que muchos escritores empezaban a retomar la figura del robot, o del androide, y en un momento dije: acá debe haber algo, vamos a excavar un poco a ver qué sale. La idea era ver a qué se debía esa recurrencia, pensar qué es lo que esos robots nos están viniendo a decir, no sólo de sí mismos, no sólo del presente, no sólo del futuro, sino también del ser humano, porque una alteridad tan radical como la que ellos representan permite ver al hombre desde una distancia que, en ciertos casos –en los mejores casos--, promueve eso que los formalistas rusos llamaban ostranenie, o ´extrañamiento´.

-De todos los textos que consultaste para tu corpus, ¿cuál fue el que más te impactó?

-Hay muchos textos que me gustaron muchísimo. Uno es la novela de Juan Mattio, Materiales para una pesadilla; otro, ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?, de Michel Nieva. A los dos los leí apenas salieron, hace un tiempo, y los volví a leer para este libro. También me gustó mucho Guerrilleros (Una salida al mar para Bolivia), de Rubén Mira. Hace un tiempo me lo recomendó Marcelo Acevedo y la verdad que me pareció increíble. Es una especie de reescritura de los diarios del Che en clave burroughsiana. Un disparate hermoso y diferente a todo lo que había leído.

-Contame del proceso de escritura. ¿Cuánto tiempo te llevaron la investigación, la escritura y la corrección?

-La investigación me habrá llevado cinco meses, o seis, y la escritura otro tanto. Pero yo creo que tal vez no habría que separar una cosa de la otra. La escritura también es investigación, y sobre todo en el ensayo, que es un género donde muchas ideas surgen mientras se escribe. De hecho cuando comencé a escribir tenía apenas una vaga noción de hacia dónde quería ir, pero todavía no tenía muy en claro qué iba a encontrar ni cuáles iban a ser las hipótesis de lectura. Digamos que fue el mismo proceso de escritura el que terminó de definir o precisar las ideas. En cuanto a la corrección, llevó un tiempo, también –un mes, dos—, y creo que fue muy importante el trabajo que hicieron Juan Mattio y Marcelo Acevedo, que están al frente de la colección Arqueologías del Futuro de la editorial Indómita Luz.

Capanna.jpg

Pablo Capanna.

-Pablo Capanna, a quien citás como investigador —y como cuentista en “Acronía”— dijo que la ciencia ficción argentina no está escrita desde la ciencia, ¿qué podés comentar al respecto?

-Bueno, en parte es así. En Argentina, o incluso en Latinoamérica, la vertiente hard no se cultiva mucho. Pero no es cierto que se hace ciencia ficción a partir de la ciencia ficción, como decía Capanna. De hecho, muchos de los escritores que hoy incursionan en el género ni siquiera son lectores de ciencia ficción. Algunos incluso desdeñan el género y afirman que sus distopías tecnológicas con todo tipo de elementos de ciencia ficción no pertenecen, en realidad, al género. Yo supongo que, si escriben ciencia ficción, es porque hoy el mundo, en parte, también lo es, y además porque estamos entrando en una época post-antropocéntrica en la que nos interesa lo que no es humano (de ahí también el auge del weird o, en filosofía, del realismo especulativo). Por supuesto que lo humano sigue interesando, pero desde otro lugar. En todo caso, se trata de un interés que tiene que ver menos con los individuos que con la especie. Por eso el auge del género. Estamos en una época propicia para repensarnos desde ahí; aunque, a diferencia de otras épocas, ya no se advierten jerarquías ontológicas: somos una especie más, entre tantas, y eso empieza a verse reflejado en lo que se está escribiendo.

gandolfo_RS124607_20220628AM_085_1200w.jpg

Elvio Gandolfo.

-Elvio Gandolfo fue un poco más lejos y llegó a escribir en los setenta que no existía una ciencia ficción nacional… Cinco décadas después es fácil contradecirlo. ¿Qué opinás?

-Sí, casi que se volvió un deporte disparar contra Gandolfo. En los últimos años prácticamente no hay artículo o nota sobre ciencia ficción que no empiece discutiendo esa sentencia, y no me excluyo. Yo también, en el libro, le dedico un breve pasaje. Pero a mí en particular lo que me llama la atención es lo que dice, en forma peyorativa, luego de esa afirmación: eso de que la ciencia ficción argentina es, en realidad, una “sucursal del fantástico”, como si la incorporación de elementos fantásticos atenuara o alterara algún tipo de pureza genérica. Me parece una visión muy rígida y ortodoxa del género. Yo creo, por el contrario, que esa hibridez –que en efecto existe– le da una frescura muy especial a la ciencia ficción, como pasa en el llamado tupini punk brasileño, o en el cyberpunk latinoamericano, que en muchos casos mezcla elementos tecnológicos con elementos mágicos.

-No sólo comentás narrativa, también citás un poema de Leopoldo Marechal, “El poema de robot”. En tu pesquisa, ¿encontraste algo más de poesía relacionada con la ciencia ficción?

-Al poema de Marechal lo incorporé porque ya lo conocía y me pareció una pieza sintomática de varios modos de pensar al robot que todavía persisten, entre ellos ese que lo asimila a un “demonio” que algún día se va a rebelar contra la humanidad. Pero la verdad es que la poesía no estuvo en mi radar. La búsqueda estuvo acotada a la narrativa.

CG.jpg

Carlos Gardini.

-En tu libro dedicás algunas páginas, a modo de reivindicación si se quiere, a la obra de Carlos Gardini, especialmente al cuento “Primera línea”. ¿Crees que Gardini ha sido injustamente soslayado en la literatura nacional? No digo en el círculo de la ciencia ficción, más bien en el circuito de lectores, docentes y críticos de literatura argentina en general.

-Sí, yo creo que no le prestaron la atención que se merecía. Por eso quise hacerle un poco de justicia en el libro y detenerme en Primera línea, que es un relato inaugural en dos sentidos. Por un lado, constituye una manifestación avant la lettre del cyberpunk (movimiento cuyo punto de partida suele fecharse un poco más tarde, con Neuromante, de William Gibson). Por otro, es la primera representación de la Guerra de Malvinas, o una de las primeras, porque Fogwill escribe Los Pichiciegos con meses de diferencia. Así y todo, y pese a que el relato ganó un concurso de cuentos cuyo jurado estaba presidido entre otros por Borges, Gardini siguió escribiendo sin que la crítica lo tomara muy en serio. Es un caso singular el suyo. En Argentina no hay muchos escritores que hayan dedicado su obra completa a la ciencia ficción. Quizás por eso no lo tuvieron –ni lo tienen—muy en cuenta. La ciencia ficción todavía sigue siendo un género sobre el que orbita todo tipo de prejuicios.