Sábado 11 de Diciembre de 2021
Desde su extenso recorrido profesional, que lo llevó a obtener el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), el arquitecto rosarino Jorge Jáuregui remarca que la violencia y la inseguridad representan “un problema enorme” en las grandes ciudades de Latinoamérica. Este destacado profesional desarrolla seminarios por universidades de todo el mundo por sus experiencias de transformación social y urbanística en las favelas de Brasil, y desde ese escenario, se anima a analizar estos flagelos sociales que azotan la ciudad que lo vio nacer.
“Hasta ahora, tanto en Rosario como en Río de Janeiro, se trató a la inseguridad como un problema policial o militar, y eso no resolvió nada. Eso, además, acentuó los imaginarios negativos entre la ciudad formal y la informal, de los dos lados”, resalta. Y, desde esa visión aguda y crítica, reclama “acciones ejemplares, otras opciones urbanas sin la presencia ofensiva del armamento militar”, que se apoyen en “la salud y el trabajo como principales ejes de abordaje social”.
—¿Cómo ve en este momento a Rosario?
—El tema de la inseguridad es un problema enorme acá, en Brasil, en México, en Colombia, y en Chile también, aunque en menor medida. En Rosario, como siempre, dentro de los bulevares está todo bien, pero en la periferia se siguen viendo muchos problemas relacionados a la violencia y la inseguridad.
—¿Hay recetas para resolver estos problemas tan complejos?
—Es muy difícil resolver la inseguridad en sí misma. Tiene que estar articulada con programas para generar trabajo y capacitaciones laborales. También es muy importante mejorar el transporte público, sumar calles más iluminadas para que la gente pueda transitar el recorrido necesario para llegar a tomar el ómnibus. Todo eso sigue sin funcionar bien.
—¿Por qué abordaron mal esa problemática?
—Hasta ahora, tanto en Rosario como en Río de Janeiro, el gobierno descuidó, trató la inseguridad como un problema policial o militar, mandó la policía y el ejército a las villas, y eso no resolvió nada. Todo lo contrario, eso acentuó los imaginarios negativos de ambos lados, de la ciudad formal y de las favelas, entre sí. No hubo acciones ejemplares, mostrando otros caminos, otras opciones, había solo la presencia ofensiva del armamento militar. Ese gesto es muy odioso para la gente que vive en esos lugares y que no son narcotraficantes, que es la gran mayoría. Es un gesto de desprecio, de maltrato. Eso, sin dudas, hay que cambiarlo.
—¿Cómo se puede cambiar eso?
—Hacen falta otras herramientas, espacios de paz (con una policía que no esté armada hasta los dientes), y casas para la mujer. En estos casos, son fundamentales los centros de generación de trabajo, entendiendo que capacitaciones y trabajo deben ir juntos. Ahora, estoy trabajando en un concepto que se llama “generación de riqueza comunitaria”, que aplicó un economista, Eduardo Moreira, en el norte de Brasil, con los indios, con el movimiento social campesino brasileño y con los trabajadores sin tierra. Esto implica un aporte mínimo de dinero, como una vaquita, donde cada uno pone un poco para juntar un dinero que permita comprar las herramientas para poder comenzar a trabajar, con los que reciben tierras para plantar o para criar ganado. Eso ayuda a la acumulación necesaria inicial para poder desarrollar un negocio que puede ser privado o colectivo. Sirve para organizar actividades que ellos estén en condiciones y capacitados para poder hacerlas.
—¿Eso en qué escala funciona?
