El presidente suma fotos con los popes de Silicon Valley pero por ahora las inversiones se hacen esperar. Los casos GNC y Capital Humano exponen la fragilidad de la gestión. Francos desbloqueó la ley Bases pero debe lidiar con un sistema detonado y un organigrama disfuncional
Domingo 02 de Junio de 2024
Entre la nube y la tierra. Al mismo tiempo que Javier Milei se codeaba con los popes tecnológicos en Estados Unidos, el presidente tuvo que recurrir a la caja de herramientas de la vieja política para arrancar una gestión estancada y prematuramente dañada. A seis meses de estrenar su dispositivo de gobierno, el nuevo niño mimado de Silicon Valley todavía está buscando su algoritmo.
Después de hacer punta con Elon Musk, Milei se encontró con los CEO de OpenAI, Google, Apple y Meta. Más fotos para agregar a las historias destacadas del presidente que ya lleva ocho viajes al exterior desde diciembre.
Sam Altman, Sundar Pichai, Tim Cook y Mark Zuckerberg están entre los principales jugadores de esta fase del capitalismo en la que los gigantes tecnológicos saltan las fronteras y pelean mano a mano con los gobiernos en poder económico e influencia. Paradójicamentes, según el relato del oficialismo el Estado es el villano y los hombres de negocios los héroes.
Pese a que, como señala la economista Mariana Mazzucato, compañías como Apple o Google no existirían sin la mano visible y activa del Estado, los magnates tecnológicos se ven atraídos por el grito de guerra de Milei en favor del libre mercado y su visión de que los monopolios son un resultado, no necesariamente indeseable, de una economía darwinista en la que sobrevive el más apto.
El metaverso que propone Milei donde sólo habitan empresarios y consumidores torna al presidente argentino en una rara avis aún dentro de la fauna exótica de la derecha radical. En esa internacional variopinta son mayoría quienes se inclinan por el proteccionismo y un Estado de bienestar excluyente y reservado para los nativos.
Los millonarios tech reciben a Milei, escuchan su invitación a convertir a la Argentina en la meca sudamericana de la inteligencia artificial, pero por ahora los pulgares arriba son sólo para la foto y no para hundir capital en el país.
Es un déjà vu del macrismo, que anticipaba todo el tiempo la lluvia de inversiones, aunque el pronóstico meteorológico-económico sistemáticamente falló.
En todo caso, merodean viejos lobos de Wall Street como Stanley Druckenmiller, que, entusiasmado con el espectáculo de la motosierra, apostó unas fichas por Milei. Eso sí: el exsocio de George Soros eligió las cinco inversiones más líquidas, para retirarse rápido si, como sucedió en 2018, el barco que tiene otra vez a Toto Caputo en la sala de máquinas empieza a hacer agua.
Como en los tiempos de Cambiemos, en los centros del poder global se entusiasman con las reformas que quieren construir desde Casa Rosada pero quieren ver más que la maqueta. Mucho más, una fuerza política escuálida, lejos del tercio en el Senado y Diputados y sin anclaje territorial, y que no pudo aprobar una sola ley en seis meses. Si no está apuntalado en leyes el tinglado normativo puede volar por los aires ante el primer cambio de viento político.
Controlada por ahora la brecha del dólar en un frente en el que ningún gobierno argentino puede cantar una victoria definitiva, Milei enfrenta una serie de brechas políticas que se abren cada día más. Entre un presidente fuerte y un gobierno débil. Entre un líder internacional y una administración de cabotaje. Entre el dominio en el reino virtual y los peligros que acechan en el mundo analógico.
Como sucede con la divisa estadounidense, en algún momento las curvas convergen. Una de dos: el ajuste lo hace la política, o lo hace la realidad.
El ingreso de Francos
Es en este contexto en que Guillermo Francos asume el puesto más importante del gabinete. Al menos, en términos formales. Karina Milei y Santiago Caputo ostentan una influencia decisiva sobre la marcha del gobierno, que desborda sus funciones en los papeles.
Más allá de los episodios que fueron serruchando la relación con Nicolás Posse, para reemplazar al exgerente de la Corporación América Milei se inclinó por un profesional de la política. Un hombre que supo mutar y adaptarse a los cambios en el ecosistema político y al que el presidente varias veces desautorizó en la etapa inicial de su gobierno, signada por el maximalismo y la intransigencia.
Por lo pronto, Francos todavía hace base en su oficina de ministro del Interior y espera a que se termine de pulir la organización al regreso de Milei al país.
En sus primeros días en funciones asoman diferentes métodos de gestión entre el jefe de Gabinete saliente y el entrante. Posse era como un embudo: todo pasaba por él. Francos, cuentan desde el gobierno, le dijo a los ministros que va a coordinar, pero desde otro lugar. Cada uno tendrá que hacerse responsable de que su área funcione.
