Martes 31 de Mayo de 2022
Entre el 27 y el 30 de mayo de 1982 se libró la más encarnizada de las batallas durante la guerra de Malvinas. Fue entre Pradera del Ganso y Puerto Darwin, en el lado este del istmo que une la parte norte de la isla Soledad con la parte sur, a unos noventa kilómetros de Puerto Argentino/Stanley. Había pasado un mes de los primeros ataques aéreos. La tensión de la espera era alta. Las tropas argentinas apostadas en la zona habían minado toda la zona y corrido a la población rural local a una iglesia. Lo hicieron porque por las noches los kelpers saboteaban soltando vacas para que pisaran los campos y detonaran explosiones. Zonas que debían ser protegidas para evitar el avance del ejército británico si lograban el desembarco.
Mayo fue el mes en que la guerra se convirtió en algo real, en el insondable abismo de soledad, locura y miedo que llega al corazón del mundo. El primer día del mes en Darwin, un día sin viento, del aire diáfano y soleado se vio surgir a los aviones volando muy bajo, a unos 50 metros del piso. El bombardeo empezó muy rápido. Guillermo Huircapán, un soldado de 19 años, pensó al advertirlos que estaba viendo una película en primera fila. Hasta que comenzaron las explosiones. Y en la sorpresa la artillería que esperaba no atinó a nada. Un soldado finalmente salió del letargo, disparó con una antiaérea y bajó a uno de los Harrier. Desde el suelo vieron al piloto que se eyectó pero cayó muerto.
"Recién ahí nos dimos cuenta de que la cosa era en serio, de que no estábamos de picnic, de que nos podía tocar a nosotros en cualquier momento", dijo Huircapán, chubutense de Puerto Madryn. En ese primer ataque murieron efectivos de la Fuerza Aérea porque una de las bombas justo dio en una carpa donde estaban reunidos. Fue la primera noción de lo que estaba en juego. "Hasta ese momento no sabíamos si íbamos a combatir. Pero después de ver el fuego, los heridos, los muertos, sabíamos que entrábamos en guerra", dijo Guillermo Aliaga, subteniente, cordobés, de 24 años.
Todo iba creciendo en ese mayo. Las tropas en Darwin no tenían mucha información. Unos soldados que colocaban minas y tenían una radio eran como un noticiero para el resto del regimiento. Uno de ellos, Adrián Bravo, prefería no contar lo que oía para no desmoralizar a sus compañeros. Por una radio uruguaya el 2 de mayo se enteraron del hundimiento del Belgrano. Optaron por no decirle nada a nadie.
Y en el medio de los primeros bombardeos, el parpadeo de la incertidumbre, el miedo y los fantasmas del porvenir inminente. El bombardeo naval de las fragatas que tiraban con cañones de 105 milímetros haciendo cráteres de un metro producía un ruido ensordecedor. Los soldados quietos, en una espera desnuda en los pozos de zorro, sin poderse mover, con el sonido infernal de los bombazos batiendo el suelo y levantando pedazos de tierra. En Malvinas en otoño a las cuatro de la tarde empieza la noche. El chirrido de los cohetes sonando como un jet bañaba las formaciones en tierra. Los soldados sabían que cuando ese rugido de los proyectiles lanzando chispas en lo oscuro se transforma en silbido es porque van derecho a las posiciones de los que esperan.
Tras un mes de ese aislamiento, en esa ansiedad psicológica, con los bombardeos de los buques la pregunta a veces pronunciada, a veces latente, apunta al momento del desembarco. El 15 y el 18 de mayo había exploraciones de terreno de helicópteros británicos en el estrecho de San Carlos para buscar brechas de ingreso. En la mañana del 21 estaban desembarcando. La misma noche empezaron los disparos con nidos de ametralladora, que desde las posiciones argentinas se recibían a la misma altura de donde estaban emplazados, vale decir, con el enemigo ya en tierra. Hasta que el 24 de mayo el Comando de Puerto Argentino dio la orden de operaciones al comandante del Regimiento 12 para reforzar el dispositivo de defensa entre Darwin y Ganso Verde.
En cruda desventaja
El comandante Italo Piaggi acata la orden pese a saber que era incomprensible e inaceptable desde el punto de vista táctico por la total escasez de medios de combate frente a un enemigo mucho más poderoso que ya había puesto su pie en tierra. Las consecuencias de la orden fueron funestas. Se amplió una zona de cobertura de trece a cuarenta y tres kilómetros sin logística ni recursos para resistir. Las tropas quedan frente a una ondulación, mirando el mar, a espaldas de campos minados, por lo que si había que replegarse deberían pasar por encima de las bombas. El cableado telefónico era precario y al adelantarse las secciones quedaban desconectadas por lo que cada fracción debía correr dos kilómetros para comunicarse con el puesto del comando.
