Miércoles 10 de Noviembre de 2021
Un poeta alto con el pelo blanco y un jopo camina hacia el escenario del Anfiteatro del Parque España de Rosario. Tiene unos tacos altos, muy altos. Tambalea un poco y necesita ayuda. Le toma la mano a Cristian Molina y llega hasta el sofá celeste que le da la espalda al río Paraná. Es la noche de cierre del 29° Festival Internacional de Poesía Rosario (Fipr). El viento frío desafía todos los imaginarios de la primavera calurosa pero no desalienta al público, que es variado como la noche de cierre: poetas locales y visitantes, seguidores de Pablo Dacal, habitués del festival, transeúntes curiosos y fans de la banda de cumbia santafesina La Vanidosa.
Hoy comienza aquí una vez más
Hola Susana
aplaudan todos, comienza la fiesta
ya llega Susana a la televisión.
Ferny Kosiak canta y baila su poema Éramos tan pobres y todo el mundo canta con él. Hay risas y poesía para todas y todos.
La escena es la literalidad del lema "Poesía en las orillas", elegido para la última edición del festival que del 1º al 7 de noviembre pasó por Plataforma Lavardén, el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa, el anfiteatro del Centro Cultural Parque de España, la Biblioteca Pública José Manuel Estrada, la Unidad penitenciaria III, el Espacio Cultural Universitario, la Biblioteca Argentina Dr. Juan Álvarez, Casa Arijón y la Vecinal de barrio Rucci. La organización estuvo a cargo del Gobierno de Santa Fe, la Municipalidad de Rosario y el Centro Cultural Parque de España.
El interés estaba claro y la diferencia con 2020 también: había que aportar al vínculo con la comunidad, apostar por el reencuentro. “Nuestra idea era que el lema se sienta en el cuerpo, había que salir a la calle”, explica Alejandra Méndez, poeta, productora cultural y curadora del festival junto al escritor, investigador y docente Cristian Molina.
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Son las seis de la tarde del penúltimo día del Fipr. En el Centro Cultural Parque de España, entre charlas, presentaciones de libros, interrupciones y saludos de gente que recién llega, Méndez y Molina conversan con La Capital sobre el desafío de organizar un festival de poesía. Es la primera vez que los invitan a hacerlo y encararon la tarea con el reto de la presencialidad luego de la edición íntegramente digital de 2020.
–Comenzamos con el armado cuando los tiempos de la pandemia todavía eran sin presencialidad; estábamos en proceso de vacunación y sabíamos que íbamos a tener que lidiar con ciertas dificultades—dice Molina y mira de reojo los ingresos al túnel 4 atento al curso de las actividades.
En total hubo 36 invitadas e invitados. Ante la incertidumbre de no saber cómo iban a llegar a septiembre tomaron la decisión de que los 11 poetas internacionales participaran a la distancia. Pero las lecturas no fueron solo virtuales: desde lejos interactuaban a través de la pantalla con las presenciales. A nivel nacional, invitaron a 25 poetas de todo el país, con particular atención al Litoral y a una agenda federal y disidente. Hubo que tener mucha creatividad para repensar todo, constantemente, hasta último momento.
Entre los poetas que participaron estuvieron David Chulque, Marianela Luna, Matias Romaguera, Lila Siegrist, Marta Ortiz; los invitados e invitadas nacionales fueron Diego Capusotto, María Belén Sánchez, Gabriela Schuhmacher, Mateo Diosque, Juan Fernando García, Dafne Pidemunt, Silvina Giaganti, Elisabeth Soto, Diego Suárez, Carina Rita Medina, Zunilda Gaite, Leko Zamora y Daniela Bastías, entre otros, y de Paraguay Susy Delgado, de Brasil Sergio Vaz, de Cuba Eudris Planche Savín, de Bolivia Valeria Sandi Peña, de Mozambique Amosse Mucavele, de Italia Francesca Serragnoli, de México Lía García, de Estados Unidos Rosa Alcalá, de Chile Julieta Marchant y David Aniñir Guilitrato y de España Verónica Aranda y Erika Martínez.
