Cómo se restauró un brasero de plata del Alto Perú del siglo XVIII que atesora el Museo Estevez
El orfebre y joyero rosarino Miguel "Cocho" Tomé hace referencia a su trabajo sobre una pieza única y a los cuidados para observar allí "la historia del hombre"

Sábado 22 de Octubre de 2022

En el marco de la Quinta Quincena del Arte de Rosario y de los Desayunos en el Estévez, se presentará allí este sábado a las 10 el orfebre y joyero Miguel "Cocho" Tomé para dar detalles de la restauración de un brasero de plata del siglo XVII proveniente del Alto Perú y perteneciente al patrimonio del museo de calle San Lorenzo 753. Allí el artesano hará consideraciones estéticas y técnicas y una reseña histórica de la pieza.

La intención del artesano es “hacer hablar” a la reliquia y en su pretensión de que “la gente pueda ver en el objeto la historia y el trabajo que hay detrás” describe: se trata de un brasero de plata del siglo XVIII del Alto Perú de 65 centímetros de diámetro constituido por un recipiente, que contiene las brasas, y la tapa. “Es el más grande que he visto en mucho tiempo” se sorprende y aporta características excepcionales.

Sería de plata calidad 925 (esto es 925 partes de plata cada 1.000 del metal utilizado), llamada “plata fina”, casi pura y cada una de sus dos partes están hechas de una única pieza. “La historia del hombre está en ese objeto”, observa Tomé, ya que conserva la historia de la orfebrería, las corrientes estéticas que la atravesaron y las técnicas que se utilizaron.

El artesano

Tomé es rosarino, vivió en Entre Ríos y de regreso a la ciudad captó su atención el trabajo de un artesano de la feria hippie de plaza Pringles. Corría 1978, tiempos en los que ya existía la Escuela Crisol, una secundaria con terminalidad en joyería, pero ningún curso o especialización en el tema. Encima, como parte de los cuidados del oficio, el orfebre siempre se negó a difundir sus saberes y técnicas. Solo dejaba que lo observen.

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Miguel "Cocho" Tomé es un rosarino que se considera un autodidacta en las artes de la orfebrería y la joyería.

De allí que Tomé se considere un autodidacta. "A lo mejor esa imposibilidad es la que me impulsó a saber más", orienta para comentar que trabajó con bronce, alpaca y otros materiales. Pero quería dar un paso más en la joyería. Tomé se convierte así en el primer artesano de ofrecer cursos particulares de orfebrería, y hoy es autor de piezas de inspiración tradicional y contemporánea de ventas en el ámbito local, nacional e internacional.

Arte americanista

El brasero es además una pieza de gran valor por sus detalles americanistas. Tomé explica que la ebanistería Luis XV que se hacía en Europa tenía leones y recuerda las aldabas de las puertas antiguas que eran leones y las patas de los muebles que tenían garras de león.

En este objeto el león ha sido reemplazado por el cóndor, rey de los cielos de los Andes. El cóndor tiene una sólida reputación en la simbología americanista y se expresa en tres grandes aves con sus alas abiertas en la tapa y tres cabezas que sostienen las argollas del calentador con sus picos.

Sobre las técnicas puestas en acción, el orfebre apunta a una lámina de plata cincelada, repujada y después calada, con un volumen conseguido con la técnica de batido.

Tomé cuenta que la condición del objeto no era buena, estaba muy golpeado, torcido, con las patas hundidas en el cuerpo de brasero producto del paso del tiempo, manoseos, traslados, golpes. Hasta se le había caído una persona encima. Estaba abollado y rajado en su base.

La restauración

El trabajo realizado sobre la pieza es de restauración, que implica “hacer muchas cosas distintas, aplicar diferentes técnicas, lo que haga falta para devolverle la estética original al objeto”. Hubo además que rectificarla y enderezarla, devolverle volumen, agregar parte del metal que faltaba y darle nuevamente acabado y limpieza. De todos modos, el joyero alerta: “Cuido de no transformar el objeto, no intento que se vea nuevo. Debe verse en la pieza el paso del tiempo”.

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Tomé cuenta que estuvo una semana planificando la restauración ya que sus intervenciones no tendrían vuelta atrás.

El brasero es testigo también de otra concepción del tiempo entregado al trabajo y de su administración. “Esta gente trabaja exclusivamente en ese objeto durante meses y meses, y solo hacían eso, así los tipos se permitían pocas imperfecciones”, asegura el artesano y se asombra, por ejemplo, de “la regularidad de los golpes de la bacha. Parece hecho con una máquina, pero lo hizo un hombre que se la pasó toda su vida haciendo eso”. Claro, en el Alto Perú y para esa época se reconocen hasta cinco generaciones de plateros.

El origen de la reliquia es desconocido, ya que no se halló en ella “punzón” alguno, es decir, marcas que identifiquen a sus autores. Tampoco hay fechas o números. “El cuño aparece cuando el oficio se hace competitivo, para diferenciar las piezas”, aclara Tomé y relata que los braseros eran sinónimo de buena posición social, pero muy peligrosos, por la emanación de gases, por lo que se fabricaron hasta 1790 y fueron reemplazados por estufas.

El brasero restaurado fue adquirido por Firma y Odilo Estevez quienes viajaban asiduamente y compraban artesanías y obras de arte que luego legaron a la ciudad. El objeto forma parte de su patrimonio.