Martes 21 de Diciembre de 2021
Gabriel Boric debe hacer varias cosas difíciles, pero por suerte la transición entre mandatos en Chile es prolongada. Tiene hasta el 11 de marzo próximo para armar su gabinete, balancear el reparto de poder entre sus aliados y tejer alianzas en el Congreso, donde estará en franca minoría (la bancada se conformó con la elección de la primera vuelta, cuando su partido quedó segundo con 26%).
Deberá armar consensos, y serán hacia el centro obligatoriamente. Lo que hace que sus promesas y su segundo programa de gobierno, redactado por su equipo para la segunda vuelta, sean bastante más creíbles que meras declaraciones en busca de seducir al votante de centroizquierda o al independiente que votó a Franco Parisi. Deberá ser moderado y consensuar "en serio" y no "pour la gallerie".
Vale destacar sus preocupaciones por la aceleración del consumo a una tasa que sube bien por encima de la de la productividad y la de inversiones, manifestada varias veces en esta corta campaña de segunda vuelta (fue muy claro sobre este punto en una larga entrevista a la estatal TVN), no parece propia de un candidato de la izquierda "dura", como tantas veces se ha caracterizado, a veces con mala fe, al joven presidente electo. Más bien todo lo contrario (de paso: ¿alguna vez escuchó el votante argentino a un candidato presidencial enunciar un problema económico como este de la relación entre tasas de inversión, de productividad y de consumo? Seguro que no).
Y conviene tener en cuenta que el modelo chileno aún vigente funciona eficazmente en reducir la pobreza, función fundamental de la economía en una nación emergente. Como dicen los investigadores Paulina Henoch y Juan Ramón Larraín en su trabajo "El rol del crecimiento económico en la reducción de la pobreza" (diciembre de 2015. Acá el link: https://lyd.org/wp-content/uploads/2016/02/Serie-Informe-Social-154.pdf) : "A partir de la metodología histórica para medir la pobreza, se obtiene que entre 1990 y 2013 el crecimiento económico explicaría un 67% de la reducción de la pobreza y un 25% sería explicado por el efecto distributivo. En tanto, utilizando la nueva metodología del Ministerio de Desarrollo Social, entre 2006 y 2013 el crecimiento económico explicaría un 77% de la reducción de la pobreza y el 13% de esta reducción se debería al efecto distribución".
O sea que la política distributiva tiene un efecto casi marginal. Queda muy claro el rol directo del crecimiento en la baja de la pobreza. Pero esta evidencia científica choca con el discurso tradicional de Boric y su sector, según el cual el modelo chileno descansa únicamente en el crecimiento con desigualdad. Boric reiteró este planteo en su discurso de la noche de la victoria ("un crecimiento económico que se asienta en la desigualdad profunda tiene pies de barro, es algo que tenemos que cambiar y vamos a cambiar"). Sin dudas Boric y su movimiento surgen en respuesta a un reclamo firme de la sociedad chilena. Pero en su afán por igualar pueden romper el delicado mecanismo que es el más eficaz para reducir la pobreza.
La oposición entre reducción de pobreza y desigualdad podría ser, después de todo, un falso dilema. Hasta ahora, en América latina y no solo en ella (China, por caso), la mejor receta para combatir la pobreza ha sido y seguirá siendo por largo tiempo una tasa alta y sostenida de crecimiento económico. Lo que implica una tasa alta de inversión y por tanto condiciones atractivas para las empresas. Una economía de mercado sana y pujante, en suma, con unas políticas públicas serias y bien dirigidas para auxiliar a los sectores más débiles, pero sin debilitar aquel atractivo para que el sector empresario invierta y aumente lo que se llama "stock de capital". Un equilibrio difícil, pero necesario, y no solo para Chile sino para toda la región.