Viernes 13 de Enero de 2023
Tras la derrota de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de 2022, la mayoría pensó que eso sería el acto final de un experimento inusitado en la vida política del Brasil. Sin embargo, Bolsonaro fue la piedra de toque que mantenía en pie a un sinnúmero de fragmentos disociados y desarticulados que le antecedían y precedían, que unidos por el amor y por el espanto, dieron forma al “bolsonarismo”. Allí se conjugaban sectores estructurados en torno a intereses particulares (la defensa de la familia, la riqueza, la tierra, las ganas de portar armas, entre otros), pero también un sinfín de expresiones atomizadas que encontraron en Bolsonaro la forma de convertir la rebeldía en bandera y su gobierno en una plataforma donde ser escuchados.
Particularmente, el subconjunto de expresiones radicales del bolsonarismo, minoritarios en número pero mayoritarios en su estridencia, es un conglomerado de ciudadanos encolumnados en la ira contra las élites políticas, enarbolados en la bandera del odio hacia el PT y envalentonados por la posibilidad de ser escuchados y tenidos en cuenta. Es decir, es un sector otrora inexpresivo, que con Bolsonaro perdió la vergüenza de su incorrección, dejó de lado el temor a su radicalidad y quitó la sordina a su furia.
Ahora bien, sin Bolsonaro como faro, la expresión más radical del bolsonarismo no tuvo dique de contención. De poco le importó que el bolsonarismo partidario fuera mayoría en el Parlamento en la próxima administración; de nada valió la ausencia en la escena del traspaso de mando de Bolsonaro para evitar vestir las prendas de la derrota; fue inútil que los medios y la opinión pública los tildase de energúmenos. Con la consciencia de que las elecciones habían sido robadas y que la patria estaba en peligro, los sectores más reaccionarios del bolsonarismo dieron rienda suelta a sus pasiones y atropellaron las bases institucionales y los cimientos de la democracia brasileña.
Pero la ausencia de Bolsonaro y la sensación de “piedra libre” de los sectores más radicales para encender la contenciosidad piromaníaca no fueron los únicos resortes para comprender un acontecimiento como la toma de la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia. Detrás de estas expresiones antisistema pervive también el resto del bolsonarismo, un amplio sector de la ciudadanía que —a pesar de su posición vergonzante a expresarlo de forma iracunda— sigue justificando en parte el accionar del domingo pasado porque cree fervientemente que Lula no venció limpiamente en las elecciones de segundo turno y porque considera necesaria una intervención militar. Ello, por un lado horada uno de los principios básicos de la institucionalidad democrática —el principio de que las elecciones sirven para resolver los conflictos de forma pacífica cuando los comicios son limpios, libres y competitivos— pero también, por el otro, mantiene encendida la llama del bolsonarismo como fuerza mayoritaria en la oposición.
Empero, la ira de un bolsonarismo sin líder y la lealtad de un bolsonarismo que se cree victorioso no fueron los únicos factores que permiten entender lo sucedido. Como señalaba el politólogo español Juan Linz, la quiebra de las instituciones (o la desdemocratización como su equivalente contemporáneo) se explica más por aquellos comportamientos semi leales, que por la vocación disruptiva de los desleales con el juego democrático. Y, en ese sentido, por acción y por omisión, hay responsables en muchos ámbitos y dominios de la política brasileña. Claramente uno de los apuntados es el gobernador del Distrito Federal, que siendo responsable de la seguridad pública a través de la policía militar estadual no supo contener ni el avance de la turba durante 8 kilómetros —distancia entre los campamentos bolsonaristas y el Planalto— ni bloquear a los que arribaron en una centena de ómnibus a la capital. En todo ese tiempo de inacción, la plaza se llenó únicamente de vendedores ambulantes pero no de fuerzas de contención —a sabiendas de que la orden de no reprimir es una constante en todas las manifestaciones en Brasilia. Por esta inoperancia del gobernador Ibaneis Rocha, el gobierno federal instauró intervención federal del DF y el Supremo Tribunal Federal la suspendió en su cargo por 90 días.
