Desventuras de una revolución precaria y su bandera
La enseña que enarboló Belgrano en Rosario el 27 de febrero de 1812 es símbolo indiscutible de la identidad nacional Pero la decisión del prócer ocurrió antes de que existieran un Estado y una Nación argentinas, y lo que simbolizó ese pabellón en los años que siguieron a la revolución de 1810 fue muy diferente a lo que entendemos hoy por la Argentina

Lunes 07 de Marzo de 2022

Hace algunos años regresábamos de nuestras vacaciones en el Noroeste con una pareja de amigos, también historiadores. Al aproximarnos a la localidad de General Güemes, nos sorprendió un cartel que anunciaba que allí había nacido la bandera nacional. Como historiadores rosarinos, nativos o por adopción, cumplimos con el deber de escandalizarnos por semejante afrenta histórica. No desconocíamos el acontecimiento que fundamentaba ese blasón. En su campaña al mando del Ejército del Norte, a la orilla del río Pasaje (hoy Juramento) que corre por allí cerca, Belgrano había hecho jurar a su tropa fidelidad a la Asamblea del Año XIII y a la bandera patria. Antes (también era muy conocido) la había hecho bendecir por el famoso padre Gorriti en la ciudad de Jujuy. Pero todo eso, coincidíamos con el pecho henchido de orgullo, había sido después de que el general, con sublime inspiración patriótica, mandara a hacer una bandera celeste y blanca, como la escarapela. Y eso había ocurrido en Rosario, el 27 de febrero de 1812. Todo el mundo lo sabe y nadie lo niega. Frente al incuestionable rigor de una cronología no había mucho que discutir, y dimos por cerrado el caso. En fin, conservé ese asunto como una anécdota divertida hasta que La Capital me invitó a escribir algo sobre la creación de la bandera.

¿Cuánto se ha escrito en Rosario sobre este tema? Mucho, muchísimo. Es lógico. Una ciudad tan importante de la Argentina merece un pasado que esté a su altura. Pero pasado, del que se recuerda en bronce, no le sobra a esta ciudad. Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, ¡incluso Santa Fe! rebosan de batallas, congresos y apellidos que llenan las páginas de los libros de historia. Aquí no había mucho para contar, hasta que en el verano de 1812 apareció Belgrano con el encargo de construir unas baterías a ambas márgenes del río Paraná. El objetivo era entorpecer, y con suerte evitar, el tránsito de la flotilla enemiga por el río Paraná, que saqueaba sus costas y obstaculizaba la comunicación del ejército patriota que sitiaba Montevideo, principal amenaza realista a Buenos Aires. Las baterías no fueron muy efectivas. Prueba de ello es que un año después San Martín protagonizó su también histórico combate de San Lorenzo para repeler un desembarco de las mismas fuerzas que los cañones de nuestro protagonista no habían podido frenar.

La revolución precaria

Pero en esas campañas militares había otras amenazas que preocupaban a Belgrano, más peligrosas que los barcos realistas, porque diezmaban las fuerzas revolucionarias por dentro y en todos los frentes de batalla: la deserción en la tropa y el recelo, cuando no la simpatía realista, en las poblaciones que atravesaban. No se trata de suposiciones. Los archivos están llenos de comunicaciones y disposiciones que muestran la magnitud del problema. En una angustiosa carta al gobierno en Buenos Aires, Belgrano informaba desde Salta que “…ni en mi camino al Rosario con el regimiento a mi cargo, ni en aquel triste pueblo…” ni en las provincias del norte había notado muestra alguna de entusiasmo, “…por el contrario, quejas, lamentos, frialdad, total indiferencia, y diré más, odio mortal.” Belgrano deseaba dejar bien claro su punto: “Créame V. E., el ejército no está en un país amigo; no hay una sola demostración que no me lo indique, ni se nota que haya un solo hombre que se una a él, no digo para servirle, ni aun para ayudarle…”.

