"La escuela tiene que ser un lugar donde se disfrute estar"
La especialista Carina Cabo propone en su nuevo libro deconstruir y desarmar discursos y prácticas que circulan en las aulas.

Viernes 14 de Octubre de 2022

“En estos tiempos parece fundamental preguntarnos una y otra vez para qué educamos, qué enseñamos cuando enseñamos y cómo es posible educar con estas condiciones epocales. Para ello es necesario deconstruir la escuela”, sostiene Carina Cabo en Escuela ondulantes. Enseñar y aprender para aprender a enseñar, de Lugar Editorial. El libro se presenta este viernes 14 de octubre a las 10 en el Normal 2 (Córdoba 2084) y acompañará a la autora el filósofo y docente Darío Sztajnszraiber.

El nuevo libro de Cabo —doctora y profesora en ciencias de la educación por la Universidad Nacional de Rosario (UNR)— propone una serie de interrogantes para repensar la educación y las escuelas, y el diálogo entre docentes y alumnos con nuevos ritmos y lenguajes. Y afirma: “Frente a la incertidumbre vigente, debemos pensar en las particularidades de las infancias y de las adolescencias con las que nos toca trabajar y proponerles otras formas de habitar el mundo”.

—¿Qué implica deconstruir la escuela?

—Es un tema que vengo tratando desde hace varios años, desde mi primer libro La escuela... ¿para qué? (2014). Y allí trataba de ir respondiendo en cada uno de los capítulos acerca de lo que creo que la escuela debe ir cambiando. Obviamente que este tiempo de pandemia, que cayó cual baldazo de agua fría y donde la política educativa era no ir a la escuela, no hay que verlo como un tiempo perdido, sino como muy raro o excepcional. Que no lo vivimos en vano y que tenemos que sacar algo de allí. Por eso planteo esto de deconstruir la escuela, en el sentido de no destruirla, sino de enfrentarse con aquellos discursos o prácticas hegemónicas que tenemos y que creemos que son válidas porque siempre estuvieron allí. Entonces evaluamos de una determinada manera, y profesores y alumnos actuamos lo esperable. Creo que es ahí donde tenemos que empezar a pensar, sobre todo después de la pandemia, qué hacemos y cómo empezamos a valorar a cada uno de nuestros alumnos, en sus singularidades y rostros. Porque a veces los profesores nos olvidamos de mirar las caras de nuestros estudiantes.

—¿Notás alguna pista de cambio para aprovechar en la pospandemia?

—Creo que los docentes al interior de sus aulas lo hacen. Lo hacen en la medida que se puede, porque obviamente estamos dentro de una estructura que es bastante rígida. Pero por lo que tengo entendido el Ministerio de Educación también está pensando cambiar el secundario, cambiar la estructura o las formas de evaluación. Eso me parece muy interesante, porque si cambiamos la forma de evaluación y las formas en cómo nos paramos frente al aula es fundamental para cambiar la escuela. Creo que es muy importante que lo cambiemos los docentes, pero si hay un mandato institucional o ministerial que nos dice que es viable que nosotros no cerremos las notas en noviembre, sino que podamos seguir acompañando a nuestros estudiantes y no vengan a rendir acompañados con una profesora particular, sino que cuando cierren la materia la hagan con nosotros me parece que eso es bueno.

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—En el libro proponés pensar en escuelas ondulantes más que híbridas. ¿Por qué?

—Me parece que la palabra híbrida es determinante. Híbrido significa la unión de dos especies o el producto de dos elementos de distinta naturaleza. De allí el maíz o el auto híbrido. En educación si hablamos de híbrido hablamos de presencial o virtual, en cambio me parece más interesante pensar ondulante. Eso lo comparo con las olas, que no son un proceso homogéneo, sino que tienen distintas direcciones, alturas o longitud de onda, que varían según diferentes condiciones, que puede ser el viento, el clima, etcétera. En ese sentido pienso también la educación, que deberíamos pensarla según los estudiantes, según los barrios, según las disciplinas. Hacer una educación ondulante en función de mis propios alumnos, porque si no pasa lo de la pandemia, donde estuvo lo híbrido, pero aquel que no tenía el acceso a internet se quedaba en su casa y con suerte recibía actividades a través de WhatsApp o una fotocopia en el kiosco de la esquina. Creo que es ahí donde los docentes tenemos la gran oportunidad pospandemia de pensarnos y decir “en este barrio, en esta escuela, con estos 30 estudiantes, ¿qué hago?”. En ese sentido hablo de ondulante, de pensar distintas formas de estar en el aula.

