Miércoles 23 de Febrero de 2022
La boca cumple un enorme papel…
No era Pichón Garay ni Lalo Lescano ni Tomatis ni Barco ni el Gallego del bar, aunque caminaba siempre hacia un mismo café en el centro de la ciudad donde tomaba vino. La mesa, al lado de la vidriera era entre todos, el mejor lugar[1]. Era la tardecita otra vez. La misma vez. No usaba reloj. El sol ascendía y desaparecía tras el edificio del frente. Era tiempo de irse. Lo sabía. Alguna vez lo había visto desde lejos, desde el fondo, probablemente, o desde el principio y entonces lo percibía como instante vivo. No era más que recuerdos que le venían una y otra vez como ideas en el gigante ojo vivo de Aldebarán donde la calle Santa Fe de entonces se abría como el Lago del Averno[2]. Uno de sus dedos repasó el contorno del vaso sin nada. Imaginó uvas rojas que caían en racimos y explotaban dulces y tenuemente picantes dentro del recipiente de vidrio. El astro cayó en bola roja sobre el río sin orillas. Otra vez lo advirtió como recuerdo pero esta vez fue más nítido. Dejó el dinero debajo del vaso y salió. Vio una sombra. Apenas. Era su figura proyectada sobre una vidriera. El sobretodo negro le cubría hasta las rodillas y en una de las manos llevaba un libro. Caminó tambaleante por la vereda angosta de la calle Entre Ríos mientras le retumbaba en el oído la palabra "patria" porque estaba escribiendo unos versos para el General Belgrano. Pensó que el bar era su tierra natal y recordó otra vez el vaso de vino medio lleno que la mano negligentemente toca mientras la cabeza piensa las coordenadas estelares de sus poemas. Supuso que su amigo estaría escribiendo ya una nueva novela. Pensó que tal vez se daría una vuelta para fin de año. Su vaso seguía esperándolo, idéntico, en el mismo lugar. Tenía la percepción de no ser más que una excusa para dar vueltas sobre una voz que no es más que recuerdos. Rememoró aquel árbol en el centro del patio. No era un limonero. Era una vid. Vio sus frutos en los diferentes estadios hasta llegar al cáliz. Ahora visualizó otra vez el cristal y percibió un intenso aroma a frutos rojos, ciruelas pasas, tabaco y regaliz. El vino en el mismo vaso mutaba como en una vuelta eterna. Ahora estaba lleno. Ahora, medio. Ahora, vacío. Ahora otra vez completo…No caminaba por Santa Fe sino por Rosario. Se apuró. Llegaba tarde a la clase de literatura. El vino estaba haciendo efecto y recordó otro y otro vaso igual. Lleno, medio lleno, vacío, y otra y otra vuelta de botella sin punto final. La vid. La vida. Su forma. Eso era todo. Llegó hasta la escalera y entró a la Facultad. Cruzó lento el patio. Se paró para observar el rectángulo de cielo que se recortaba desde la vista que ofrecía el espacio abierto. Vio una nube, apenas, o la imaginó. Pensó en la bandera y en el poema que interrumpió. Se apuró. Entró al aula. Lo esperaba un grupo numeroso de estudiantes. Creyó reconocer un rostro entre la multitud. En un segundo súbito, rápido, resonando más intenso todavía que el propio silencio[3] la boca comenzó a moverse. Recitó varios cantos de la Divina Comedia de memoria. Uno tras otro. En italiano. "Tu se’ lo mio maestro e ‘l mio autore”[4]. Eso fue todo. Se retiró. Un aplauso resonó en el aula, las salas contiguas y llegó hasta el patio. Caminó hacia la salida y sintió tras él rumor de pasos que había oído alguna vez. Ahora vio que el cielo estaba lleno de estrellas inmóviles brillando sobre su superficie oscura. Presintió que algo se aproximaba. Sintió un roce en la espalda. Una mano lo tomó del hombro derecho. Era él. Había venido sin ningún motivo. Salieron juntos. Caminaron a la par. Desanduvieron la calle Entre Ríos y en la esquina, el maestro se metió otra vez al bar. El turco entró tras él. No podía apartarlo de ese vicio porque de ahí nacían sus mejores creaciones. Intercambiaron algunas ideas. Era tarde y el Ehret cerraba. Juan José tenía que volver en el colectivo que salía a primera hora de la madrugada. En el viaje desde Rosario hasta Serodino escribió un poema para Aldo Oliva. La boca cumple en el vaso el mejor de sus destinos. No. Toma a sorbo lento el néctar y aspira el perfume del malbec. No. De a cortos tragos, la boca, a medida que bebe, le dicta versos a la servilleta. No. La boca cumple un enorme papel: toma / el vino tinto de a poco, a lo largo de la noche; / y devuelve, incansablemente, iluminándose, el verbo...
[1] La mayoría de las citas en cursiva fueron tomadas de El arte de narrar de Juan José Saer y preferentemente, del poema que se titula “Aldo”. Bs. As., Seix Barral, 2000, p. 15-16
[2] Cita tomada del poema I de “Epigráfica del Ehret” (1976) de Aldo Oliva. En: Poesía Completa, Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2003, p. 107.
[3] Cita extraída de “A medio borrar” de Juan José Saer. En: A medio borrar, Antología, Bs. As. Seix Barral, 2018, p. 198.
[4] Cita tomada del Canto I (“Inferno”, verso 85) de la Commedia de Dante Alighieri, Edizione di riferimento: a cura di Giorgio Petrocchi, 3 volumi, Mondadori, Milano, 1966-67.