Las mujeres católicas también quieren su revolución en la Iglesia
En buena parte del mundo cristiano las mujeres tienen la posibilidad de ocupar la mayoría de los roles pastorales y de gobierno. En contraste, la Iglesia católica solo acepta la ordenación de varones y, por tanto, impide a las mujeres ocupar los principales cargos institucionales. ¿Por qué ocurre esto?

Viernes 25 de Febrero de 2022

En las primeras décadas del siglo XX, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, los movimientos de mujeres comenzaron a hacerse oír en numerosos países europeos y americanos. Tras el esfuerzo bélico realizado, las mujeres exigieron igualdad civil y política. En ese contexto algunas iglesias protestantes permitieron la ordenación de diaconisas y pastoras. La tendencia se profundizó después de la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, aproximadamente la mitad de las denominaciones protestantes en los Estados Unidos ordenan mujeres en determinadas condiciones. De igual manera lo hacen la Iglesia Anglicana de Inglaterra y las iglesias luteranas en diferentes países europeos y americanos. En Argentina, la Federación de Iglesias Evangélicas, que agrupa a las llamadas iglesias protestantes históricas, cuenta con mujeres en todas sus líneas. Asimismo, muchas de las iglesias pentecostales que han crecido significativamente en las últimas décadas son animadas por pastoras.

En resumen, en buena parte del mundo cristiano actual las mujeres tienen la posibilidad de ocupar prácticamente todos los roles pastorales y de gobierno. En contraste, la Iglesia Católica, como las iglesias ortodoxas con sede en los países del este europeo, solo aceptan la ordenación de varones y por ende impiden a las mujeres ocupar los principales cargos institucionales. ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué tienen para decir las teologías feministas al respecto? ¿Existen argumentos teológicos para impedir la ordenación de mujeres? ¿Ha cambiado algo en la Iglesia Católica con la llegada de Francisco al papado en 2013?

La Iglesia Católica alemana patea el tablero

Desde 2020 se vienen desarrollando en Alemania una serie de reuniones entre obispos y laicos, el denominado “Camino Sinodal”, con el propósito de discutir cuestiones morales y revisar también los criterios de autoridad de la Iglesia, particularmente el rol del sacerdocio y el lugar de las mujeres. Si bien las reuniones no finalizaron y continuarán al menos hasta 2023, los católicos alemanes han mostrado firmeza a la hora de apoyar la ordenación de mujeres y de hombres casados, al menos en determinados contextos. También han propuesto un rol más activo de los laicos en la elección de los obispos. En conjunto, las tres propuestas suponen un cambio sustancial en los principios de autoridad al interior de la Iglesia Católica.

El papa Francisco, que apoya una mayor “sinodalidad” en la Iglesia, es decir, la realización de reuniones y debates entre obispos y laicos, se hizo eco de las preocupaciones de los católicos alemanes pero, al mismo tiempo, intentó poner paños fríos recordando el peligro de perder la unidad. Además, subrayó que muchas de las cuestiones que intenta discutir la Iglesia alemana son propias de la iglesia universal y no de una iglesia en particular. Mientras la Conferencia Episcopal alemana está integrada por unos setenta obispos, la Iglesia Católica cuenta en su totalidad con más de cinco mil. Los católicos alemanes, por su parte, responden con los números en la mano: en 1950, Alemania contaba con cuarenta millones de católicos, en la actualidad apenas superan los veinte.

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Esta imagen corresponde a la Iglesia sueca, donde las pastoras son más que los pastores.

El debate sobre la ordenación femenina

En los últimos años, diferentes historiadores e historiadoras han destacado el papel de las mujeres en los primeros tiempos del cristianismo y han puesto en discusión lo que consideran lecturas “patriarcales” y sesgadas sobre el cristianismo primitivo. Entre ellos se cuenta la historiadora británica Ally Kateusz. Sus investigaciones sugieren que en las primeras representaciones artísticas cristianas se incluye a mujeres en el altar y en calidad de sacerdotisas. Por su parte, desde diferentes escuelas bíblicas y teológicas feministas se suele recordar el rol clave de María Magdalena. No solo es la primera en constatar la resurrección, al visitar la tumba de Jesús, sino que es la primera también en comunicar la noticia al resto de los discípulos. Algo que es subrayado por los cuatro evangelistas del canon oficial. De igual manera recuerdan que Pablo señala en su carta a los Gálatas que tras la venida de Jesús ya “no hay judío, ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3: 28). Uno de los pasajes sin dudas más subversivos y radicales del Nuevo Testamento. En sintonía con esta lectura de Pablo, tras el Concilio Vaticano II, la Comisión Pontificia Bíblica determinó en 1976 que no había ninguna razón en las sagradas escrituras para prohibir la ordenación de mujeres. Un año antes, el Sínodo de Würzburg en Alemania había solicitado a Roma el ingreso de las mujeres al diaconado recordando que en la Biblia se menciona la labor de mujeres diaconisas y se destaca la tarea pastoral de algunas de ellas como Febe o Priscila. Más recientemente, quienes apoyan la ordenación de mujeres mencionan también que, en tiempos de la Guerra Fría, en los años setenta del siglo XX, en la Checoslovaquia comunista llegaron a ordenarse mujeres sacerdotisas.