Con la designación de Francos, Milei le sube el volumen a un vocero en una gestión a la que no le sobran defensores con prestancia en la pública, asciende a una persona que al menos conoce los engranajes del Estado y envía una señal de apertura hacia el mundo de la política.
El interrogante es si a los 74 años Francos puede ordenar e imprimirle dinámica a un gobierno con inventos organizacionales de dudosa eficacia. A eso se suma el factor Milei, que en paralelo arma un ministerio a su medida a otro talibán de la austeridad y la guerra santa contra las corporaciones como Federico Sturzenegger y que entiende los acuerdos políticos como ciertos mafiosos prefieren los crímenes: mejor, que parezcan un accidente.
En su primera semana como ministro coordinador Francos logró sacar la ley Bases y el paquete fiscal del corralón de las comisiones del Senado. La vara está tan baja que en el vestuario libertario celebraron casi como un gol el dictamen, un trámite ordinario del procedimiento legislativo.
Aunque quedan unos diez días para la sesión y los lobbies siguen vivitos y operando, en el oficialismo se muestran con relativa confianza de que la sesión no se transformará en un desarmadero a cielo abierto. “No tiene por qué complicarse en el recinto. Se discutió en las comisiones y se hicieron cambios para que salgan por consenso”, dicen.
Lo cierto es que Francos debe maniobrar sobre un sistema político roto, con gobernadores que tienen juego propio, bloques atados con alambre y liderazgos que no conducen al conjunto.
Ese es el caso del PRO, una de las canteras donde Milei suele reclutar jugadores, pero que llegan con el pase libre y no por un acuerdo con Mauricio Macri. Milei no quiere ceder capital accionario. El gobierno es los socios, podría decir, como gritan los hinchas que rechazan las SAD.
La ofensiva de Macri sobre Patricia Bullrich es síntoma de una convivencia imposible en el PRO, donde habitan tres grupos, con tres estrategias no sintetizables. Una es el entrismo de la ministra de Seguridad, que recuerda la maniobra que intentaron distintos grupos de izquierda en el peronismo entre fines de los ‘50 y los ‘70. La segunda es el apoyo con distanciamiento social del expresidente. La tercera, la oposición abierta y el corrimiento hacia el centro, que defiende en minoría el diluído Horacio Rodríguez Larreta.
GNC y Capital Humano, casos testigo
Al mismo tiempo, el gobierno necesita ordenar la gestión. La mini crisis del GNC mostró los costos, económicos y políticos, de la falta de planificación y de elevar a un principio administrativo el slogan de “no hay plata”.
Como si fuera poco, la polémica por la mercadería almacenada en los galpones del ministerio de Capital Humano obligó al gobierno a reajustar bruscamente el discurso oficial y puso a las tropas libertarias a la defensiva justo en el terreno donde pretenden desplegar una ofensiva “anti curros”.
La cartera de Sandra Pettovello es un dispositivo configurado para no poder funcionar: una estructura hipertrofiada que absorbió cinco ministerios (Desarrollo Social, Trabajo, Educación, Cultura y Género), una responsable sin experiencia en gestión y en un gobierno encabezado por un presidente que cree en un Estado mínimo y, como dijo en la universidad de Stanford, que considera que si la gente llega al punto de la inanición “de alguna manera va a decidir algo para no morirse” y que no necesita intervenir.
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Declaraciones que en boca de un académico serían un planteo moral y téoricamente discutibles, pero que bordean lo temerario cuando vienen del primer mandatario de un país que hace una década se desliza por el tobogán económico y que atraviesa una recesión que acelera la descomposición social.
Disyuntiva
En algún momento, quienes pretenden encabezar una revolución en minoría en democracia se enfrentan la dura realidad. Deben sacrificar algo. Hay tres caminos: o licúan sus objetivos y se dedican a administrar, o construyen una mayoría para implementar una versión similar posible a su programa original, o tensionan o rompen el sistema institucional.
Con la dolarización y el cierre del Banco Central archivados, Milei parece transitar el primer sendero y enfocarse en el objetivo, nada menor, de bajar la inflación.
Por el momento no puede traducir la mayoría social pro cambio en una coalición en el plano político. Mitad por concepción y mitad por conveniencia: uno de sus principales activos es diferenciarse de la casta. Denunciarla y confrontarla, no hacer pactos con ella. En algunos casos, como el de la nominación del juez Ariel Lijo, rodeados de suspicacias.
Pese a la intolerancia que destila el discurso de Milei y sus seguidores, y la tentación que pueda generar el modelo de El Salvador, donde un outsider extravagante como Nayib Bukele gobierna sin opositores a la vista y se presentó a la reelección pese a que la Constitución se lo prohibía, a seis meses de gobierno de La Libertad Avanza una deriva autoritaria parece improbable. Más que la tiranía, el mayor riesgo es la anarquía.