Es que, ¿qué tenía para ofrecerle la revolución al paisano de a pie? Les hablaban de libertad y de “regeneración política”. Claro que un cambio podía resultarles interesante. Había mucho para reprochar a las autoridades coloniales. No tanto al rey, que era considerado más bien una garantía del orden divino en la tierra. Pero a cambio de esas promesas abstractas, que quién sabe cuándo llegarían, los revolucionarios pedían, o exigían, sacrificios muy concretos: los varones en edad productiva debían tomar las armas y poner en riesgo la vida, abandonar sus pueblos y familias. Las mujeres debían sostener, como podían, toda la estructura económica y familiar y, sobre llovido mojado, los ejércitos requisaban o mal compraban el ganado y la caballada.

Contra todo esto debía luchar Belgrano y lo hizo en varios frentes. Por un lado, procuró disciplinar a su ejército durante la batalla, y sobre todo en los largos días y semanas que pasaban entre un enfrentamiento y otro. Allí era cuando muchos desertaban y otros tantos se dedicaban a saquear o provocar desmanes en las poblaciones que atravesaban. También se preocupó por cambiar la mala imagen de la revolución en los pueblos del interior. Una forma era simplemente detener y desterrar a aquellos vecinos notables (o no tanto) tenidos por desafectos a la causa patriota. La otra era, para decirlo en términos modernos, la propaganda. Con buen tino, Belgrano intentó ligar la revolución a símbolos y valores que tenían gran aceptación en la sociedad colonial. Siendo él mismo muy piadoso, no dudó en consagrar la decisiva batalla de Tucumán a la Virgen de la Merced, que era una devoción muy arraigada en ese pueblo. La victoria de esa jornada pudo leerse como un gesto de aceptación de la divinidad a la causa patriota.

75402370.jpg

La creación de la bandera fue parte de esa estrategia. Se ha mencionado muchas veces que la combinación de los colores que escogió tenía una significación previa entre los habitantes de la América española. No solo coincidían con la escarapela oficializada por el Triunvirato unos días antes, sino que también el celeste y el blanco estaban asociados a la Inmaculada Concepción, devoción muy aceptada en el mundo hispano. De hecho, también esos son los colores de la orden de Carlos III, con los que fue retratado el rey y su familia en más de una ocasión. Más allá de los colores, el objeto en sí, un estandarte, puede convertirse en un aliciente para la batalla. La bandera tomada al enemigo era una muestra física de la gloria militar, un valor que hoy nos puede parecer un tanto remoto, pero que en esos años fue cobrando creciente importancia. De igual manera, defender una bandera e impedir que fuera capturada era la forma más palpable de defender el honor, no solo de la causa por la que se peleaba, sino incluso el del mismo combatiente.

En aquel triste pueblo

Si el lector llegó hasta aquí, se estará preguntando hace algunos párrafos qué tienen que ver el río Juramento o el canónigo Gorriti con todo esto. Es que nos falta un capítulo fundamental de nuestra historia. Vamos a ello.

Cuando los triunviros recibieron el oficio de Belgrano donde informaba el izamiento de la bandera, sin duda se preocuparon. Si bien un estandarte podría motivar a la tropa y quizás entusiasmar al pueblo, ¿cómo sería leído ese gesto del otro lado del Atlántico? La revolución que había comenzado en Buenos Aires rechazaba las autoridades que gobernaban en la península a nombre del rey cautivo, Fernando VII, pero no había roto con la monarquía. A fin de cuentas, nadie sabía qué ocurriría con la corona española. En 1808 Napoleón había invadido España y había forzado una serie de abdicaciones dentro de la familia real, que derivaron en la coronación de su hermano, José Bonaparte. Pero la guerra en la Península no había acabado. Los ejércitos leales a Fernando VII resistían la invasión y el final estaba abierto ¿Vencería Napoleón y José Bonaparte gobernaría sin resistencias como lugarteniente de su hermano? ¿O, por el contrario, las fuerzas españolas podrían rechazar al invasor y restaurar al “deseado” Fernando VII en el trono? Y si eso ocurría, ¿cómo gobernaría el rey a pueblos que habían encontrado la forma de defender España sin su presencia? De hecho, desde septiembre de 1810 sesionaban en Cádiz las Cortes, que se habían reunido como representación de la soberanía de la Nación española para redactar una nueva Constitución. En ellas iba ganando peso la opinión de dar forma a una nueva monarquía parlamentaria, donde el rey debería cogobernar con un cuerpo colegiado compuesto por representantes de toda la nación.