En la vereda de enfrente, los sectores conservadores y tradicionalistas suelen evitar referirse a María Magdalena y centran su atención fundamentalmente en la carta de Pablo a Timoteo, donde señala que las mujeres deben mantenerse en silencio y obedecer. El sentido de la misiva, sin embargo, es motivo de fuertes controversias. Si bien para muchos analistas es efectivamente un argumento contundente en contra de la ordenación femenina, para otros se trata de una intervención puntual de Pablo, dirigida específicamente a los cristianos de Éfeso y, por ende, orientada a resolver una querella concreta y no establecer una ley general.

Más allá del debate, Juan Pablo II dio por cerrada la discusión en 1994 con la promulgación de un documento sobre el tema en el que concluye que "la ordenación sacerdotal [...] ha sido “reservada siempre en la Iglesia Católica exclusivamente a los hombres”. La postura de Juan Pablo II fue ratificada luego por Benedicto XVI y más recientemente, aunque con ciertas ambivalencias, por Francisco.

Francisco y un equilibrio difícil

Desde su llegada al papado, Bergoglio ha impulsado reformas importantes en diferentes planos que han logrado reposicionar con éxito política y socialmente al catolicismo. De hecho, hoy en día Francisco es reconocido como un referente por quienes denuncian los creciente niveles de desigualdad generados por la economía de libre mercado en diferentes partes del mundo.

Sin embargo, en lo referido al lugar de las mujeres en la Iglesia sus pasos han sido dubitativos, más cautos y, qué duda cabe, más moderados que en otros aspectos. En los primeros años de su pontificado pareció alentar una postura tendiente a revisar la posición intransigente de Juan Pablo II y despertó expectativas. En 2015 puso punto final al conflicto que el Vaticano mantenía con la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas en Estados Unidos, bajo investigación desde 2009, en tiempos de Benedicto XVI, y en 2016 elevó por decreto la memoria de María Magdalena a la categoría de fiesta universal. Ese mismo año alentó la conformación de una comisión destinada a estudiar la ordenación de mujeres como diaconisas, el paso previo al sacerdocio pleno. Sin embargo, ante la falta de consensos, en 2020 volvió a conformarla con el mismo propósito aunque en un marco ya menos auspicioso. De hecho, al margen de la nueva convocatoria, en una de sus conferencias de prensa informales, Francisco consideró que la discusión se encontraba, en realidad, cerrada tras el documento de 1994 de Juan Pablo II.

El debate obviamente sigue abierto. Entre otras cosas porque, como señala la hermana benedictina Philippa Rath, integrante de la Vía Sinodal de la Iglesia alemana, se trata de un clamor que se escucha en todo el orbe católico. Francisco lo sabe, e independientemente de su propia posición, maniobra para evitar rupturas y enfrentamientos mayores. Por un lado, muestra firmeza en su negativa a la ordenación, apoyándose en Juan Pablo II. Por otro, en paralelo, busca avanzar en lo que no signifique un conflicto frontal. Por ejemplo, recientemente modificó el derecho canónico para otorgar a las mujeres el derecho de colaborar en las celebraciones religiosas y leer pasajes de la Biblia durante las misas, actividades que en realidad ya eran realizadas habitualmente por mujeres aunque sin un aval normativo. Asimismo, intentando mantenerse en el centro del ring, Francisco suele hablar de la necesidad de avanzar en una “nueva teología” que dé más protagonismo a las mujeres porque si bien la “puerta de la ordenación está cerrada [...] la Virgen María es más importante que los apóstoles y que los obispos y que los diáconos y los sacerdotes [...] Esto es lo que debemos tratar de explicitar mejor. Creo que falta una explicación teológica sobre esto”. Finalmente, ha tenido gestos políticos concretos de peso como el nombramiento de la teóloga argentina Emilce Cuda en la Pontificia Comisión para América Latina. Una apuesta que apunta a reforzar precisamente la presencia femenina en lugares importantes.

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Esta foto corresponde a la Iglesia británica.

El vaso medio lleno o medio vacío

Los gestos y las acciones de Francisco no son menores a la luz de la historia de la Iglesia pero lo cierto es que, al menos en vistas de lo que está ocurriendo en el catolicismo, difícilmente resulten suficientes. En sintonía con los cambios que han vivido nuestras sociedades en las últimas décadas, son muchas las mujeres católicas que ya no quieren que la Iglesia hable “por” o “de” ellas sino que escuche las palabras de Pablo y traduzca en términos de autoridad la igualdad pregonada por Jesús. Además, la realidad sociológica de la institución presiona fuertemente en esa dirección: más del sesenta por ciento de sus miembros son mujeres.

Francisco, que ha sabido moverse con destreza tras el objetivo de fortalecer política y geopolíticamente al catolicismo, no ha mostrado la misma habilidad a la hora resolver la demanda creciente de las mujeres católicas. Se trata de un hueso sin dudas muy difícil de roer y para el cual, probablemente, no cuenta con un balance de fuerzas favorable en Roma. También es cierto que se trata de una causa con la que Francisco no sintoniza del todo. Más allá de su flexibilidad y pragmatismo, no deja de ser un hombre de 86 años, fuertemente influido por el catolicismo social europeo y la teología del pueblo latinoamericana. Un universo ideológico en el que la agenda de género no ocupó nunca un lugar relevante. No debe sorprender, por tanto, que se sienta mucho más cómodo vinculando al catolicismo con las demandas sociales de los trabajadores, las clases populares o los excluidos que con la de las mujeres en tanto tales.

En el futuro, si el impulso reformista continúa tras su muerte, o llegado el caso su renuncia, la ordenación femenina volverá seguramente a animar el debate en la Iglesia, tal vez, con mejor suerte.