Con esa disminuida capacidad de interpretar lo que pasaba y de recibir suministros enfrentar a un adversario suponía remotas opciones de prevalecer. Lo que iba a producirse era una lucha cuerpo a cuerpo, en la oscuridad, con un frío que reducía la capacidad de movimiento, en una desventaja de medios notoria.
Así se armó el combate. Con los ingleses avanzando desde San Carlos, el Regimiento 12 cubría el norte y el Regimiento 8 el sur del dispositivo de defensa Darwin/Ganso Verde. Había claros importantes desde el este y el oeste de la primera línea y el Batallón Segundo de Paracaidistas, el 2Parac , aprovecharía bien ese flanco. El 27 a las dos de la tarde los británicos que avanzaban en columnas compactas atacaron desde el norte. Muy rápido anocheció en medio de la tarde y empezaron los ruidos de disparos, de bombas, de morteros, de misiles guiados por cable. Al amanecer los ingleses ya se habían acercado. Los soldados de la primera línea de combate del Regimiento 12 los avistaron a 200 metros. Esteban Bustamante, soldado chaqueño, de 20 años, recuerda lo infernal del momento tan esperado y tan temido, cuando brota el duelo de artillería de los dos lados.
En ese lugar del frente eran cuatro hombres en el pozo de zorro que recibían fuego de ametralladoras y lo replicaban. Bustamante se ve a sí mismo cuerpo a tierra con un soldado de apellido Mendoza que al lado suyo busca poner una chapa como parapeto para protegerse y el momento en que, un instante después, lo agarran tres ráfagas. Bustamante lo quiere ayudar, lo tira de la chaquetilla para su lado y el soldado cae muerto encima suyo. Le arranca el FAL de sus manos al muerto y sigue tirando. Pero los británicos siguen avanzando hasta que los escucha encima suyo y los ve apuntándole a la cabeza. El campo, dice Bustamante, estaba lleno de heridos moviéndose lentamente, de muertos, un paisaje de masacre.
Gustavo Pedemonte, un subteniente de 24 años, también en primera línea avista cómo los ingleses se vienen en patrullas de siete, agazapados, a cuarenta metros de su posición. En un momento de esa visión fantasmal advierte a un soldado enemigo asomarse al pozo donde él está. Desde el pozo le disparan en el acto y el inglés cae al pie del agujero. Los tres soldados se quedan duros mirándolo en su inmovilidad y a cada rato por miedo a que se levante le tiran de nuevo. En un tiempo que no sabe describir una granada cae en el pozo que se ilumina con una luz amarilla. La onda expansiva le saca medio cuerpo afuera y hiere mortalmente a sus dos compañeros.
Aturdido, baleado en una pierna, Pedemonte no sabe qué hacer, no tiene cómo asistir a sus compañeros y tampoco puede seguir combatiendo porque los británicos ya ocuparon la zona. Sale de su posición, se arrastra 40 metros y ve a otro soldado del 12 que le devuelve la mirada en el fuego cruzado, se pone a gatear detrás suyo y nota aterrado que de repente el combatiente se frena. Con las ráfagas pasando a un metro del piso Pedemonte lo alcanza, le habla para que sigan, le hace girar la cabeza y registra que tiene un tiro a la altura del cuello y otro en la espalda. Pide auxilio a una fracción a cincuenta metros pero desde allí no le contestan para no ponerse al descubierto en el medio de un fuego de metralla que no cesa un instante. Aun así se desplaza como una oruga hasta el puesto de socorro. Pedemonte llega viendo heridos, gente gritando, artilleros que hace minutos tiraban y ya no se mueven, un terreno donde lo que se ve se incendia.
En el campo de combate todo parece ficcional y el tiempo se descompone. En esa primera ofensiva la compañía A del Regimiento 12 pierde la mitad de sus hombres. Además de las bajas hay soldados moralmente quebrados, extraviados sin armamento, dispersos o replegados hacia Darwin. El combate se había convertido en luchas individuales de un pozo a otro, cada hombre con su enemigo individual, tratando de sobrevivir, matándolo.
