Viernes 25 de Noviembre de 2022
Un año, eterno, luchó Aldo Pedro Poy por seguir siendo futbolista y evitar que el prefijo ex se le adosara para siempre a aquello que tanto le gustaba ser. Como un cuento épico, fue un choque contra Mario Zanabria, su equivalente opuesto en la vereda de enfrente del Olimpo rosarino, lo que lo sacó de las canchas. Diciembre de 1974, rotura de un menisco, quirófano y volver a empezar. O no!
Una mala praxis médica lo llevó al retiro demasiado temprano. Tenía apenas 29 años. Atrás habían quedado la Palomita del Nacional ‘71, las dos estrellas que ayudó a bordar junto al escudo de Rosario Central, la epopeya de la Selección Fantasma en Bolivia, su participación en el Mundial de Alemania ‘74. Un sprint vertiginoso encontró un freno seco. Y definitivo.
Poy dedicó todo su 1975 a intentar, en vano, arreglar su rodilla izquierda. Llegó a jugar en la reserva canalla, pero el dolor era una presencia que lo cubría todo. Entonces dijo “no va más”. “Ahora, a hacer otra cosa”, se convenció para resetear la cabeza y espantar a los fantasmas que hacían fila.
Encontró rápido la otra cosa. Víctor Vesco, ese tótem de la historia canalla bajo cuyas presidencias el club de Arroyito obtuvo los cinco títulos de la era profesional, lo convocó para trabajar en las divisiones inferiores. No era un laburo cualquiera; parte esencial del proyecto del Escribano, el desarrollo de juveniles se tomaba muy en serio en la gloriosa década del ‘70 auriazul.
Aldo estuvo a la altura. En 1977 fue el DT de la Tercera campeona del Metropolitano con un equipo que tuvo de figura al marplatense Oscar Delarroca, quien varios años después sería ídolo y goleador de Aldosivi. En un par de partidos contó con Osvaldo Potente, aquel enganche ídolo de Boca que se había exiliado en Arroyito tras una traumática salida del Xeneize. Una perlita.
Ese mismo año, Carlos Timoteo Griguol regresó al banco de suplentes canalla. Desde su salida en 1975, el equipo había entrado en una turbulenta seguidilla de entrenadores de renombre, pero que no encontraban el rumbo. José Ricardo De León, José María Silvero y Alfio Basile pasaron sin éxito. Vesco fue a buscar al hombre que tenía la brújula, el que había creado aquel notable campeón del Nacional ‘73, la segunda estrella auriazul.
El regreso de Griguol, que todavía no era el Viejo pero ya era un zorro, tuvo un efecto inmediato en Poy. El DT le pidió a su exfutbolista que lo acompañara en su cuerpo técnico como ayudante de campo. Aldo aceptó. La tarea le implicaba un trabajo específico: viajar a observar los partidos de los próximos rivales de Central.
“Como en esa época no había videos, yo iba a mirar los partidos y después le hacía el resumen a Griguol”, recuerda Poy, en diálogo con La Capital, los métodos innovadores del entrenador cordobés de avanzada para la época.
Quiso el destino que, para ver a los rivales que le tocarían a Central, Poy siguiera todos los fines de semana la campaña de un Argentinos Juniors donde, con apenas 16 años, empezaba a descollar un pibito llamado Diego Armando Maradona. “Lo vi todo el año”, se acuerda Poy.
“Diego ya hacía cosas maravillosas”, cuenta. “Yo tenía que ver al rival, pero Maradona te terminaba llamando la atención, te deslumbraba por las cosas que hacía”, agrega. ¿Qué cosas? “Vos veías que se mandaba al fondo y parecía que la iba a perder, pero metía una rabona y sacaba el centro”.
Para Poy, aquel Maradona vestido de rojo fue el más letal. “Hizo más de cien goles en Argentinos, en ningún otro club hizo tantos”, dice y lo describe así: “Estaba limpito y con toda la fuerza, era un pendejo con todas las ganas, desbordaba y hacía cosas distintas”.
1977 y 1978 fueron las primeras dos temporadas completas de Maradona en Primera después de su debut el 20 de octubre de 1976. En esos dos años, Pelusa metió 45 goles en 84 partidos. Varios de ellos tuvieron de testigo privilegiado a Poy.
Cuando a fines del ‘78 Griguol fue apartado del banco de Central, Poy se fue con él. Aquella decisión de la comisión directiva jugó fuerte en el ánimo del ídolo canalla, que no quiso saber más nada. Su contacto con el universo futbolero se terminó ahí.
“No laburé más en el fútbol porque no me gustó, era un ambiente difícil y me interesó hacer otras cosas”, cuenta. Primero entró de lleno en la actividad privada y luego se volcó a la política, ocupando una banca en el Concejo de Rosario desde 2011 de la mano del Partido Demócrata Progresista.
Esa pequeña ventana de tiempo, sin embargo, fue suficiente. Pocos tuvieron el privilegio de no haberse perdido ni un solo partido de aquel pibito de Villa Fiorito que comenzaba a deslumbrar. Poy lo puede contar.
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