Martes 01 de Noviembre de 2022
En la caja de Pandora se encontraba oculta la esperanza, que es un anhelo positivo de buenaventura, pero también un sabor amargo porque es una espera interminable. Las elecciones presidenciales de 2022 en Brasil no solo se han hecho esperar en su resolución, sino también son el escenario de deseos encontrados: por un lado, la de los sectores que votaron por Luiz Inácio Lula Da Silva, que esperaban que el amor venza al miedo; y, por el otro, la de los seguidores de Jair Bolsonaro, que esperaban que la verdad desarraigue la mentira.
En la primera vuelta realizada a principios de octubre, Lula aventajó en seis millones de votos a Bolsonaro, con una participación electoral que rondaba el 79 por ciento de la población. Sin embargo, en el segundo turno del 30 de octubre el resultado fue extremadamente ajustado, con un Lula que se impuso escasamente con el 50,90 por ciento de los votos. Luego de una jornada electoral en la que reinó la tensión, desde las denuncias por el accionar de la Policía hasta una carga de los votos que mantuvo a Bolsonaro en la delantera hasta que fuera ingresado el 65 por ciento de los votos, en el primer discurso como presidente electo Lula abandonó el traje del fervor electoral para colocarse -una vez más- el frac de estadista (¿popular o populista?) y convocar al pueblo brasileño bajo una misma bandera.
Ahora bien, qué elementos se desprenden del resultado definitivo del segundo turno en términos socio políticos. En primer lugar, que la paridad de ambas fuerzas da cuenta de la profunda polarización que promete quedarse en la próxima década. En segundo lugar, que las dos cosmovisiones y formas de vida que se enfrentaban fueron productivas electoralmente para construir su propia auto verdad -por no poder hacer de las fake news su forma de vida- dando muestras claras que la política brasileña contemporánea se dirime ajena a la veracidad y próxima a lo convincente que pueda ser un mensaje en las redes sociales. En tercer lugar, que esta radicalidad entre ambos contendientes y fuerzas políticas imposibilitó -y lo seguirá haciendo en el futuro- cualquier tipo de diálogo con el “otro” que no fuera la negación y aversión al antagonista, lo cual abre a futuro un preocupante interrogante sobre los niveles de violencia política y la tolerancia. En cuarto lugar, que el futuro cercano de la política brasileña está en vilo, especialmente frente a las efervescencias del bolsonarismo -tal vez buscando tomar su propio Capitolio o chapotear en el Río Tieté de San Pablo a falta de su propio Rubicón- y los bríos de la centroizquierda pretendiendo ser el adalid moral de la victoria, pero alejado de la productividad social de la transformación social.
Sin embargo, uno de los elementos tranquilizadores -al menos coyunturalmente- es que el resultado electoral vino a ofrecer un desenlace a varias semanas de incertidumbre, al punto tal que en los días previos a la elección las encuestadoras -como DataFolha e IPESPE- incluyeron el resultado en el vórtice inexplicable del “empate técnico” porque la distancia entre ambos estaba dentro del margen de error de sus mediciones. Ello se debe en gran medida a la ampliación de los apoyos sociales, políticos y culturales que ambos contendientes salieron a “pescar” entre el primer y segundo turno.
En el caso de Lula, consiguió el apoyo de la candidata Simone Tebet del MDB que obtuvo el 4,16 por ciento y Ciro Gomes del PDT que consiguió el 3,0 por ciento, pero también de una plétora de artistas como Caetano Veloso, Chico Buarque, Daniela Mercury, entre otros. Lo llamativo en su caso, fue el desapego a “arañar” votos dentro del grupo de los evangélicos al faltar al debate organizado por las redes SBT y Récord con gran ascendencia en estos sectores. En el caso de Bolsonaro, consiguió que el gobernador electo de Mina Gerais (Romeu Zema, del Partido Novo) le brindara su apoyo, así como también un sinnúmero de cantantes de Sertanejo y jugadores de futbol como Neymar, Ronaldinho Gaúcho, Romario, Rivaldo, entre otros. En su caso, claramente contó con el apoyo abierto y furioso de los pastores y feligreses de las grandes Iglesias (evangélicos y católicos).
Otro factor de la incertidumbre en torno al resultado -y su devenir- radicó en el tipo de campaña que se vivenció. Cabe señalar que luego de la contienda de 2018, el Tribunal Superior Electoral (TSE) emprendió una guerra abierta contra las Fake news, sin embargo esto no obturó que la de 2022 fuera la campaña más sucia de la que se tiene registro, ya que el bolsonarismo no escatimó en acusar a Lula de satanismo, impotente sexual o amigo de narcotraficantes; y, por su parte, el lulismo tildó a Bolsonaro de caníbal y pedófilo.
Los denodados esfuerzos del Tribunal Superior Electoral (TSE) no lograron detener la batalla abierta y encarnizada de desinformación en las redes, donde el bolsonarismo conoce todos los ardides y estratagemas para ensuciar a sus opositores; y los seguidores de Lula confían en los discursos moralizantes de la ética política como contraveneno. A la postre, esta batalla en el lodo electoral da la pauta de la ausencia de propuestas de campañas, la construcción de auto verdades a medida de cada bando electoral y los elevados niveles de violencia política (tanto discursiva como física, evidente en la balacera para aprender al ex candidato Roberto Jefferson del PTB o la enorme secuencia de actos de violencia interpersonal por razones político partidarias).
