Domingo 20 de Marzo de 2022
Los hoteles que rodean la Terminal de Ómnibus Mariano Moreno reflejan la historia vívida de una ciudad que se forjó al calor de sus medios de transporte. Más allá de la renovación que significó el emplazamiento del Mercado del Patio, y las obras de remodelación de la estación de colectivos, es un área que luce deteriorada, y en la que flota un poco la nostalgia de otro tiempo mejor, allá por la década de 1970, cuando la zona era un imán comercial y el único punto de acceso en transporte desde los pueblos.
Una recorrida por el lugar muestra un panorama muy variado, y los golpes que la pandemia le propinó al rubro también han hecho su parte, pero la mayoría sobrevive adaptándose como puede. Por un lado, hay hoteles donde se alojan turistas; otros que son albergues transitorios visitados por parejas; algunos están abandonados; y también están los hospedajes que -aunque cobran por día- funcionan como una especie de pensión ante la demanda de personas que no cumplen los abultados requisitos para alquilar.
En un radio de pocas cuadras, de cara al sector norte de la Mariano Moreno, entre Iriondo y Avellaneda, se erigen 17 hoteles. La tarifa tiene un piso de 1.800 pesos y un techo de 2.700 por noche. Por Santa Fe están el Hotel Micro (Santa Fe 3650), Hotel Continente (Santa Fe 3764), Hotel Class (Santa Fe 3868), La Nueva Vasconia (Santa Fe 3422), Hospedaje Terminal (Santa Fe 3750), Hotel Embajador (Santa Fe 3554), y el Hotel Nahuel (Santa Fe 3618).
En las arterias que cruzan Santa Fe, se cuentan el Hotel Ruby (Medinacelli 646), Le Nid (Iriondo 660), Casa Azul (Iriondo 640), Metro Hotel (Caldas 669), Gran Hotel Confort (Quintanilla 661), Hotel Esmeralda (Quintanilla 628), Hotel Casas (Las Casas 668), Hotel King's (San Jacinto 579), y Conde Hotel (pasaje Conde 580).
Los que reciben turistas son hoteles en su mayoría modestos, económicos, que tienen clientes de poder adquisitivo medio. Son de una a tres estrellas, y se nutren de visitantes de estadía corta los fines de semana, choferes de micros de larga distancia, viajantes, gente que viene a estudiar o a atenderse con un médico.
En las calles del barrio se mezcla algo cosmopolita entre medio de los estudiantes brasileños que concurren a la Facultad de Medicina, chicas dominicanas con vestimentas de aires caribeños y acento centroamericano, y comercios de productos específicos de Venezuela, o barberías.
Es un punto de la ciudad transitorio, de mucha rotación de gente, donde conviven una vida diurna comercial con otra nocturna, ligada al trabajo sexual, las famosas zonas rojas como la que se erige alrededor de la plaza Libertad, lo que explica la presencia de trabajadoras en las esquinas y algunos hoteles alojamiento.
Hay al menos tres establecimientos que no sobrevivieron. El pintoresco Hotel Ónix (Vera Mujica 757) cerró en 2018, y en su lugar construyeron tres edificios. Trabajaba más que nada con viajantes, y un día de golpe su dueño empezó vender los muebles, como sillones, camas, arañas y adornos.
El Hotel Avellaneda (Avellaneda 679), un elefante de 60 habitaciones construido en los años 70, está cerrado desde la llegada de la pandemia con destino incierto. El JR (Caldas 663) era un hotel transitorio que funcionaba con tarifa por hora y está cerrado desde hace años. Permanece en estado de abandono, con carteles oxidados, facturas y papeles amontonados en el acceso, y tuvo intentos de usurpación por parte de indigentes de la zona, que dejaron algunas rejas levantadas.
Tren y colectivo
Juan Zanardi (77), vecino de Agote de toda la vida e integrante de la comisión de la vecinal Maradona, afirma que la época de oro de la zona fue entre las décadas de 1960 y 1970, cuando existía la tienda La Buena Vista (inaugurada en 1915), imponente comercio que ocupaba la zona de Cafferata entre Urquiza y Tucumán, donde hoy está la fábrica textil Hardfield.
"Venían de todos los pueblos a hacer sus compras. Era una tienda enorme de dos plantas que tenía de todo, solo le faltaba perfumería y electrodomésticos para parecerse a La Favorita. Había montañas de mesas con telas apenas entrabas, y luego el sector con ropa de hombre, mujer y mercería", recuerda. Llegó a tener 500 empleados, y era del mismo dueño que La Buenos Aires y New London sobre la peatonal Córdoba.