Ahora bien, la sorpresa solo es una posición entendible para quienes se asombran frente algo que no esperaban, no preveían, ni se imaginaban. En ese sentido, aunque el tercer gobierno Lula sea de reciente instauración —tomó posesión el primero de enero de 2023— ello no lo exime de las responsabilidades de parte en los eventos del domingo pasado: en primer lugar, porque el discurso latente de un "intento de golpe" o directamente ejecutar un “golpe de estado” estaba presente en todos los campamentos bolsonaristas, al punto tal que propio Flavio Dino —Ministro de Justicia Federal— las había ya tildado de “incubadoras de terroristas”; en segundo lugar, porque el propio ministro tenía conocimiento desde el día previo al arribo de la turba iracunda de bolsonaristas desde todo el territorio brasileño a la Capital, sin tener la capacidad para movilizar la cadena de mando para reforzar la seguridad de las instituciones brasileñas en el DF, aunque sí parece tenerla para llevar adelante la intervención federal; tercero, porque el paquete de medidas introducidas en la primera semana de gobierno de Lula Da Silva iban en la dirección de desmontar el bolsonarismo en sus piedras basales, con lo cual poca sorpresa podía haber frente a alguna reacción de estos últimos. Es decir, el Gobierno Federal, y Lula como su principal responsable, aunque es uno de los principales damnificados en la afronta burda del bolsonarismo contra las instituciones y la democracia brasileña, no puede darse el lujo de la “sorpresa” e incluso le cabe el sayo de la responsabilidad por omisión.
En resumidas cuentas, aunque el peso de la Ley y el imperio del Orden habrán de caer con toda su furia sobre aquellos que tomaron de forma violenta, injustificada y temeraria las oficinas públicas en la ciudad de Brasilia el pasado domingo, una lectura en profundidad debe sopesar: en primer lugar, la vivacidad del bolsonarismo más allá de su ala radical, con un amplio espectro de la ciudadanía que aún mantiene el encono y descreimiento en el gobierno Lula y las instituciones brasileñas. En segundo lugar, la pervivencia de un escenario inestable ante una fuerza como el bolsonarismo con un carácter centrífugo sin la presencia centrípeta del liderazgo de Bolsonaro. En tercer lugar, el ensanchamiento de la polarización ideológica —o la grieta en términos pampeanos— que marca un escenario donde —estadísticamente como lo plantan Anibal Perez Liñan y Scott Mainwaring en su libro “Democracias y Dictaduras en América Latina”— una fractura democrática está al caer. En cuarto lugar, que las posiciones medias tintas o semi leales, son las que inclinan el fiel de la balanza y dejan caer a la democracia brasileña en un encono de opacidad. Y, por último, que el tercer gobierno Lula será el peor de todos, no solo porque es muy difícil que pueda igualar lo realizado anteriormente, sino también porque enfrente se encuentra un antagonista con el cual no lidió nunca —salvo durante la dictadura— que es una presa difícil de cazar, furiosa de atacar, ciega por atropellar y sin escrúpulos para accionar. Frente a todo ello, el gran negociador y mediador que supo ser Lula deberá dar paso al “hombre cordial” que, al decir del historiador Sergio Buarque de Holanda, actúe más con el corazón, las pasiones y las emociones. Y, en ese escenario, el choque de las emociones entre bolsonaristas y lulistas, lejos está de presentar un horizonte donde reine la concordia.
Es decir, aunque difícilmente pueda repetirse en lo inmediato lo vivido el domingo pasado, claramente la estela que lo produjo seguirá siendo un espectro que recorra el Planalto y los años venideros. Por ello, aunque proliferen los anhelos de un futuro promisorio en Brasil, los designios de la real politik anuncian que el gobierno de Lula ha tenido que hacer frente al primero de una secuencia de escollos enrevesados que se presentarán en el camino de espinas de sus próximos cuatro años. Solo resta saber si la esperanza logrará vencer al miedo y la furia, como también si la política logra, o no, volver a ser la canalización de la violencia por otros medios en una disputa por el sentido del orden. Con los dados echados, hagan sus apuestas.
(*) Juan Bautista Lucca es cientista político, profesor de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR, investigador del Conicet e integra el Centro de Estudios Comparados de la FCpolit…