Pero no hay pausa y la guerra sigue. Una sección retrasada del Regimiento 25 recibe la orden de unirse al 12 a las 7 de la mañana del 28. Sus hombres caminan en silencio 2.500 metros por una pradera plana cuando ven movimiento de soldados a 700 metros hacia el lado del mar. En la oscuridad no tienen posibilidad de verificar si son tropas propias o inglesas. Pero del lado británico tienen miras infrarrojas, por eso se escucha un tiroteo y la lucha se reanuda. El soldado Huircapán está allí y recuerda que el duelo de la artillería es tremendo, con los dos frentes sacudiendo plomo, los ingleses queriendo avanzar sin conseguirlo, pero siempre con la iniciativa.
La disparidad del combate es abrumadora, la sección recién llegada resiste así y todo, pero la presión del fuego británico no da tregua. Se produce un desbande, Huircapan retrocede con dos compañeros y advierte a tres ingleses aproximándose. En eso se les traba la única ametralladora que tienen.
Lo que relata es una escena de película. Los ingleses que avanzan en la lluvia, con una niebla muy baja, no los ven a ellos pero caminan a paso vivo contra la trinchera de tres correntinos que están de espaldas resistiendo y no pueden divisar el creciente peligro. Huircapan se desespera, intenta despegar en estado de locura el culote de la munición pegado al percutor que impide que funcione la ametralladora, que se destraba cuando los correntinos están ya ubicados como blanco. Ametrallan entonces a los tres ingleses y matan a dos.
En eso un morterazo explota al lado de la trinchera. Huircapan queda herido en la espalda y la cabeza, nota la sangre goteándole por la cara pero no tiene dolor. Los ingleses tiran bombas de humo de colores y en ese luminoso paisaje de muertos, de confusión, siente que todo es irreal. Escucha a sus compañeros que empiezan a rendirse porque ya no tienen municiones. Había pasado más de un día. Se esconde detrás de unos matorrales rodeados por británicos. Tiene al lado tres heridos graves alcanzados por fuego de metrallas. Uno de ellos delira con un tiro en la columna. Dice que tiene mucho frío, grita toda la noche hasta que en un momento ya no se lo oye.
El frente británico
¿Y cómo se siente todo desde el otro lado? Un joven inglés de ascendencia polaca de 23 años es parte del 2Parac, la brigada de paracaidistas que se lanzó a la entrada de Darwin para asegurar esa playa y comenzar la reconquista. Lo que experimentó en esos últimos días de mayo de hace 40 años le cambia la vida para siempre. De su lado también vio perder la vida a sus compañeros sobre la turba incendiada y toda su existencia se desbarata. Se lo cuenta al periodista argentino Miguel Bonasso en una entrevista. Se llama Ken Lukowiak. Era aficionado a la poesía.
-Nunca pensé al notar la resistencia inicial que podíamos ganar -le dice Lukowiak a Bonasso-. ¿Tenían los argentinos posibilidades de imponerse? Vamos, creíamos que todas las posibilidades, dominaban las posiciones desde una ondulación del terreno y tenían una vocación de lucha admirable. Pero al final del combate cuando nos acercamos no podíamos creernos la falta de medios de combate, de vestimenta adecuada, y sobre todo la edad de esos chicos que no eran profesionales.
Parte de la tremenda impresión que le produjo ese final de mayo en Malvinas en un poemario recogido en un libro que se publicó por primera vez en 1989. Se llama La canción del soldado. El que sigue es uno de los textos de ese volumen.
Querida Madre que estás en los cielos...
Seguimos avanzando. Al cabo de un rato llegamos a una posición de trincheras argentinas que habían sido tomadas por otra compañía de nuestro batallón.
Ya no eran maniquíes... solo hombres muertos.
Uno de los muertos se movió. Bill y yo nos acercamos a él, nos pusimos de rodillas y lo colocamos de espaldas. Lo habían herido en el lado derecho de la cabeza, justo encima del ojo.
Conozco una canción que dice que el lado izquierdo del cerebro controla el derecho. Ese muchacho tenía el lado derecho del cerebro desparramado por la cara. Cuando lo miré, su ojo derecho se enfocó en mí. Yo no supe qué hacer –su causa parecía tan perdida–, y Bill le quitó el casco en busca de morfina.
Nuestros cascos estaban forrados con poliestireno blanco. En el cual se nos había dicho que hiciéramos un hueco y metiéramos nuestra jeringa con morfina. Mientras con toda cautela yo intentaba empujar trozos de cerebro en el agujero de donde provenían, por el rabillo del ojo vi el forro del casco de mi amigo.
Un retroceso en el tiempo...