El festival tuvo mesas de lecturas, trasnoches, talleres, entrevistas, presentaciones de libros, ferias de editoriales, muestras, homenajes, performances y conciertos musicales y poéticos.
Una de las novedades de la agenda fueron las intervenciones como "La vidriera de la poesía", lecturas que irrumpieron en la peatonal presentando a las y los poetas desde las vidrieras de La Favorita o de Sedería Eiffel, corazón del microcentro rosarino. Otra nueva fue la apertura de la votación al público para que sea parte de la selección de invitados del año que viene. Y la gente eligió: Luciano Trangoni, en la categoría de invitado local; Marisol Santos, chubutense que ganó la categoría de poeta nacional; y Gabriela Albuquerque, joven escritora brasileña que fue la ganadora internacional.
Una pregunta política
Molina y Méndez partieron de la pregunta más elemental y difícil para tramar uno de los festivales literarios más importantes del país: ¿qué es la poesía?
—No queríamos dejar que haya una única idea de poesía en la calle—dice Molina—. Entonces el desafío fue traer nuevamente la poesía de los márgenes, de las disidencias sexoafectivas que están transformando ciertas concepciones poéticas que han sido hegemónicas de la clase media. Y al mismo tiempo, mostrar una tensión entre tradición y esto nuevo que está emergiendo. Pensar en esos bordes, en esos contactos, en la orilla.
—Y a esa pregunta se le suma otra —responde Ale Méndez— ¿Quiénes son las y los poetas? Tenemos una preocupación real por la no categorización. Porque aparecen ciertos discursos que simulan que no excluyen pero sí lo hacen; queríamos una inclusión real.
A Molina la pregunta sobre qué son los poetas le queda dando vueltas. El deseo de la conversación y la reflexión sobre el festival gana al cansancio de los días de organización. Porque hacer un festival es también eso: reflexionar sobre los festivales, sobre la poesía, sobre el trabajo de escribir.
—Son trabajadores, gente como cualquiera, con un oficio que es el de escribir poemas. Eso es lo único que quizás los singularice.
Por los que ya no están
En 2020 el festival de la pandemia sumó entre las actividades virtuales el homenaje a los poetas que pasaron por las distintas ediciones y que hoy ya no están. A los curadores de este año les parecía que era algo que tenía que continuar.
—Tamara Kamenszain pasó por este festival y tenía un vínculo muy fuerte con la ciudad, al igual que Alejandro Schmidt, y por supuesto Palo Pandolfo fue parte fundamental, participó leyendo sus poemas— cuenta Molina.
En esos homenajes hubo una reivindicación de la amistad, algo crucial en los festivales. Porque detrás de las charlas, las lecturas, los talleres y clínicas, detrás de los grandes nombres, los festivales son, sobre todo, un lugar de gestión de vínculos, encuentros y reencuentros.
El homenaje de este año incluyó a las y los poetas de Rosario fallecidos desde el retorno de la democracia. En pasaje Simeoni al 1100 colocaron una placa recordatoria con los nombres de Omar Aguiar, Rogelio Barufaldi, Jorge Alberto Bodnar, Orlando F. Calgaro, Guillermo Colussi, Sonia Contardi, Armando del Fabbro, Dora Norma Filiau, David Alberto Fuks, Enrique Diego Gallego, Francisco Gandolfo, Edmundo García Caffarena, Daniel Giribaldi, Guillermo Ibáñez, Juan Bernardo Iturraspe, Alberto Lagunas, Horacio José Lencina, Aisick Liubaro, Lina Macho Vidal, Facundo Marull, Aldo Oliva, Héctor Roberto Paruzzo, Mirta Rosenberg, Edelweiss Serra, Armando Raúl Santillán, Rubén Sevlever, Fabricio Simeoni, Elena Siró, Fernando Toloza, Reynaldo Uribe, Beatriz Vallejos, Alberto C. Vila Ortiz, Edgardo Zotto, Hugo Padeletti, Gilda Di Crosta, Ulises Oliva, Cachilo y Clara Rebotaro.
Un archivo del festival
—Poetas del mundo, si traen en la palma de la mano una pluma de sol, están en mi corazón. Bienvenidos a Rosario, ciudad de mi amor.
