Viernes 09 de Junio de 2023
Alejo Vercesi no para. Hace rato que dejó atrás la juventud cronológica pero no se le nota en absoluto: inquieto, dinámico, a quien es uno de los próceres de la oftalmología local –y nacional– no le preocupa solamente lo que atañe a su profesión, ejercida con vocación profunda: la esfera de sus intereses es múltiple y de ello da prueba un libro de su autoría de reciente publicación que refleja su incansable labor como corresponsal de La Capital, entre otros medios de prensa.
En Reflexiones a la carta (tal el título de la obra, publicada por Laborde), Vercesi abre el abanico y opina sobre numerosos temas, siempre con humor y nunca sin sabiduría.
En charla con este diario, al cual tanto ha contribuido desde su tradicional espacio Cartas de los Lectores, Vercesi contó la historia de su vida sin dejar de lado su pasión por el fútbol, deporte en el que era usual compañero de correrías del Negro Roberto Fontanarrosa.
Alejo, contanos algo de tu infancia y adolescencia, tu familia, el mundo en que te formaste, el país y la ciudad en que creciste…
Mi infancia transcurrió en el barrio Echesortu, donde viví momentos inolvidables. Jugábamos todo el día a la pelota en una canchita al lado del ferrocarril que estaba en 3 de Febrero y Vera Mújica, y a los clásicos juegos infantiles en la calle. A los ocho años experimenté las vicisitudes de la denominada Revolución Libertadora y el gran debate sobre la educación laica o libre (eufemismo de confesional) a los diez. Recuerdo que acompañé a mi padre a la votación para las elecciones de presidente de la Nación en 1958, cuando triunfó Arturo Frondizi, de la Ucri (el peronismo estaba proscripto). Pero Frondizi fue destituido en 1962 y reemplazado por un gobierno títere de los militares encabezado por el vicepresidente Guido. La época democrática de lllia fue de esplendor en todas las áreas, institucionales y no institucionales. Había total libertad de prensa y sindical, no había casi inflación y muy buena actividad laboral. La Universidad vivió su mejor período: el debate intelectual era fecundo y los profesores gozaban de gran prestigio. Sin embargo, el peronismo continuaba proscripto. En ese período cursaba el colegio secundario. Toda esa bonanza terminó con la autodenominada revolución Argentina liderada por Onganía y los sectores más dogmáticos y conservadores del país.
Mis padres me brindaron la oportunidad de una sólida formación cultural. Aprendía varios idiomas, música, y practicaba varios deportes. Mi padre, pequeño comerciante sostuvo desde lo económico toda nuestra educación, la de mi hermana y la mía, pero cuando cursaba el segundo año del secundario los negocios empezaron a ir mal y la pequeña empresa se fundió. Todo cambió, pasamos momentos muy duros desde lo económico y la única entrada de la familia era generada por la pensión ofrecida a estudiantes en nuestro domicilio. Mi padre falleció cuando yo tenía veintidós años y mi madre dos años después. Quiero recordar que quedé totalmente desvalido cuando estudiaba el segundo año de la carrera de medicina y me las tuve que arreglar por mi cuenta para seguir adelante. Comía en el comedor universitario y a allí conocí a mi actual esposa. Me recibí de médico proviniendo desde muy abajo, desde el aspecto social y económico; me salvó la formación cultural que me brindaron mis viejos.
¿En qué momento y de qué modo descubrís que tu vocación es la medicina y, más precisamente, tu amada oftalmología?
Después de haber leído, a los once o doce años,una publicación escolar de edición semanal. Un médico describe a un niño los pasos quirúrgicos de una cirugía por apendicitis aguda, que había sido minimizada por el abuelo. “A la luz de grandes reflectores el cirujano realiza una incisión en el área…”, así comenzaba el relato de la publicación escolar. Lo considero el primer llamado a mi vocación por la medicina. El segundo, un artículo publicado en la revista Reader’s Digest, cuando ya era adolescente, donde un médico salvaba a varias personas de origen judío de las garras del nazismo.
La elección por la especialidad de oftalmología se produce en los últimos años de la carrera, y fueron varios los factores que incidieron para ello: aspectos médicos, por ser una disciplina médico-quirúrgica; sensoriales, el ochenta por ciento del mundo exterior ingresa a través del sentido de la visión; artísticos, la belleza externa de los ojos y la expresión de la mirada; subjetivos, el lenguaje gestual y afectivo generado por el sentido de la visión. Y fundamentalmente, por la posibilidad de restaurar el sentido más apreciado y valorado por el ser humano
Más allá de los probados méritos que exhibís en el ámbito específico de tu saber, sos un médico que se vincula con el paciente como una totalidad. ¿Cómo observás la evolución de la medicina? ¿Te preocupa una potencial deshumanización?