Yo era de nuevo un chiquillo de alrededor de siete años. Recuerdo que nuestra sala tuvo una época un cielo raso de placas de poliestireno. Cierta noche, cuando mis padres estaban ausentes, encontré un tubo de cartón en el que había venido empaquetado el linóleo de nuestra cocina nueva, y me puse a golpear el extremo del tubo contra el poliestireno blanco. Al hacerlo, dejé una muesca circular en cada una de las placas. Cuando mis padres volvieron, muy pronto descubrieron mi travesura y me castigaron.
Jamás sabré si nuestros intentos por salvar al muchacho fueron o no en vano. Pronto habría de morir. Un sargento se acercó y nos ordenó que nos apartáramos. Levantó su ametralladora y disparó una ráfaga de proyectiles contra la espalda del muchacho, cuyo cuerpo se estremeció con el impacto de cada una de las balas.
Yo no sentí nada, seguimos adelante.
Muy seguido pienso en la muerte del muchacho con la herida en la cabeza. En la actualidad, a veces imagino que pego un salto y le arranco el arma al sargento. Imagino que levanto al muchacho y lo llevo alzado al puesto de primeros auxilios. Fantaseo que hoy todavía respira. Gracias a mí.
Algunos días después de la finalización de la lucha, en las primeras horas de la madrugada estaba sentado, borracho, con un mayor, en un cuarto de Puerto Stanley. Le conté al mayor la muerte del muchacho con la herida en la cabeza y la manera en que había perdido la vida, aunque por alguna extraña razón le dije que fui yo el que le había disparado.
La noche de mi regreso a Inglaterra, de nuevo estaba, en la madrugada, sentado, borracho, en una habitación, pero en esta ocasión con mi hermana. Le repetí la historia de la muerte del muchacho con la herida en la cabeza y de nuevo aseguré que yo le había disparado.
No sé por qué dije esa mentira. He buceado en mi interior muchas veces tratando de comprenderlo, y lo hago una vez más ahora, cuando escribo estas palabras.
Es posible que, después de todo, el sargento haya hecho lo correcto al evitarle sufrimientos a ese muchacho. No lo sé. Pero sí sé una cosa, y por favor escuchame. Si alguna vez crees que debes quitar la vida a un hombre, porque su causa parece perdida, trata de no dispararle por la espalda desde tres metros de distancia. Sentate junto a él, tomale la mano, pedile a Dios que lo comprenda y metele una bala en el cerebro. Pero asegurate de dispararle al lado izquierdo, porque ese lado controla al lado derecho.
Con frecuencia pienso en las cosas que presencié ese día, por lo general cuando estoy solo y me he metido cosas en el cuerpo para aliviar el dolor y para recuperar la cordura. Para tratar de convencerme de que sigo siendo un hombre bueno, le pido a Dios que cuide de la madre del muchacho con la herida en la cabeza. Ese muchacho con un solo ojo, tendido en la tierra, que lloraba y agonizaba. Un muchacho argentino.
Lukowiak cuenta esa ejecución a partir de la fuerza emocional de las historias lacerantes que él vivió como testigo presencial y simple soldado y que desde ese desgarro se convierte en un documento antibélico. Vivencias semejantes se contaron desde el lado argentino. Entre tantas manifestaciones en el libro Partes de guerra, un aporte sublime de los periodistas Graciela Speranza y Fernando Cittadini, construido en el relato coral de soldados, oficiales y suboficiales que estuvieron en la primera línea del frente, y de donde se extrae buena parte de las referencias aquí referidas sobre esa desnuda batalla de final de mayo, que deja latiente la experiencia atroz y cruda de la lucha.
El comandante del Regimiento 12, Italo Piaggi, describe con una fuerza expresiva difícil de igualar el repliegue caótico de ese día. Habla de hombres que habían perdido a sus jefes, perdidos entre los incendios y los muertos, psicológicamente aplastados, caminando como fantasmas por el campo de combate. Alude a hombres que abandonan sus puestos y corren por la costa hacia Ganso Verde mientras una fracción elevada mantiene a los británicos a unos 500 metros de sus posiciones con el fuego de la artillería y de la munición antiaérea. Pero aun así, dice, el ataque enemigo aumenta cada vez con mayor precisión.
En un momento del abrumador poder de fuego británico Piaggi se queda pasmado atrás de una ametralladora en el medio de los bombazos. Siente los techos moverse como un flan por el efecto del bombardeo, el ruido tan ensordecedor, los fuegos trazantes, los potreros en llamas, una visión terrorífica. Esto es la guerra, se dice. Es el infierno.