—En el libro también invitás a pensar y a enseñar con las redes sociales.

—Sí, esto lo planteé también en el libro Escuelas reales en tiempos digitales, porque me parecía fundamental pensar la escuela secundaria enlazada con la tecnología. Como lo que tienen los chicos al alcance de la mano son las redes sociales creo que se puede enseñar con Twitter. Ahí explicó cómo: por ejemplo, siguiendo alguna revista o también haciendo preguntas a través de Twitter y que los estudiantes respondan en 140 caracteres. También enseñarles el uso de las redes sociales, los peligros y todo lo que pueden lograr. Con Instagram se puede trabajar con imágenes o con Facebook a través de comunidades.

—Me interesaba que no solo había una mirada sobre el lugar social de las redes sino como posible herramienta para el aula.

—Creo que es fundamental, porque si no se aburren los chicos y nos aburrimos nosotros. Los adultos de hoy también estamos con las redes mucho tiempo, entonces por qué no aprovechar y hacer un uso pedagógico. No todos los días y no todo el día, pero como una propuesta más dentro del aula creo que puede ser.

—De hecho con la pandemia se viralizaron propuestas de docentes que trabajaban con memes.

—Bueno, el primer día de clases de formación docente en pedagogía llevo memes de educación. En la pospandemia surgieron cientos. Por eso también termino el libro con un texto sobre el humor en el aula, porque creo que el humor es fundamental y si empezamos a ver la educación desde el sentido común, desde cómo lo ve la gente, y a partir ahí empezar a teorizar y a conceptualizar, me parece que es sumamente interesante. Porque rompemos con lo académico que a veces parece la escuela y el día a día de los chicos. Bueno, la escuela puede ser un lugar donde también se disfrute estar. Y podamos reírnos pero también aprender.

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La escuela secundaria, en el centro del debate.

—En el libro también invitás a escuchar a los docentes, que cualquier transformación debe pasar por ahí.

—Sí, creo que es lo fundamental. Escuchar al docente, que lo escuchen los ministerios. Pero que también nos podamos escuchar entre nosotros, porque los docentes tienen experiencias que son muy buenas y a veces quedan dentro de una sola escuela. Si pudiéramos compartir experiencias quizás el de Avellaneda pueda leer una experiencia de Venado Tuerto, no para replicarla tal cual, pero sí ver de esto qué me puede funcionar. Porque a veces no tenemos todas las ideas y a lo mejor el profesor de otra disciplina me da lugar a pensar mi propia disciplina. Y a su vez creo que la gran revolución empieza en el aula, estoy convencida de eso. Si cerramos la puerta y provocamos algo en nuestros alumnos ya estamos educando. Eso es lo importante, dar herramientas para que también al estudiante pueda seguir formándose y aprendiendo solo, por otros caminos.

—Al principio de esta charla hablaste de mirar los rostros de los estudiantes. ¿Por qué?

—Creo que es fundamental, más después de la pandemia. En general los docentes vamos, damos nuestra clase —sobre todo en el nivel medio o en el superior— y nos volvemos a casa o nos vamos a otra escuela, con otros estudiantes. Y a veces contamos en medio de charlas “tengo 500 o 600 estudiantes”. Esto hace que no podamos mirar los rostros de los chicos, que no podamos conocer sus historias. Por eso valoro tanto que quizás no tendríamos que tener al profesor taxi, sino profesores en lugares donde tengan su mayor cantidad de horas. Para conocer el barrio, a las familias y las historias personales. Por eso digo esto de recuperar los rostros de los estudiantes, recuperar esas historias personales me parece que es fundamental. La disciplina la tengo que enseñar, pero entramada en la historia del barrio, de esas familias y en la historia de mi ciudad. Tengo que pensar qué está pasando en mi ciudad y a partir de ahí enseñar en función de eso, porque sino enseñamos un poco aislados en esto de “tengo que llegar a fin del trimestre o al fin de año con este programa”. Por eso también digo rediseñar el currículum y elegir qué es lo que le va a servir a mis estudiante, y a partir de ahí rediseñarlo, para que lo que aprenda el chico le sirva para su vida cotidiana. Sino todo el tiempo estamos pensando para el futuro, que le sirva para el trabajo o para la universidad. Eso bienvenido sea, pero también tiene que vivir experiencias significativas en la escuela, el estudiante tiene que pasarla bien a la escuela. Y la mayoría —lo pienso en el secundario— no la pasa bien, por eso prefieren quedarse en la esquina antes de estar en el aula. Esa es nuestra función, que la pase bien y que sea significativo lo que le enseñamos.