Viernes 22 de Julio de 2022
Escena uno: Julián tendría unos cuatro años, estaba a punto de dormirse cuando le dijo a su mamá Silvana algo que la descolocó: “¿Sabías que cualquier número impar multiplicado por cinco tiene en su resultado el numero cinco”. Silvana recrea ese momento con el mismo asombro y alegría de entonces: la mirada al techo, la cuenta en voz baja ayudándose con los dedos, el cálculo como un susurro: cinco por uno, cinco por tres, cinco por cinco... ¡claro, tiene razón! Aún no se explica de dónde sacó su hijo esa data. Escena dos: Julián ya tiene 6 años y le pide a su madre, contadora de profesión, que le enseñe la fórmula resolvente, un contenido que suele darse en tercer año de la secundaria. Ella accede y él al otro día no solo que la comprende sino que le encuentra la lógica interna de cada componente y se la explica. Pero hay una precuela que se remonta a cuando Julián era muy muy chico, casi un bebé. Estaba de costado, con la cabeza inclinada cuando empezó a señalar a la pared y repetir algo parecido a “tes”. Una y otra vez “tes”, mientras su dedo apuntaba hacia una cortina. Hasta que una amiga le dijo a su madre que lo que el chico quería decir era “tres”, el número que desde su perspectiva se formaba con los volados de la cortina. Al día de hoy Silvana dice con una sonrisa que no recuerda si la primera palabra que dijo Julián en su vida fue mamá, papá o ese tres balbuceado.
Julián escucha esas historias y dice que algo se acuerda del episodio de la resolvente. Lo que sí le pasa hoy es encontrar de casualidad algún papel escrito por él cuando era un nene y sorprenderse allí con alguna resolución o una buena idea con la que luego se reencontraría en la currícula de la secundaria. Silvana rastrea algún origen de esa pasión y trae a la conversación a su padre y a su abuelo. “Eran terribles con la matemática, volaban, yo digo que ellos veían la espiritualidad de los números”.
Esta semana Julián Máximo Cabrera fue noticia cuando se conoció que había ganado una medalla de plata en la Olimpíada Internacional de Matemática (IMO), que se disputó del 6 al 16 de julio en Oslo. Allí el joven rosarino de 18 años y estudiante de sexto año del Politécnico integró el equipo argentino que además se trajo de Noruega tres medallas de bronce de la mano de Nicolás Ricci (Campana, Buenos Aires), Bruno Ziger (Ciudad de Buenos Aires) y Felipe Klir (Ciudad de Buenos Aires); y dos menciones de honor con Uriel Digestani (Ciudad de Buenos Aires) y Martín Lupin (Mar del Plata). De la competencia participaron casi 600 adolescentes de 104 países. Cuando postearon la noticia en el Instagram del Politécnico, desde la escuela secundaria dependiente de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) celebraron el resultado obtenido por los chicos argentinos y destacaron que esta participación refleja “la pasión, ingenio y compromiso de los estudiantes por la matemática y el compromiso del acompañamiento docente”.
Pero la vida de Julián describe una fina parábola donde su vínculo con los números y sobre todo con la matemática ancla en varios hitos bien reconocibles. Hizo la primaria en el Colegio Latinoamericano, pero fue recién cuando entró al Poli cuando empezó a participar en olimpíadas de matemática y desde entonces no paró. En ese camino el acompañamiento de su familia fue clave, buscando posibilidades para que el ahora adolescente pudiera desarrollar todo su potencial.
Apenas se ingresa a su casa, en una salita ubicada a un costado, hay dos muebles de madera que lucen abarrotados de sus distinciones cosechadas a lo largo de estos seis años. Su primera competición fue en el Concurso Canguro Matemático de 2017, donde ganó la medalla de oro en el nivel cadete. Debutó ganando.
Lo que siguieron fueron más competencias, viajes y premios. Algunos están enmarcados, pero otros están sueltos, en carpetas. Son muchos: plata en la iraní de geometría, oro perfecto en la iberoamericana de Costa Rica, oro en la rioplatense de matemática de Victoria, oro en la matemática de la Cuenca del Pacífico, oro en la olimpíada de mayo, bronce en la internacional de matemática de Bath (Reino Unido), plata en la internacional de matemática de San Petersburgo. También un diploma del Concejo (junto a Matías Raimúndez) y otro de la Cámara de Senadores de Santa Fe. Son solo algunos diplomas. Todavía faltan otros y las medallas, que no entran en la palma de su mano.
Un día en la vida
Julián arranca a cursar cerca del mediodía. De mañana hace las tareas de la escuela, estudia para alguna olimpíada y también va a la Cultural Inglesa. Cuando encuentra un hueco entre sus obligaciones, a veces de mañana o de tardecita, se sienta frente al piano vertical de su casa y toca. La música clásica es otro de sus placeres. Chopin es su compositor favorito. Dice que su obra, pese a ser solo de piano, tiene una complejidad muy interesante, porque crea una atmósfera de sonidos como si hubiera treinta instrumentos sonando al mismo tiempo.
Como pasó con la matemática, a la música llegó de manera intuitiva, casi autodidacta. Porque si bien su mamá le enseñó a tocar cuando el era muy chico, luego él construyó su propio sendero. No lee partituras, las melodías le llegan por los sentidos y a veces con la ayuda de un tutorial. Julián corre un poco el piano para que le de mejor la luz. Deja a un lado las medallas, se sienta frente al instrumento, cierra los ojos y comienza a tocar. Son casi seis minutos de un trance mágico. Parece otra persona, otro aplomo, otra sensibilidad. Sus dedos serpentean por las teclas como si tuviesen vida propia. Después dirá que lo que acaba de tocar es “Fantasie Impromptu”, de Chopin. Cuando se le pregunta qué sintió dirá que simplemente fue dejarse llevar. En su aventura por Noruega Julián se dio el lujo de tocar frente a adolescentes de todo el mundo el piano ubicado en el Ayuntamiento de Oslo.
