Domingo 18 de Junio de 2023
“Las relaciones con China han sido de las más estables que haya tenido la diplomacia argentina”, asegura Francisco Taiana, autor del libro “Argentina, China y el mundo (1945-2022) en la que explora la historia de la relación entre ambos países. El historiador y sinólogo, egresado de la Universidad Torcuato Di Tella y con títulos de Maestría en las universidades de Oxford y Pekin, presentó en Rosario su segundo libro, luego de siete años de investigación. En diálogo con La Capital, describe las complejidades del gigante asiático, sitúa las relaciones entre ambos países dentro del contexto internacional y destaca las oportunidades que brinda esta cooperación.
En los últimos años, y más en estos días, la relación entre Argentina y China adquirió centralidad y los debates asociados ganaron intensidad. ¿Cómo fue en estos 50 años de relaciones diplomáticas?
El medio siglo transcurrido, desde 1972 en adelante, fue muy tumultuoso para la diplomacia argentina. Pasamos por varios gobiernos y sistemas de gobierno. Sin embargo, las relaciones con Beijing han sido las más estables que haya tenido la República Argentina. Incluso podemos remontarnos a una fecha bastante anterior, en 1945, cuando se establece una relación diplomática formal con el gobierno del kuomintang. En ese momento se termina de conformar el sistema internacional en el que vivimos actualmente. El origen de las relaciones sino-argentinas no es una cuestión de afinidad ideológica, política o de personalidades. Es el propio sistema internacional estructurado en esa época el que le da sentido a esa relación de socios no tradicionales, que multipliquen sus posibilidades diplomáticas y les den mayor margen de maniobra global. Rápidamente la situación se complejiza porque en 1949 se funda la República Popular China. El esquema bipolar de la guerra fría inicialmente impedía al gobierno argentino establecer relaciones normalizadas, aunque existieron contactos indirectos. Irónicamente, va a ser un gobierno militar, como el de Lanusse, el que finalmente establezca relaciones, en el marco de la aproximación sino-estadounidense. Las condiciones estructurales se terminan imponiendo sobre la contingencia.
¿Con qué parámetros hay que analizar a China?
China es un país muy complejo. Son 1.400 millones de personas, 34 divisiones territoriales, 56 nacionalidades, y gobernado por un partido, el PC chino, que tiene 93 millones de miembros. Hay muchos intereses. Pero más allá de esa complejidad, es un país comprensible. Hay un nivel alto de centralización en la política a gran escala y cierta manera de hacer las cosas. Es importante tratar de entender a China en sus propios términos. Es una civilización en sí misma, que se contempla como teniendo un rol especial en la constelación de naciones. Su historia contemporánea es una gran odisea por buscar un modelo de modernidad industrial aplicable y adaptable a su realidad. Y esos proyectos son vistos como un imperativo existencial. Los primeros encuentros con la modernidad industrial fueron muy traumáticos. Las guerras del Opio, las dos guerras con Japón, la disolución del sistema imperial, sus conflictos internos. China es el segundo país con la mayor cantidad de muertos en la Segunda Guerra Mundial. Y conformó un gobierno cuya legitimidad de origen es una revolución antiimperialista, lo que la distingue de la bolchevique, que era anticapitalista.
¿Qué implicancia tiene esta característica?
La legitimidad del partido es justamente fortalecer el país para asegurar su supervivencia. En una civilización en la que siempre hubo una inmensa centralidad del Estado, se le agregó a ese marco confuciano un sistema marxista leninista particular que, sin caer en esencialismos, tenía una compatibilidad alta con sus formas tradicionales organizativas. Y el resultado es un país que ve el desarrollo o y el avance tecnológico no como finalidades sino como imperativos para asegurar su existencia.
Los liderazgos marcan distintas eras en China ¿Qué caracteriza a esta etapa?