La poeta Beatriz Vallejos habla con ternura a sus casi ochenta años al comienzo de su lectura en la edición del festival del año 2001. El video es parte del archivo que fue incluido en las lecturas digitales del año pasado. El impacto fue grande.
A casi tres décadas de la primera edición del festival es posible trazar un mapa inmenso de la poesía contemporánea nacional e internacional tan solo rastreando el paso de poetas por el festival. Ese rastro no siempre es visible o, mejor dicho, no siempre es fácil de ver. Para construir un archivo este año se firmó un acta acuerdo con el Instituto de Estudio Crítico de Humanidades (IECH-UNR-CONICET) que va a trabajar con el fondo documental del festival. “El festival no es solamente este compartir de los poetas”, dice Carla Saccani, directora provincial de Programas Socioculturales Rosario y agrega: “También es una parte de la historia del pueblo argentino que tiene que ponerse en valor desde las instituciones que con distinto signo político lo llevan adelante año a año”.
Una fuerza en común
El poeta y docente Tomás Boasso está parado, apoyado sobre una de las barandas que da al río en el parque España. Habla con amigas y amigos. A pocos metros la gente recorre la feria que reúne a casi cincuenta sellos editoriales de todo el país. Lleva en las manos algunos libros, se asoma entre ellos En la música vamos, la poesía reunida de Andy Nachón, una de las invitadas de este año. Tomás fue, junto a Maia Morosano, coordinador de la residencia Fipr, destinada a jóvenes del Cono Sur de habla española de entre 18 y 25 años.
La residencia es tal vez una de las experiencias más transformadoras del festival. La primera fue en 2017 y hasta 2019 veinte jóvenes de Sudamérica y de todo el país desbordaban la ciudad, recorrían los bares, vivían en comunidad durante una semana. En la edición 2021 la organización recibió más de 100 propuestas de todo Latinoamérica y seleccionó a 15 personas para vivirla, esta vez, de manera virtual. Tuvieron talleres de formación continua e intensiva durante toda la semana, cinco horas por día, con docentes de lujo. Daniel Duránd dio uno sobre construcción de imagen, escenario e iluminación, Andy Nachón se dedicó al ritmo y sentido, Naty Menstrual estuvo a cargo de una conversación basada en la identidad (Lo que no hablamos), y la poeta Nadia Prado se adentró en la intersección entre poesía y filosofía con el taller El carácter destructivo de la poesía.
Dice Tomás:
—Pude reconocer en estos jóvenes una misma fuerza en común. Algo tiene que ver con estar haciendo algo, no solos, sino con otro al lado. Cada uno con su gusto, con su estética, con su historia, con su imaginario, con sus maneras de vivir. En estos encuentros no solo terminan aprendiendo de toda la data de las y los profes, sino que el máximo aprendizaje es con los pares.
El festival como espacio de formación
Los talleres del festival fueron pensados desde la idea de los cruces. Es en las orillas, en el contacto de las distintas materialidades, donde las disciplinas se difuminan. Hubo cuatro: Poesía y performance, a cargo de Tálata Rodríguez, Poesía y dibujo, con Sara Bosoer, Poesía y collage, de Ana Porrúa, y la Clínica de poesía, con Marcelo Díaz. Tuvieron una convocatoria de más de sesenta personas de todas las edades.
El festival que sale
A pesar de que la pandemia planteó un escenario donde el cruce con instituciones no iba a ser posible, a último momento pudieron sumarse experiencias como el encuentro con jóvenes del proyecto Luces y del Bachillerato de la Nueva Oportunidad Zona Oeste en la Biblioteca Argentina, del que participaron los poetas Mara Oviedo, el Colo Romaguera, Elizabeth Soto y Mateo Diosque. También estuvo la visita al taller literario de la Unidad Penitenciaria III, ¡A ningún lado ya!, que articulan la Biblioteca Argentina, la UNR y el colectivo La Bemba del Sur. El taller es coordinado por Carla Rivero, Natalia Page e Ignacio Benítez y recibió a los poetas Marianela Luna, David Chulque y Florencia Giusti.