Desde 1927, en Santa Fe y Cafferata funcionaba la estación de trenes de aires franceses. El movimiento, según Mariano Antenore de Amigos del Riel, nunca fue demasiado intenso: tenía pocos servicios, y el tráfico ferroviario se concentraba en Rosario Norte: había entre 50 y 70 servicios por día y la hotelería estaba ubicada en esa zona. Ya fundada como Terminal de Ómnibus en 1950, la actividad comenzó a incrementarse exponencialmente.
Es que a mediados de los 60 el tren empezó a decaer, moderadamente. Y el rubro se mudó para el barrio Luis Agote. Era una época donde la gente se bajaba del transporte y buscaba un lugar cerca. Hoy los clientes miran por internet, se fijan si les gusta y reservan. Pero en ese momento los pasajeros se cruzaban a los hoteles que había enfrente, que muchas veces tenían la capacidad colmada y allí mismo los mandaban a otro de la zona.
Con el final de los trenes locales, en 1977, solo quedaron los ómnibus para ir a los pueblos. Por eso muchos se levantaron durante esa época, la de esplendor. "También tuvo que ver el mundial de fútbol, porque no daban abasto con los alojamientos. Todos veían el negocio", asegura Zanardi. Y marca que muchos visitantes buscaban los hospedajes, porque eran más baratos: "En cualquier lado hacían uno. Eran como casas de familia, la mayoría ya cerró".
La decadencia empezó en los 90, porque en 1989 cerró La Buena Vista y la desaparición de ese imán de gente hizo que todo se cayera. Cafferata estaba lleno de locales, muchos de ellos importantes, que con la debacle se vinieron abajo: al haber menos tránsito, empezaron a bajar las ventas, y la zona se volvió oscura e insegura. El bar La Estrella, muy tradicional de la zona y uno de los mas antiguos de Rosario, fue tirado recientemente abajo para construir un edificio. Estaba justo enfrente.
Duerma aquí
Ricardo Kehoe (65) es junto a su esposa dueño del Hospedaje Nueva Vasconia, que empezó como pensión en los años 40. En la esquina de Santa Fe y Cafferata, adonde ahora hay una pizzería, estaba el comedor La Vasconia, pero los titulares decidieron mudarlo a la casa familiar de Santa Fe al 3400, que luego irían ampliando hasta llegar a las actuales 24 habitaciones con wifi, aire acondicionado y TV por cable.
El hospedaje es más barato porque no tiene cocina ni sirve desayuno, y tampoco ofrece estacionamiento, lo que lo diferencia de un hotel tradicional, pero el régimen es el mismo: se paga por día, la habitación doble está en 2.100 pesos, con un descuento en efectivo a 1.800. La clientela son en su mayoría trabajadores, que se conforman con un termo con agua caliente para tomar mate mientras se van a su trabajo. A las 6.30 ya salen todos y no queda casi nadie en el lugar.
Se trata de personas que llegan a Rosario desde otras provincias, como Formosa, Corrientes o Santiago del Estero, a trabajar en rubros de gran desgaste físico como hacer techos, pintar calles o mantenimiento de antenas de telecomunicaciones. Otros tienen allegados enfermos en el Hospital Centenario, que queda cerca, o se hacen tratamientos oncológicos en un instituto de la zona.
"Los fines de semana hay algo de turismo y vienen parejas de jóvenes que comparten departamento con otra gente. A lo mejor uno es de afuera y se juntan acá para tener privacidad. Otros hacen cursos cortos en Medicina u Odontología. Y también hay hombres que se separaron de su mujer y se fueron de la casa, que viven acá durante meses porque no tienen garantías para alquilar", cuenta el dueño.
El movimiento hoy es alto, y hace meses que el Nueva Vasconia trabaja con una ocupación de un 93 a 100 por ciento, y a veces hasta rechaza nuevos ingresantes. "Nosotros dependemos de la parte trabajadora, más que del turismo, pero no podemos acomodar los precios a la inflación desde marzo de 2020. Tenemos tarifas bajas pero hacemos malabares, todavía pagamos deudas", apunta.
Para finalizar, una perla sobre la zona. A veces, los indigentes que pululan por la Terminal logran juntar el dinero para pagar una noche y canjear la calle por una cama caliente. Los hoteleros se dan cuenta porque se van a buscar la comida que dan los ex combatientes. La noche es brava y esquivarle el bulto aunque sea por un día es un premio para algunos.