Sin entrar demasiado en la dialéctica hegeliana, diría que el rol histórico de Xi Jinping es de síntesis. Por un lado intentó sintetizar las contradicciones entre la modernización económica acelerada con el origen de la revolución como salvaguarda de China como nación, Estado y civilización. Y lo hizo a través de inscribir la historia de la República Popular como un interacción más en los grandes ciclos dinásticos de China. Como una etapa superadora de una tradición milenaria que, lejos de ser rechazada, es celebrada.
¿China es para Argentina una oportunidad o una amenaza?
Pese a que el objetivo de las autoridades chinas es convertirse en 2049 - centenario de la República Popular- en un país del primer mundo, China se considera todavía miembro del sur global, del mundo de países en desarrollo, y se muestra orgulloso de eso. En eso hay un legado diplomático común con Argentina. El apoyo mutuo y recíproco en el reclamo argentino sobre Malvinas y la reunificación pacífica de China es un pilar de la relación. Para la Argentina no representa ninguna amenaza. Es un país inmensamente poderoso pero con una capacidad de proyección de fuerza más limitada. Y estando en las antípodas geográficas, no veo en qué sentido podría ser una amenaza. Por varios motivos, como la compatibilidad económica, la cooperación científica, la tradición diplomática similar, los proyectos en común, el ascenso de China es una gran oportunidad.
¿No pone en tensión la relación con Estados Unidos?
La guerra fría fue un fenómeno muy particular, que desafió los enfrentamientos estratégicos tradicionales. No es la situación actual. No estamos en competencia de valores universalistas por una hegemonía global. Estamos viendo entre Washington y Beijing una competencia entre grandes potencias, que viene a ser la historia del mundo, desde Roma y Cartago. Con sus riesgos, por supuesto. Pero lo que estamos viendo es un mundo multipolar, en el que también hay que prestar atención a la India, que esta década será la tercera economía más grande del mundo. La UE sigue siendo un actor destacado. Hay potencias medianas, como Turquía, Indonesia y Vietnam. En el mundo hay una multiplicación de actores de peso. Y eso beneficia bastante a los intereses de Argentina, que aunque hoy tiene una coyuntura realmente dura, estructuralmente está entrando en una senda que va a marcar un siglo XXI mejor que el siglo XX. En ese sentido es importante tener una caracterización más objetiva de lo que tiene nuestro país para ofrecer al mundo y tomar decisiones maduras y consensuadas para definir cómo se insertará. El ecosistema geopolítico va a ser un lugar un poco más amigable para un país como el nuestro.
¿Cómo jugaron los distintos sectores económicos en la relación con China? Porque para algunos abre un gran mercado y para otros es una presión sobre el mercado interno
Hay una compatibilidad económica clara de ciertos sectores del país que pueden exportar. El sector manufacturero, por sus características, tiene cierta cautela en el nivel de intercambio. Igual, Argentina no es un país que pueda dejar de importar cosas. Las relaciones bilaterales no está necesariamente subordinado a esos intereses económicos. Distintos gobiernos tuvieron relaciones muy significativas con china. Los principales partidos de Argentina tienen diálogo interpartidario con el PC chino. Los chinos le dan mucha importancia a la diplomacia interpartidaria. Por otro lado, el desarrollo de China puede presentar oportunidades económicas a sectores que tradicionalmente no han cooperado tanto. Por ejemplo, el litio. Por otra parte, uno de los desafíos de China es el descenso de su escala demográfica. En el futuro va a tener menos gente. Eso lo pueden suplir con automatización o inteligencia artificial pero también cabe la posibilidad de que a futuro hagan más offshoring, instalando sus propias fábricas en otros países. Y Argentina, siendo un país con capacidad industrial instalada y con capacidad de integración regional en el Mercosur, es un buen candidato. En el terreno de las simplificaciones, algunos advierten que no hay que hacer como la generación del 80 y basar la economía en la exportación de materia prima. Más allá del balance complejo que hay que hacer de la generación del 80, lo importante es darse cuenta que no estamos en el siglo XIX. La realidad del sistema global cambió y con eso se transformaron las posibilidades.