Martes 14 de Diciembre de 2021
Envalentonado tras el resultado en las últimas legislativas, Javier Milei lanzó en Rosario su cruzada por la libertad con 2023 en el horizonte y renovó el lazo cuasi religioso con sus seguidores, que lo erigen en el mesías de la derecha tras décadas de frustraciones acumuladas.
Vestido con campera de cuero, Milei ingresó al parque España como una estrella de rock, abriéndose paso entre las más de 4 mil personas que fueron a escuchar, grabar y reproducir al infinito sus palabras.
Hábil para explotar sus recursos, Milei cambió un escenario donde es un legislador más, el Congreso, por otro donde es el protagonista estelar.
También reescribió el libreto: guardó para otro momento su charla sobre las causas y las consecuencias de la inflación y agarró un discurso de barricada contra el ministro de Economía Martín Guzmán y la orientación económica del gobierno.
En contraste con los viejos economistas grises y los políticos rosqueros que privilegiaron el armado de think tanks y el entrismo en los partidos políticos tradicionales para difundir sus ideas, Milei combina otros métodos de acción: charlas públicas, intervenciones en redes sociales y, ahora, la política institucional.
Como un Gramsci leído por derecha, Milei primero disputó el sentido común y después saltó a la política. Para él y su grupo de influencers, la economía es un sólo un frente más de una larga batalla cultural y moral.
Su discurso sigue el abecé del populismo, analizado por la politóloga María Esperanza Casullo: se trata de una narrativa en la que un “nosotros” -el pueblo- enfrenta a una élite -en este caso, “la casta”- que lo ha dañado.
El concepto de casta, tomado de la corriente de izquierda española Podemos, fue volviéndose más ancho o más angosto en el discurso de Milei según las necesidades del momento. Si en algún momento incluyó a toda la dirigencia política, después se concentró en el kirchnerismo y ahora parece englobar de vuelta al Frente de Todos y a Juntos por el Cambio.
Fronteras móviles
El proyecto de Milei encuentra su combustible en el malestar de jóvenes precarizados para quienes Cristina Fernández de Kirchner y los dirigentes de La Cámpora son algunas de las principales caras del establishment de un país estancado y que sienten que les bloquea sus vías de progreso.
Esos jóvenes, que se mueven entre las apps de delivery, la compra y venta de criptomonedas y YouTube, encuentran en Milei el ícono de la rebeldía que escupe a “lo políticamente correcto”.
Con el progresismo a la ofensiva en la lucha por la igualdad de género pero a la defensiva en el terreno económico, sin articular nuevos horizontes que vayan más allá de la administración de la crisis, las derechas radicales encuentran un terreno fértil para crecer entre los perdedores de la redistribución del estatus y el ingreso.
Cultor de vínculos aceitados con los españoles de Vox, el clan Bolsonaro y el chileno José Antonio Kast, todos firmantes de la Carta de Madrid, Milei también frota el ala de los halcones del PRO.
Recién llegado a una política dominada por una élite que no sabe cómo poner el país en la senda del desarrollo pero sí cómo hacer que la bomba social no explote, y con instituciones diseñadas para domesticar a los outsiders, durante los próximos dos años Milei deberá administrar expectativas en muchos casos contradictorias.
A diferencia de la elección de medio término, donde el voto tiende a dispersarse, en las presidenciales la pulseada se reduce a sólo dos. La oferta del ala derecha de Juntos por el Cambio de sumar a Milei a sus filas podría generar turbulencia con las bases sociales del economista, cebadas con la utopía de volver a la “Argentina potencia” del modelo agroexportador. Ya lo advirtió el sociólogo alemán Max Weber: el carisma, esa fuerza poderosa que rodea a un líder de un aura sobrenatural, también puede esfumarse tras una sucesión de derrotas.