—Eso, llevado a una escala mayor, a una escala urbana de ciudad, tiene que tener un correspondiente espacio físico que yo lo imagino como un “ágora griega”, como plazas públicas, como un espacio abierto rodeado de galerías, con retiros donde hay boxes de diferentes tamaños, que pueden ser de 3 por 3 metros, para prestadores de servicios, artesanos, arregladores de cosas, con mucho espacio abierto y con estacionamiento para mejorar la accesibilidad. Y es fundamental que llegue y brinde un buen servicio el transporte público. Y, después del horario de trabajo, en ese lugar se pueden realizar fiestas, bailes, cumpleaños, o manifestaciones artísticas. Eso debe contar con un equipamiento público potente. Algo similar ya se hizo en Guadalajara (México), en un supermercado que había quebrado, la Municipalidad compró y estableció estos lineamientos. Lo mejor que consigue es una permeabilidad directa entre lo público y lo privado, de la vereda al interior, sin barreras. Ese tipo de equipamiento ennoblece, crea lo que hace falta, que es el trabajo, la educación, la capacitación, y las manifestaciones culturales. Es una forma de mantener viva a la ciudad.
—En seguridad, ¿cómo deben ser los gestos de abordaje?
—Dentro de las villas, hay que mostrarle a la gente que no se trabaja solo sobre planos represivos. Debe ser un plan propositivo, que sostenga una intervención consistente del Estado, que le haga entender a la gente que se le van a mejorar las condiciones de vida. En esas intervenciones, los elementos más importantes son la salud, que es una cuestión central, y el trabajo. Hay que tener en claro los acercamientos a través de esos ejes. Una buena forma de abordaje son las propias obras de urbanización, que emplean mucha mano de obra. Recuerdo que, en un trabajo nuestro, en la época de (los ex presidentes) Lula (Da Silva) y Dilma (Rousseff) en Brasil, trabajaron 5 mil hombres y 5 mil mujeres, con cartera de trabajo firmada durante 4 años. Eso produjo un movimiento económico inmenso en esa comunidad y en todo su entorno. Fue una gran experiencia que se puede tomar como referencia.
“No hay más modelos de ciudad”
De acuerdo a la óptica de Jáuregui, las consecuencias de las restricciones sanitarias por el coronavirus tuvieron efectos devastadores sobre los modelos de ciudad que se venían impulsando. “Después de la pandemia, caducaron todos. No hay más modelos de ciudad”. Así define este especialista esta etapa de incertidumbre y de nuevas búsquedas en el urbanismo internacional.
—¿Hacia dónde apuntan esas búsquedas?
—Hoy se busca una ciudad densa, compacta, y conectiva. Esto se está dando en América Latina y en todo el planeta. Fundamentalmente densa, porque la densidad sirve para reducir costos de infraestructura, y además propicia un mayor contacto entre las personas. Y es mucho mejor vivir de esa manera, porque se pueden obtener más oportunidades urbanas y sociales. Más lejos, tanto los ricos como los pobres, todos tienen menos oportunidades. ¿Qué se puede hacer en un barrio cerrado? Nada… ¿Qué se puede hacer en una villa? Nada… Entonces, aparecen muchos problemas y también los imaginarios negativos. Todos los programas públicos deben contribuir para destruir esos imaginarios negativos.
—¿Cómo se combaten esos imaginarios negativos?
—Hay que permitir y estimular la posibilidad de la convivencia de las diferencias. Hay que contribuir para generar más intercambio entre esas diferencias, y desde ahí evolucionar como sociedad. No me gusta usar las palabras
—¿Hay muchos lugares desaprovechados dentro de las ciudades?
—Absolutamente. En las ciudades hay muchos que son yuyales, nada más. Sería mejor que se permitiera plantar en esos sectores. Además, eso acercaría mucho más el productor al consumidor. Pero para eso es fundamental que el poder público tenga poder de convocatoria y logre articular con los propietarios para conseguir una cesión de derechos por 4 o 5 años, con la posibilidad de renovación.
—¿Cómo se pueden promover esas instancias de acceso?
—Ahora también se habla mucho de la creación de “bancos de tierra”. Para que las ciudades puedan planear su futuro, anticipando, adquiriendo, se negocia con el inversor privado la cesión de un porcentaje de lo que se va a producir para el Estado, en sus tres niveles.