La medicina es una disciplina humanística por antonomasia, un arte y una ciencia, desde lo epistemológico. Nadie puede negar los grandes avances tecnológicos que produjeron el diagnóstico y tratamientos de enfermedades que antes no la tenían. El futuro de la medicina está en la biología molecular, la terapia génica, la terapia celular y la robótica. La actual irrupción de la Inteligencia Artificial en todos los ámbitos del quehacer humano viene a complejizar más el panorama del futuro de la medicina. Por otro lado, están los intereses de la industria de los fármacos y la de aparatos, que muchas veces se hallan encontrados con el fin último de la medicina que es curar con el método más seguro, eficaz y económico. La forma de financiación es también un problema mundial ante una demanda infinita y una oferta limitada.
El médico nunca deber perder de vista que trata con un ser humano que padece una enfermedad. Lo primero es contenerlo, para que no se sienta un objeto; una mirada una atenta escucha son primordiales para llegar a un diagnóstico sin perjuicio de todos los medios técnicos que implica para llegar al diagnóstico buscado. Es un equilibrio constante y permanente con que el médico debe lidiar a diario.
Hay países, como los escandinavos y Finlandia, que tienen una medicina pública de primer nivel. Han encontrado un equilibrio entre los sectores públicos y privados que se complementan. Todo plan de salud se corresponde con el proyecto o modelo de país que se ha proyectado.
Las escuelas de medicina son responsables de formar médicos humanistas.
El libro que acabás de publicar es consecuencia de un extenso trabajo como corresponsal de distintos medios de prensa, esencialmente La Capital, del que sos casi una firma honoraria. ¿Siempre te acompañaron la escritura y la lectura, más allá de tu intensa dedicación a la profesión?
La lectura me acompaña siempre. Mi madre nos inculcó el hábito de leer libros desde que éramos niños. La vida cotidiana de los últimos incas y otro relacionado a los pájaros y las distintas especies fueron los primeros libros que me regaló mi madre. Un fin de semana el presente era un libro y el otro un juguete.
“No hay mejor atadura que la libertad bien entendida”, decía mi madre, pero para ejercerla hay que una persona educada y culta.
Ya recibido de médico fui a un taller de letras que dirigían Magdalena Aliau y Verónica Lardone. Hace poco leí La cocina de la escritura, un libro muy interesante para quienes desean mejorarla. Alguien dijo: “El que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe”. Ha surgido una nueva especialidad médica: la medicina narrativa, que abre una mirada distinta e innovadora.
Y a la hora de leer, ¿a qué autores volvés siempre?
A Borges. Y Thomas Mann, Milan Kundera, Adolfo Bioy Casares, Pedro Orgambide o Carlos Fuentes son algunos de los autores a los que siempre regreso.
En tu libro se abren puertas que dan a terrenos múltiples, uno de ellos, el deporte. Veo que sos un fanático de la práctica del fútbol y que fuiste habitual compañero de canchas del querido Negro Fontanarrosa. ¿Cómo fue que te enamoraste de la pelota?
Me enamoré de la pelota, el más bello de los deportes en mi opinión, a los nueve o diez años cuando con los chicos del barrio fundamos el club Rayo Rojo para participar en los distintos campeonatos de baby fútbol. Albert Camus decía que lo mejor de los hombres lo aprendió en un partido de fútbol
Jugué en la sexta división de Newell’s. Con el Negro Fontanarrosa jugábamos en la Quinta del Club Universitario los sábados. Intercambiábamos algunos correos, siempre relacionados con el fútbol
Entrando en el terreno de la política, que te preocupa y mucho, hay dos palabras que parecen definir tus convicciones: federalismo y república. ¿Por qué?
Creo que la Argentina no tiene futuro como país si no se ejerce un federalismo pleno como establece la Constitución. Ante esa imposibilidad, la regionalización llevada a cabo por las provincias podría ser un camino alternativo. Es imposible el desarrollo de un país cuando concentra todo el poder político, cultural, social y económico en una ciudad que, además, es la capital de la Nación. El presidente Alfonsín intentó el traslado de la capital al sur del país pero sólo quedó como una expresión de buenos deseos. Mucho más cercano en el tiempo Alberto Fernández habló de realizar las reuniones del gabinete nacional en distintas ciudades importantes, hecho que nunca ocurrió. La llamada “París” latinoamericana devora todos los intentos de menguar su aplastante poder.
La Republica de carácter federal con la división de poderes y la alternancia en el poder es crucial para dirimir todo proyecto político a través de la participación de los partidos
La ciudad está atravesando un momento complejo de su historia. Desde tu experiencia de vida y formación, ¿cómo creés que se sale?
En mi modesta opinión, se sale mediante la participación activa de los habitantes de la ciudad comprometiéndose a actuar en el ámbito donde desarrollan sus tareas de acuerdo a su mejor saber y entender. Un ejemplo concreto; sufrí un arrebato en el centro de la ciudad, en la esquina de Urquiza y España. Escribí una nota en Cartas de los Lectores de La Capital quejándome por la inacción de la policía y los dirigentes políticos. A la semana de ocurrido el hecho, en la misma esquina, había una movida policial parando las motos exigiendo los papeles pertinentes. Con resignación y desinterés no se logra nada, Quedarse en la protesta es totalmente inútil. Ejercer la ciudadanía plena es el camino para salir de esta caída que casi ha tocado fondo