Benítez cuenta que en el lugar de formación en la cárcel producen textos y leen a distintos autores. Una vez al mes, la Biblioteca Argentina acerca a artistas para realizar dinámicas. Por allí pasaron músicos como Germán Roffler y el grupo teatral Rosario Imagina con su obra El arbolito rojo, en su función número 80. Los poetas invitados se sumaron a charlar sobre literatura y a producir un poema colectivo, que tuvo como premisa el lema "Poesía en las orillas".
Lo previo no resuelve el horizonte
La orilla es descanso y oleaje,
la cruzo a nado, tratando de matar penas.
Orilla tímida que revela lo impúdico de lo visible.
sábalo a la pizza ja, ja, ja
cruzar la orilla de una reja al ritmo de lo que avanza y se deja atrás.
Puedo hacer algo en el borde, vos y yo somos el mismo río.
No estaba tan lejos la orilla de mi mundo.
Bebemos las costas, esa sonrisa que se dibuja en mi cara cada vez que la brisa te hace bailar el pelo.
...
El patio de los cipreses se va llenando de gente que entra y sale de las mesas de lectura, que pispea qué está pasando. En el encuentro se ven saludos a lo lejos que terminan en un abrazo que va escalando. Empieza con ese tanteo hasta ver si la otra persona quiere o no recibirlo hasta que el abrazo vence al miedo del año y medio de pandemia. El poeta Eduardo D’Anna se acerca y se queja de que no hay un bar cerca, la gente quiere hablar con Cristian, con Alejandra, ellos son verdaderos anfitriones.
—Para mí es hermoso —cuenta Méndez—. Decía la otra vez jodiendo y en serio que es como un premio, un verdadero reconocimiento estar en la curaduría. Como gestora y agitadora cultural es llegar a un espacio de reconocimiento.
—He sido crítico del festival en otros momentos también y tenía ciertas inquietudes que me parecían interesantes, cosas que se podían hacer en el festival y muchas de esas las pudimos materializar. Falta todavía seguir trabajando con algunas cuestiones. Es hacer realidad un sueño y poder intervenir esa institución que es el festival mismo —suma Molina.
Los dos hablan de la emoción que los atravesó estos días, los momentos en que en el medio de la vorágine cruzaron miradas y se dijeron sin hablar que no podían creer lo que estaban viviendo.
—Uno fue en el barrio Rucci que nos largamos a llorar. La memorabilia fue muy emocionante ver ahí a los familiares y amigos de los poetas.
—La emoción también estuvo en los encuentros con amigos que no veía desde la pandemia. Esa fue para ellos la señal de que estaban volviendo a encontrarse y abrazarse.
…
Son las diez de la noche del sábado 6 de noviembre y el Anfiteatro del Centro Cultural Parque de España está lleno. La gente deja sus asientos y se acerca al escenario a bailar el arsenal de cumbia que propone La Vanidosa. Antes, Tálata Rodríguez hizo una performance con participación de quienes asistieron a su taller. Antes, Pablo Dacal homenajeó a su amigo Palo Pandolfo tocando sus canciones. Antes, poetas recitaron, caminaron el escenario, cantaron. Después, ya desde Paraná, el entrerriano Ferny Kosiak repasa su semana en Rosario.
—Pienso que una ciudad que está intervenida por poesía es maravillosa desde lo simbólico de lo que es el festival, hasta las acciones como volver al registro de los casi treinta festivales donde ha pasado tanta gente. O el hecho, por ejemplo, de colocar una placa y decir estos son los poetas que hemos perdido en estas décadas; me parece bello, inteligente, amable en todos los sentidos. Es el mejor festival de poesía del país. Me volví totalmente inyectado.
A Anabel Martin, poeta de la ciudad que participó en la edición 2020, lo que le gusta del corazón del festival es "la confirmación de no estar solos, de sentir que estamos contentos, estamos festejando algo que un poco hacemos todas y todos". Lo dice mientras envía stickers de manera compulsiva al celular de Tálata Rodríguez. Sentada entre el público del Anfiteatro, los mensajes que manda suenan como elementos clave de la performance que transcurre en el escenario. La poeta y crítica de arte Beatriz Vignoli baila cumbia junto a amigos. Se acerca a Cristian y a Alejandra y les dice con alegría y convicción que volvió la fiesta al festival.