Pero entre el piano y la matemática prefiere esta última. “Es difícil decirlo con palabras, pero la matemática siempre me llamó mucho la atención”, dice Julián a La Capital. Y cuando explica gesticula con las manos en un movimiento ondulante que va desde el pecho hacia afuera. Como dibujando un cero en el aire para hablar de esa pasión y disfrute que encuentra en la matemática. Sobre todo cuando participa en las olimpíadas, donde el conocimiento y la pericia se conjugan con un saber lúdico. En el certamen realizado en el país nórdico debió resolver seis problemas —tres por día— y en un lapso de cuatro horas y media por cada jornada. “En las olimpíadas —explica— nos hacen hacer ejercicios que involucran cierto entendimiento, pero que demandan más que un conocimiento totalmente teórico o al pie de la letra. Y justamente lo que disfruto es entender ciertas estructuras o secretos que se esconden detrás de las matemáticas y de todos esos símbolos que se escriben en papel, que por ahí es un lenguaje que parece que no tiene tanto significado, pero que si uno se sienta a desentrañarlo está cargado de patrones. Todo eso aplica a cada cosa nueva que aprendo y que es lo más interesante: estudiar los secretos que se esconden detrás de las estructuras”.
Hay un capítulo de la serie Gambito de Dama donde la protagonista, una joven ajedrecista interpretada por la actriz Anya Taylor-Joy, imagina jugadas mientras está en la cama. Acostada, mirando el techo, recrea partidas enteras. Mueve peones y alfiles en el aire. Julián no vio la serie, pero se ríe al escuchar la escena y dice que alguna vez vivió una situación parecida mientras dormía. Pero sí admite que muchas veces le pasa algo similar en el cotidiano de su casa: su cuerpo puede estar cenando unas milanesas mientras su cabeza repasa algún ejercicio. “Yo me doy cuenta por el tono de su voz y cuando pasa eso es muy gracioso”, dice su madre.
Los giros de la vida
“Estoy muy contento, sobre todo porque al ser mi última vez pude viajar y conocer otra ciudad y personas de distintos países”, dijo esta semana a pocas horas de haber pisado suelo rosarino. El año pasado también ganó una medalla similar en la olimpíada organizada por San Petersburgo (Rusia). La IMO se celebra todos los años en forma ininterrumpida desde 1959, a excepción de 1980. Aunque a causa de la pandemia, en 2020 y 2021 se desarrolló de manera virtual.
Cuando la noticia llegó a las redes sociales algunos de sus compañeros de la escuela se sumaron a las felicitaciones públicas. “Siempre me pone contento que los compañeros me feliciten, está muy bueno. Y alguno hasta me ha dicho que a lo mejor empezaba a participar”, dice con algo de pudor. Afirma que sería lindo inspirar a otros a seguir el camino de las competiciones en ciencias.
Hay un imaginario que cataloga a los pibes y pibas que participan en olimpíadas de matemática como “chicos genios”. En su caso, dice que nunca lo escuchó de forma directa. “Personalmente creo que no es necesario un talento terriblemente extraordinario. Cuesta avanzar pero justamente lo importante es creer que uno puede llegar, depende mucho del esfuerzo humano”, reflexiona. Por eso prefiere tomar distancia de las etiquetas. Sobre todo porque, aclara, estuvo “de los dos lados”: lo han felicitado muchas veces y eso lo ha puesto contento, pero también ha sufrido algunas situaciones de bullying cuando era más chico. “Igualmente —dice— no me siento identificado para nada con la categoría de nerd, sobre todo porque para mí la matemática es un arte”.
En pocos días más Julián cumplirá 19. Este año termina la secundaria y tiene casi definido seguir la licenciatura en ciencias de la computación que se dicta en la Facultad de Ingeniería de la UNR. Dice que se decidió por esa carrera en parte porque cursa la especialidad en informática del Poli y le gustaron varios de sus contenidos. Pero sobre todo por su interés en encontrar una aplicación concreta y tangible a la matemática. “Generar algo útil a partir de ese conocimiento, que no sea solo algo abstracto, sino hacer una contribución desde una profesión en la cual emplee todas esos conocimientos en favor de algo bueno”, dice. Pero por ahora es solo un sueño. Una meta posible. “El punto —dice— es que a veces pasan cosas que te desestructuran y nos sacan de lugar; y por ahí es difícil hacer una predicción de hacia dónde quisiera estar, porque a veces suceden giros. Pero sí, quisiera hacer algo que contribuya”.
Para lo que resta del año le quedan algunas competencias más (entre ellas, el nacional de matemática de La Falda, Córdoba). Y un puñado de certámenes que quizás queden para el año que viene. Pero con su etapa de estudiante secundario se cierra en gran medida su participación en las olimpíadas. Algunos olímpicos del Poli al entrar a la universidad continúan acompañando a los nuevos competidores como tutores, aunque quizás no sea el caso de Julián. “No sé si me veo tanto ahí, hay que ver qué tan pedagógico puedo ser, no lo sé aún”, dice con una sonrisa en el rostro. Prefiere dejar puntos suspensivos a su historia futura. Y reafirma: “A veces pasan cosas que desestructuran”.