—¿Hay modelos de ciudad que se puedan tomar como referencia?
—Después de la pandemia, caducaron todos los modelos de ciudad. No hay más modelos de ciudad. Tampoco se puede tener en cuenta que plantean los europeos, porque puede sonar muy bonito, pero es impracticable en una favela o en una villa. Es imposible. La teoría de los 15 minutos puede plantearse en la zona central de una ciudad, pero no fuera de ella. En este momento, la única referencia válida sigue siendo la ciudad europea nórdica, donde se plantea una ciudad de transporte público, de la bicicleta, donde el auto está muy controlado, con árboles, caminable, y con habitación en un centro multifuncional. Apunta a un concepto habitable.
—¿Cómo definiría este momento en el urbanismo?
—Ahora, todos estamos pensando para dónde podemos y queremos ir. Bajo mi mirada, hay que ir a una ciudad densa, compacta y conectiva, conectada en todas sus partes, que articule lo macro con lo micro. Es decir, lo general, lo pesado y lo infraestructural, con crear las condiciones amistosas para habitar y transiciones suaves de adentro hacia afuera. Evidentemente, la pandemia expuso muchas cosas que todavía deben ser resueltas, tanto en la célula individual como en el espacio compartido. Hoy todo es replanteo.
—¿Cómo ve desde su perspectiva los intentos de reactivación del centro que está impulsando la Municipalidad de Rosario?
—Hoy, pasar por La Favorita da pena. Es una lástima verla así, con una fachada negra, opaca, odiosa, porque una cortina de hierro es una cosa odiosa. Pero es bueno que el Estado tome consciencia de las necesidades y los problemas que enfrenta el centro de Rosario. Río de Janeiro tiene un problema similar, de noche está muerto y están intentando llevar uso residencial al centro. En ese marco, el Estado recupera el espacio público, las calles, las veredas y las plazas, y las renueva. Mientras que los privados hacen la parte habitacional. En ese sentido, es importante llevar jóvenes y también que represente un mix social, de diferentes rangos socioeconómicos. Una parte debe estar destinada para interés social, que permita una convivencia en las diferencias. Eso es la terapéutica de la política, como lo plantea el filósofo francés Jacques Derrida. Decirlo es fácil, pero hacerlo es realmente muy difícil. Para eso hay que tener una política fina, muy aceitada, sutil, elaborada, y no pensada solo en el corto plazo, en el ciclo de mandato de un solo gobierno. Debe ser algo que pueda ser continuado por gobernantes de todos los colores políticos.
—¿Cómo atraviesa la inseguridad esta problemática urbana?
—En el centro de Rosario noté de noche agujeros negros, sin iluminación. Eso genera una inseguridad que atenta contra cualquier intervención o plan. Hay que formalizar la iluminación, que las veredas sean caminables, poner más vegetación para proteger del sol al que camina en verano. También debe haber diversidad de usos, con muchos locales que estén abiertos las 24 horas, con agentes de seguridad que caminen sin armas. Sin dudas, revivir el centro es una demanda en todas las principales ciudades de América Latina.
—¿Qué rol juega el transporte público?
—En el urbanismo social hay un eje fundamental que debe funcionar con el foco puesto en el transporte público y en las economías populares. Desde ahí, hay muchas cosas para trabajar y articular entre ellos, pero no deben pensarse como algo separado. Tiene que haber buena coordinación entre ellos para evitar superposiciones y dispersión de acciones y fuerzas. Y, sobre todo, entender que hay una dirección común que debe responder al tipo de ciudad que se apunta. En ese mismo sentido, yo creo que en Latinoamérica y sobre todo en Argentina que es dominantemente plana, la necesidad del tren es crucial. Hay que retomarlo inmediatamente y plantear transporte público a través de un tren, que debe ser eficiente, más barato, cumplir horarios, y no tiene que contaminar. El abandono del tren fue un error garrafal.