Jefes de Gabinete al poder: primera experiencia argentina 
La figura del Jefe de Gabinete incorporada a la Constitución Nacional en 1994 marca las acciones y limitaciones que refieren a las funciones de conductor y armador detrás de la figura presidencial. De Bauzá a Rossi, cuál fue el alcance de cada uno y la llegada del Jefe de Gabinete de Kirchner al sillón de Rivadavia 

Sábado 03 de Junio de 2023

La figura del Jefe de Gabinete fue incorporada a la vida política argentina a través de la Reforma Constitucional de 1994. El primero en ocupar el cargo fue el mendocino Eduardo Bauzá, quien antes se había desempeñado en el gobierno de Carlos Menem como Ministro de Interior, Ministro de Salud, y Secretario General del Presidente, respectivamente. El hombre asumió el cargo en julio de 1995 dejándolo al año siguiente; luego volvió a ser senador y su última aparición pública fue como jefe de campaña de Carlos Menem en el año 2003. Una vez que Menem decidió retirarse del ballotage, Bauzá hizo lo mismo y retornó a su provincia, donde se dedicó hasta sus últimos días a una fábrica de pastas secas perteneciente a su familia desde hacía décadas.

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Corach, Bauzá y Menem.

El cargo no tuvo modificaciones a lo largo de los años, más que una serie de precisiones que bajo decreto presidencial se le infundieron en el 2003. Las figuras que lo ocuparon han sido desde gobernadores electos hasta ministros y secretarios de toda talla. Y ciertamente la mayoría no ocupa un gran espacio en la memoria de la población, respecto a su cargo. Siguiendo esta línea, podemos decir que la fortaleza de la experiencia kirchnerista se demostró en que dos de las personas que ocuparon el cargo de jefatura de gabinete no sólo se mostraron como figuras excepcionales posteriormente de ocupados los cargos sino que emprendieron sus propias experiencias políticas de liderazgo. Si comparamos estos casos con la exposición que tuvo Marcos Peña, quien ocupó el cargo durante los cuatro años que duró la presidencia de Mauricio Macri sin ningún tipo de interrupciones y con una exposición mediática clave, hoy totalmente borroneado de cualquier mención que se haga, como si hubiese desaparecido de la faz de la tierra, la idea se fortalece más.

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Marco Peña, Jefe de Gabinete de Macri.

Con este historial a cuestas el gobierno de Alberto Fernández inauguraba algo nuevo: por primera vez el país iba a estar comandado por un ex jefe de gabinete. Si bien el cargo es relativamente reciente, al momento de la asunción de Alberto habían pasado 24 años desde la creación del mismo. No deteniéndose allí el suceso, la novedad auguraba algo más. No sólo el presidente había pertenecido a la comandancia de Ministros de la Nación sino que una figura clave del armado del Frente de Todos, Sergio Massa, ocupaba el cargo de capitanía de la Cámara de Diputados. Cuando Massa se transformó en Superministro, no había dudas de que estábamos ante algo novedoso: un gobierno comandado por ex jefes de gabinete.

Resultaba muy difícil preguntarse cómo sería la primera presidencia de un ex jefe de gabinete. Mientras que el cargo está pensado para mantener a raya a ministros, hacer cumplir la voluntad del presidente, coordinar el presupuesto público, representar políticamente al ejecutivo ante las dos cámaras, entre muchos otros, sus tareas fundamentales dependen de una comunicación cerrada, hecha de negociaciones, lobby, llamados de atención, todo lo que haga necesario para ejecutar la tarea pero nunca un rol protagónico para con las masas, la conducción política. Un rol más bien de negociaciones internas, de armado. No es casual que así como Bauzá fue jefe de campaña de Carlos Menem, Fernández lo haya sido de Néstor Kirchner en el 2003 y de Florencio Randazzo, en el 2017. Las cualidades de un jefe de campaña son semejantes a las de un jefe de gabinete así como muchas veces la ejecución óptima del primero se recompensa con la entrada en el segundo.

A diferencia de los presidentes más importantes de la historia del peronismo -Juan Domingo Perón, Carlos Saúl Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner- el gobierno de Alberto fue el primero en que la figura del presidente no fue a su vez la figura articuladora central del movimiento peronista en su conjunto y sus aliados. El gobierno de Alberto Fernández, pensado para una presidencia de cuatro años, fue el primer gobierno peronista en que el presidente no se transformó en el conductor del proceso. Fue el primero, también, que no pudo, no supo o no quiso renovar ese contrato popular tan importante dentro del peronismo desde su comienzo mítico aquel 17 de Octubre, que es el encuentro del presidente en la playa 25 de mayo. El contacto con las grandes masas fue escaso, cuando no nulo. Alberto nunca habló desde la Casa Rosada. No supo. No pudo. No quiso.

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Santiago Cafiero y Alberto Fernández, Jefe de Gabinete y Presidente de la Nación.

Las tareas de un jefe de gabinete están lejos de contener, en sí mismas, las cualidades de un conductor. Y es así cómo, de ahí en adelante, todo no fueron más que dificultades. El único modo de batallar contra las herencias del período cambiemita y poder aglutinar un movimiento que hasta mediados del 2019 se encontraba fragmentado y con fuertes entredichos, era con una conducción y liderazgos fuertes. Con permanencia en la calle. Con militancia, con cuerpo, con aguante.

El acto del jueves pasado de Cristina Fernández de Kirchner no sólo implicó el regreso de Cristina con todas las cualidades de conducción. No un acto en las puertas de Comodoro Py, ni en la presentación de su libro, ni un acto estricto y cerrado para las militancias. Cristina, junto a sus nietos, volvió como abuela, como madre. Cristina, la que fue gatillada a escasos centímetros de su cara y logró salir ilesa, volvió con un rosario que acaricia y sobre el que proyecta hermandades y milagros. Cristina volvió a actualizar el contrato entre las multitudes y la conducción en ese espacio alucinante lleno de historia que es Plaza de Mayo. Cristina volvió, y con ella volvió la conducción del movimiento histórico más importante del país.

Cuando Juan Domingo Perón volvió de su largo exilio había transformado su discurso radicalmente. La cláusula “no hay nada mejor para un peronista que otro peronista” se transformó en “no hay nada mejor para un argentino que otro argentino”.

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CFK y su Jefe de Gabinete, Sergio Massa, a la salida de una reunión con el expresidente Raúl Alfonsín.

Es la época del abrazo con Balbín, de la firma de La Hora del Pueblo. Cristina, la madre, la abuela, la conductora, vuelve a hacer un llamado nuevo, renovado. Pero esta vez el llamado es a la militancia, a la discusión diaria, a la formación de datos, a pensar un programa económico, un programa político. Entendió –siempre lo supo– que la conducción de un país no puede llevarse a cabo solamente como el accionar de un jefe de ministros, negociando sólo por arriba, a espaldas del pueblo, entre las dirigencias, como un Club de Fútbol, como una empresa.

Gestionar el Estado, conducir un proceso de crecimiento, de acumulación, es una vocación que requiere multitudes, que requiere estar en la calle, que requiere apoyo popular. Cristina entendió –siempre lo supo– que la primera y última garantía está en la plaza, y que aquel gobierno peronista que no entienda esa ecuación, está destinado a naufragar entre los escombros.

(*) Ezequiel Vazquez Grosso es politólogo, licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Rosario y escritor, …