Inclusive, la batalla por lo que es verdad o mentira fue el gran articulador de los principales debates televisivos entre Bolsonaro y Lula. Allí, Bolsonaro tildó sistemáticamente a Lula de mentiroso y ladrón en relación a los casos de corrupción. Por su parte, Lula embistió reiteradamente contra Bolsonaro porque le mintió al pueblo brasileño durante la pandemia y dejó morir una parte de la ciudadanía por descreer del COVID-19 y del efecto de la pandemia. Es decir, la reiterada y virulenta utilización del adjetivo “mentiroso” fue el síntoma de una necesidad de fortalecer un relato a medida para sus tropas electorales y la radicalización de una frontera con el antagonista (o muchas veces enemigo político).
Ahora bien, el resultado electoral: ¿es lo suficientemente contundente como para ofrecer el anverso a la incertidumbre contemporánea de la política brasileña? Es decir, la victoria de Lula permite avizorar un futuro de estabilidad que ponga fin al ciclo de crisis y polarización política que se remonta al cataclismo del PT entre 2013–2015, la incorrección política de Bolsonaro en el 2019, la estrategia del oficialismo de fungir como bombero piromaníaco durante la pandemia en el 2020–2022 y los niveles de violencia política vivenciados en la actual contienda electoral?
Claramente la respuesta es “no”, por múltiples motivos: en primer lugar, porque el bolsonarismo creció de forma inusitada en todo el ciclo electoral, mostrando su vigencia, potencia y esplendor en la zona sur/sudeste del país donde se encuentra la población blanca y rica; por ello, los gobernadores de los principales estados brasileños -especialmente Rio de Janeiro y San Pablo- van a ser figuras de veto importantes.
En segundo lugar, porque el bolsonarismo es la primer mayoría articulada en el Congreso, lo cual los posiciona como un opositor acérrimo ante cualquier iniciativa del binomio Luiz Inácio Lula Da Silva-Geraldo Alckmin de mover la política a un status quo ante; pero también, porque para tener algún atisbo de gobernabilidad democrática -y supervivencia frente a un eventual pedido de Juicio Político- el gobierno electo tendrá que llegar a buen puerto con el Centrão, una plétora mayoritaria de legisladores volubles y pragmáticos que suele estar con los gobiernos, pero flirtean siempre con el mejor postor o los marajá de turno.
En tercer lugar, porque el bolsonarismo se ha configurado en una fuerza de temer, tanto por su peso electoral, legislativo, estadual, o digital, pero sobre todo porque ingresa en un espiral de incertidumbre -ya sin Bolsonaro como único líder convocante- que puede avivar el fuego de las posiciones más radicales e iliberales a las del ex paracaidista y actual presidente de Brasil.
En cuarto lugar, porque el llamado de Lula a volver a un Brasil moderado y cordial convive con un pueblo envalentonado por recuperar la bandera brasileña y, por ende, abriendo la antesala a una evocación populista por el lado de la demanda, que rápidamente puede caer en la desesperanza frente a una célere velocidad del cambio que el gobierno del petista no va a tener; ello obedece, no solo a la dificultad de conseguir ampliar su mayoría en el Congreso, sino más bien a la compleja y difícil tarea de mantener la cohesión de su alianza de gobierno, para lo cual el reparto de cargos, ministerios y lugares de la máquina burocrática brasileña va a ser trascendental.
En quinto lugar, la incertidumbre continuará durante los próximos años, porque el gobierno de Lula tiene fecha de cierre -el propio ex sindicalista ya anunció que no competirá a la reelección- con lo cual la carrera por la herencia del lulismo y su liderazgo va a ser una tarea que va a fagocitar muchas figuras cercanas al presidente, produciendo una vez más la zozobra interna y externa del PT como mascarón de proa de la centro izquierda brasileña.
En sexto lugar, la incertidumbre habrá de mantenerse en la política brasileña hasta ver cómo reacciona la economía, ya que resta por ver la mano presidencial para encender el motor del crecimiento y utilizar a su favor un contexto internacional desfavorable por la guerra y las herencias de la pandemia.
"Encuentro hoy con un amigo @alferdez . La nación argentina es un país hermano y estoy feliz de que volvamos a tener amistad. Fortalezcamos nuestra cooperación por un mejor futuro para nuestra gente", publicó Luiz Inácio Lula Da Silva en su cuenta de twitter ante la visita del presidente argentino, Alberto Fernández.
“Envío mis felicitaciones a Luiz Inácio Lula da Silva por su elección para ser el próximo presidente de Brasil luego de elecciones libres, justas y creíbles. Espero trabajar juntos para continuar la cooperación entre nuestros dos países en los próximos meses y años”, traducción del tuit de Joe Biden, presidente de EEUU.
“Felicidades, querido @LulaOficial , por tu elección que abre una nueva página en la historia de Brasil. Juntos, uniremos fuerzas para enfrentar los muchos desafíos comunes y renovar el vínculo de amistad entre nuestros dos países”, traducción del tuit de Emmanuel Macron.
En definitiva, el Brasil urgente ya eligió a Lula Presidente y, por ende, la esperanza ya venció al miedo. Solo resta saber si el Lula lá (Lula ahí) en el Planalto es suficiente para que brille y encienda la esperanza para un Brasil sin hambre. Una vez más, al abrir la caja de Pandora de la política brasileña -especialmente tras una de las administraciones más perniciosas para la democracia brasileña contemporánea como es la de Bolsonaro- encuentra el mensaje de la esperanza, esa mixtura agridulce de deseo y espera.
(*) Juan Bautista Lucca es cientista político, profesor de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR, investigador del CONICET e integra el Centro de Estudios Comparados de la FCPolit…