Sábado 19 de Febrero de 2022
El título de apertura del diario de este sábado fue "Ludueña: un barrio en anarquía por una violencia desbocada". A las pocas horas de que le edición se fuera a imprenta la comisaría del barrio fue rociada a balazos.
Difícil encontrar una validación más expresiva de aquel título, ni una metáfora superadora de tal estado de disgregación en una zona urbana. El símbolo de la autoridad de un vecindario reventado a tiros es manifestación de desorganización y desamparo. La palabra anarquía parece exagerada. No lo es en una zona que habla a los balazos hace treinta años. Como no es arbitrario decir que Ludueña es la expresión de una comunidad que abandona a una parte de los suyos. Que lo hace hace décadas además como si fuera, decirlo es triste, parte de un plan. Basta asomarse a la geografía de Casilda y Solís donde está la comisaría 12ª. Una seccional refaccionada hace unos años rodeada de un rancherío inmenso aplastado por el polvo y la misería.
Hace tres años estuvo en Rosario Jorge Melguizo que fue secretario de Desarrollo Social de Medellín. La gestión que integró impulsó un modelo que enfrentó el delito con éxito urbanizando las zonas más pobres y dotándolas de servicios de la mejor calidad. Contó entonces que para decidir las intervenciones más urgentes en la ciudad cruzaron tres mapas: los territorios de mayor violencia, de mayor pobreza y de mayor cantidad de niños y niñas. De lo más rotundo de la nota de ayer de Ludueña era demostrar que en ese barrio la infancia está en riesgo extremo. Niños y adolescentes viven en una desventura que solo puede presagiar una violencia grosera y multiplicada. La que hiere de bala a chicos pero que también pone en sus manos para cobrar peaje a los que circulan y abrir fuego.
La política incapaz de trazar proyectos a largo plazo se empecina en juzgar todo con una mirada coyuntural. Ludueña es un gueto de miseria espantosa que se consolidó por esa imposibilidad de las distintas gestiones de formular una política que rescate a habitantes que hace décadas viven como en un destierro urbano. El delito precario es un gran asignador de los recursos que la economía niega. Lo más negador es no tener una planificación materialmente solvente, seria y que atraviese las administraciones en un territorio que tiene vastas zonas de desastre.
Barrio Ludueña es un espacio heterogéneo que de modo impreciso puede delimitarse entre las calles Córdoba, San Nicolás, Alberdi, Junín, las vías del ferrocarril Mitre y Solís. Alterna edificaciones bajas de sectores medios con una vasta e irregular faja de indigencia. Hace más de veinte años este diario compila crónicas de hechos de impacto ocurridos allí. El asesinato de Carla Palma en 2003 en su moto en la calle Sucre. La balacera entre grupos que en 2012 le costo la vida a la voluntaria de comedores Mercedes Delgado. El robo que terminó en la muerte de Trinche Carlovich en Eva Perón y Paraná hace dos años. Todos sucesos marcados por movimientos de actores que nacieron y crecieron en la zona más castigada del barrio.
Como refiere la nota de Damián Schwarzstein parecemos tristemente encapsulados en una eterna reiteración. La violencia en Ludueña es una endurecida rutina circular. El 10 de agosto de 2020 dos familias se enfrentaron a tiros al frente de la misma comisaría que este sábado fue baleada. La naturalización de estas cosas produce la lógica del gueto donde las políticas estatales no juegan ningún rol para rescatar a personas castigadas hace mucho tiempo por la falta de trabajo y la violencia. Una muy incipiente experiencia entre distintas agencias estatales (municipio, provincia, fiscales) para intervenir en Ludueña se dejó de lado en mayo de 2019.
Si la tragedia de Ludueña se mantiene idéntica a sí misma a lo largo de las décadas es porque le ocurre, como dice el sociólogo Loic Wacqant, a los condenados de la ciudad. A una comunidad de personas cada vez más frágiles que no tienen voz ni fuerza para torcer lo que en un distrito más acomodado jamás pasaría. Y una evidencia del estado de anestesia de las administraciones es no mover nada cuando los que están hundidos en este infortunio que combina peligro y carencia son los niños y adolescentes. Se habla de Ludueña pero la realidad traspasa los bordes de un barrio. También balearon este sábado la subcomisaría 24ª que está pegada a la zona.
Es importante que la representación política y las fuerzas comunitarias se despabilen frente a este drama que no tiene por qué ser perpetuo. Con voluntad política se puede torcer. Medellín es por su violencia incomparable con Rosario pero con acciones políticas, sin idealismos, se pudo pacificar. "En Medellín teníamos cifras desastrosas. Pasamos de 382 muertes violentas por cada 100 mil habitantes en 1991 a 22 muertes violentas por cada 100 mil habitantes en 2017. ¿Cómo bajamos esas cifras monstruosas? Con un enfoque diferente de seguridad. Poniendo los mayores énfasis en los territorios de mayor pobreza, de mayor violencia y de mayor demografía. Con fuertes inversiones en proyectos sociales, educativos y culturales. Con sustentabilidad en el tiempo de los proyectos, a pesar de los cambios de gobierno", dijo Melguizo.
Los planes pasaron por proyectos de vivienda, mejoramiento ambiental, complejos culturales, los mejores colegios públicos y el mejor transporte para los sectores más olvidados. Lo central fue la participación comunitaria como garantía de esos cambios. Es un trabajo durísimo, con retrocesos y lleno de obstáculos. Pero tuvo continuidad durante quince años. Lo que no elimina la violencia pero sí matiza la sordidez de una segregación tan elocuente. La que uno palpa, respira y traga cuando mira el paisaje frente a la comisaría ayer acribillada a balazos.
Melguizo aludió esa vez a lo corrosivo de los contrastes urbanos. “En Medellín hay más pobres que en Buenos Aires y nuestros pobres son sin duda más pobres. Pero en Medellín no veo la miseria física, social y humana que veo en las villas de Buenos Aires. Y de algunas zonas de Rosario diría lo mismo". Este sábado en La Nación la escritora chilena Isabel Allende fue por una zona complementaria a cerrar la idea. “La desigualdad, más que la pobreza, produce una ira que crece”. Desigualdad y miseria que en Ludueña, como en otras zonas de la ciudad, no se mueven de lugar. La política responsable y alejada de vilezas menores habrá de hacerlo.
