Miércoles 22 de Junio de 2022
Lo mejor que le pudo pasar a Central en estos momentos de arenas movedizas es la contratación de Carlos Tevez. Con la llegada del Apache, la dirigencia canalla se sacó la venda de los ojos que tenía puesta luego de los ciclos infructuosos del Kily González y Leandro Somoza. Con cualquier otro entrenador de los que se venía hablando, la historia se hubiera escrito con los mismos renglones de frustración. Porque ni con Vitamina Sánchez, Leo Fernández o Pablo Lavallén, por citar algunos de los que fueron contactados, Central no hubiera tenido la oportunidad de sumar refuerzos como sí lo hará con Tevez y gracias a la mano salvadora del empresario futbolístico Christian Bragarnik.
Se saluda que Central haya tomado la decisión de inclinarse por el proyecto de Tevez en todo sentido y con el alcance planetario que su figura convoca. Era lo único que le quedaba al club, porque la única manera de mejorar a este equipo desahuciado es con nuevas caras y renovadas ilusiones. Si de algo puede estar seguro Central es que si seguía por el camino del endeudamiento y el de no dejarse ayudar, el final tenía un destino parecido al que vivió en la etapa nefasta de Horacio Usandizaga como presidente. Y en esto mucho tuvo que ver la gestión que defendió a capa y espada con sus pares de comisión directiva Ricardo Carloni, quien hoy es el presidente en ejercicio por la licencia médica de Rodolfo Di Pollina. Carloni vivió la etapa de grandes campañas con Eduardo Coudet como DT y de cierta estabilidad con Diego Cocca, ambos entrenadores también pertenecientes en ese momento a la escudería de Bragarnik. Todos aquellos socios o hinchas de Central que hoy ponen el grito en el cielo por la llegada de Bragarnik son los mismos que llenaban las canchas y alentaban a rabiar a los equipos formados por Coudet, el DT que los había acostumbrado a jugar finales. Y vaya paradoja. Esos equipos estuvieron integrados por jugadores que llegaron al club acercados por Bragarnik, un empresario que entendió como nadie que el fútbol nunca dejará de ser un juego, aunque ahora también es un gran negocio. Lo es en River, en Boca, en Newell’s, en Central, y en cualquier equipo de un país recóndito del Globo Terráqueo. Todos aquellos que piensan que el fútbol es una Sociedad de Fomento o una caja PAN atrasan 60 años. Y esta aseveración no tiene nada que con la pasión que despiertan los clubes ni con la irrupción de las sociedades anónimas como quieren hacer creer esa legión de oportunistas que se multiplican como hormigas. No entienden o no quieren entender. Toman el atajo de caer en el facilismo de practicar el deporte de la crítica permanente y no ven que Tevez llegó a Central sólo para iniciar su carrera de entrenador. No viene a quedarse con el club ni a engordar su fortuna. No lo necesita ni está en su génesis.
Tampoco Central hipotecará al club con la llega de Carlitos porque no tiene nada para hipotecar. Es más, si Tevez quisiera hasta podría comprar al club con el dinero que ganó a lo largo de su carrera. Cuando el Apache se reunió con Carloni y Gordillo, el director deportivo, para empezar a sellar el acuerdo, lo primero que les dijo fue lo siguiente: “Central es pasional como Boca y a mí me gustan los equipos que son pueblo”. Y una de las cuestiones de las que insistió con los directivos fue utilizar el tiempo muerto de los jugadores para que concurran a hospitales, merenderos y villas, como las que él nació en Fuerte Apache, y así que establezcan un vínculo indeleble con chicos sumergidos en la más extrema pobreza.
El desafío de Tevez será armar un buen equipo para intentar emparentar su trayectoria como técnico con la magistral que tuvo como jugador. Pero también buscará dejar una huella con acciones sociales. Tendrá presencia en lugares en los que siempre le resultaron familiares. El rol de sus hermanos Diego, Miguel y Ariel, quienes formarán parte del cuerpo técnico, será clave en la conexión con ese mundo marginal que tanto conoce Carlitos. Es que Tevez no necesita ni vino a hacer política a Central. Porque él representa al pueblo y el soberano siempre tiene razón.