Aunque el gobierno de Buenos Aires no reconocía la autoridad de ese Congreso Constituyente, estaba expectante sobre el estatuto que adquirirían los territorios americanos en la nueva Constitución española. También miraban con mucha atención qué posición adoptaban las coronas de Gran Bretaña y Portugal en ese complejo juego de diplomacia y guerra que involucraba nada menos a que a las grandes potencias de Europa. El desafío era garantizar un futuro a esa aventura que había comenzado en mayo de 1810, sin tener la más mínima idea de cómo sería el futuro del mundo entero. Arriar la bandera real y hacer oficial una diferente sería dar, entendía el gobierno, un paso en falso. Lo más prudente era ocultar la nueva bandera y olvidar ese rapto de entusiasmo.

Afortunadamente para el Triunvirato, el hecho había ocurrido en un pequeño poblado de campaña, en el sur de la jurisdicción de Santa Fe, que no contaba con más de ochocientos habitantes en el pueblo mismo y alrededor de seis mil en el vasto espacio rural que lo rodeaba, conocido como Pago de los Arroyos. Al acto no habían concurrido autoridades importantes. Rosario contaba por ese entonces con un cura párroco, subordinado a la parroquia Matriz de Santa Fe, un alcalde de hermandad, que representaba al cabildo de esa ciudad, y autoridades militares de menor rango. No residía allí una élite económica de peso, solo algunos propietarios de tierras y comerciantes de modesta fortuna. El problema no era tan grave. De inmediato el Triunvirato ordenó a Belgrano ocultar esa bandera.

Una bandera construida en capítulos

Fue en vano. Dos meses después, en Jujuy, Belgrano la sacó nuevamente a la luz para convertirla en el centro de las celebraciones del segundo aniversario de la revolución de mayo de 1810. Para esa ocasión, ya como general del Ejército Auxiliar del Perú, Belgrano exhibió el estandarte y lo hizo bendecir por el canónigo Juan Ignacio Gorriti, miembro de la élite jujeña y parte del alto clero de la diócesis de Salta. Además, la hizo jurar por el ejército a su mando, la fuerza militar más importante del poder revolucionario rioplatense. Como todo símbolo, la bandera adquiere valor cuando forma parte de actos y rituales que están cargados de fuerza simbólica. En ese plano, la bandera cobró una fuerza que el modesto escenario de Rosario no podía darle.

¿Fue en Jujuy entonces donde la bandera creada por Belgrano se convirtió en símbolo de “una nueva y gloriosa nación”? Los vecinos de General Güemes tienen algo que objetar a esta interpretación. A pesar de todo el ritual desplegado aquel 25 de mayo de 1812, la celeste y blanca no tenía todavía el reconocimiento oficial del poder revolucionario. Recién en 1813, bajo el estímulo de un nuevo triunvirato decidido a llevar más lejos la revolución, se reunió un congreso, la Asamblea del Año XIII, que tenía el propósito de sancionar una Constitución. Aunque no alcanzó a cumplir ese objetivo, tomó una serie de medidas propias de un cuerpo plenamente soberano, entre ellas la declaración de la bandera celeste y blanca como distintivo de los ejércitos patriotas. Por eso, sostienen los que defienden esta idea, el juramento en Salta, el 13 de febrero de 1813, es el primero que le hace el ejército a la bandera, ahora sí, de la nueva nación soberana. Pero tampoco es este el fin de la historia, mal que les pese a nuestros amigos salteños. Hasta 1816, cuando fue declarada la independencia en Tucumán y se instituyó la celeste y blanca como bandera de esa nueva entidad soberana, siguió ondeando en el mástil del fuerte de Buenos Aires, sede del gobierno, el pendón real.

En fin, si volvemos al pasado olvidando por un momento todo lo que vino después, es decir, la historia de la Nación y el Estado argentinos, podemos reconstruir una historia llena de alternativas y matices. A la luz de esa historia, que para sus protagonistas estaba abierta y que nosotros no podemos dar por cerrada, el viajero rosarino podrá leer con simpatía y sin escándalo ese cartel que en las rutas salteñas nos recuerda que el pasado colectivo se construye un poquito entre todos.