Domingo 27 de Marzo de 2022
Como ya le sucedió en otras oportunidades desde diciembre de 2019, Alberto Fernández fue con la bandera blanca y volvió con el trapo lleno de agujeros. Pero ahora no son poderosos grupos económicos o dirigentes opositores los que disparan, sino sus propios aliados. En medio de una escalada que no parece tener fin, pero en la que todos saben que la guerra nuclear es suicida, albertistas y cristinistas dan señales de que quieren cerrar el conflicto. Sin embargo, mientras el presidente ofrece una tregua, Cristina y el kirchnerismo van por la rendición.
Las distintas movidas alrededor del Día de la Memoria escenificaron el estado de situación del oficialismo. El palacio por un lado, la calle por el otro.
La serie de discursos conciliadores de Fernández contrastaron con la belicosidad del kirchnerismo. Con Cristina con el mando a distancia, La Cámpora le avisó al presidente que no se piensan ir del Frente de Todos y que lo consideran poco más que el jefe de campaña de un candidato que sacó el 4% de los votos en 2017.
De acuerdo a esta postura, le toca a Fernández reconocer su nulo capital político propio, ubicarse y volver al papel de administrador.
En el comando albertista tienen armas para contraatacar: si el kirchnerismo era tan poderoso, ¿por qué fueron a buscar a un peronista porteño, moderado y amigable con los pulpos económicos con los que pulseó Cristina?
No sólo eso: más allá de su capacidad de movilización, cuando llegó la hora de la verdad el kirchnerismo se reveló como una fuerza minoritaria en ambas Cámaras y no tiene figuras populares para tomar la posta.
Como esos clubes grandes a los que alguna vez les toca jugar la promoción o irse al descenso, la fuerza que supo conducir el peronismo con puño de hierro durante doce años hoy parece conformarse con pelear votos con el FIT.
Pese a que algunas voces minoritarias del albertismo le susurran al presidente que actúe de Volodimir Zelenski y se enfrente con Cristina, Fernández, que no tiene personalidad de jefe, es consciente de que tiene recursos para resistir -el apoyo de gobernadores y algunos sindicatos y movimientos sociales- pero no para mucho más. Incluso, al igual que sucede con el presidente ucraniano, los enemigos de sus enemigos pueden dar un apoyo circunstancial pero no están dispuestos a embarcarse en una guerra ajena.
Por eso, más allá de que tanto el albertismo como el kirchnerismo controlan fierros potentes del Estado, cuando se disipa el humo de la pirotecnia verbal queda expuesta la debilidad de todos y su incapacidad para vencerse.
Aunque el Frente de Todos se sostenga como entelequia jurídica, en los hechos las tres patas que sostienen a cualquier coalición están resquebrajadas: el liderazgo está deslegitimado y no ordena ni modera, no hay un piso mínimo de acuerdos programáticos (no hay unidad de concepción, diría el general), y los mecanismos de resolución de conflictos están rotos.
Así, el camino hacia 2023 será turbulento. Más aún, cuando el propio board del Fondo Monetario Internacional reconoce que el programa enfrenta riesgos “excepcionalmente altos”, que podrían obligar a “recalibrar las políticas”.
En este escenario, el gobierno ni siquiera puede capitalizar las pocas buenas noticias en el frente económico. El desempleo bajó en un año del 11% al 7%, la economía voló al 10% en 2021 y todo indica que después de una década se romperá la racha y la Argentina encadenará dos años consecutivos de crecimiento económico.
Desde la fallida intervención de Vicentin Fernández es, parafraseando a Cristina, un pagador serial de costo político. Si en la política los problemas son la indecisión y el internismo, en la economía la mayor amenaza es otra palabra que empieza con i: inflación. Una carrera en la que siempre quedan rezagados los sectores medios y bajos. Justamente, la base electoral del peronismo.
Terreno fértil
En la vereda de enfrente, el panorama no está más tranquilo. Con Horacio Rodríguez Larreta de gira por Europa con perfil presidenciable, un envalentonado Mauricio Macri que coquetea y a la vez compite con Javier Milei y su troupe elogió a Carlos Menem por sus políticas para “pacificar” el país y su apuesta por un “peronismo moderno”.
Rápido de reflejos, Gerardo Morales, ya lanzado a la carrera presidencial, salió a rechazar “las políticas neoliberales implementadas por el menemismo en los '90”. Paradójicamente, el titular de la UCR intervino con el manual del Menem de los años 1988-1989: el gobernador opositor del interior que levanta las banderas del federalismo y de la resistencia al ajuste.
Pero más allá de las escaramuzas habituales de una política cada vez más espectacularizada, uno de los datos más inquietantes de la semana fue la proliferación de discursos que oscilan entre la teoría de los dos demonios y el negacionismo. Como si los crímenes del Terrorismo de Estado fueran equiparables a las acciones de organizaciones que ya estaban militarmente derrotadas en marzo de 1976 o, peor, estuvieran justificados.
Históricamente marginales en la escena pública argentina post 1983, en los últimos años estos discursos -potenciados por el auge global de las derechas radicales- encontraron en las redes sociales un terreno fértil para crecer. Con una particularidad: ahora tienen representantes en ámbitos legislativos. Y van por más.
Los que también hallaron un buen terreno en la coyuntura para construir son los dirigentes políticos santafesinos que quieren levantar el frente de frentes. Aprovechando el debate sobre las retenciones al agro, firmaron un comunicado que firmaron además del PRO, la UCR y la Coalición Cívica, los presidentes de dos partidos que integran el Frente Progresista: el PDP y Creo, de Pablo Javkin.
“Producción es un eje que unifica”, dicen desde la UCR. “El sentido común dice unidad para enfrentar al peronismo. Lo contrario es peligroso porque te asocia al PJ, y es lo que debe evitar el socialismo, que se está quedando solo”, deslizan desde un campamento radical.
En el PS reconocen que con Javkin tienen las prioridades ordenadas de manera diferente. “No queremos desperfilarnos y no tenemos necesidad de correr para sacarnos ninguna foto”, aseguran.
En el partido de la rosa leen que en un año donde la inflación va a trepar al 65% los gobiernos locales no pueden quedar cruzados con los gobiernos provincial y nacional. “Necesitan previsibilidad y musculatura para resolver la diaria”, argumentan.
A eso suman otro factor: el humor social. “Todo lo que se aleje de resolver los problemas de la gente y se acerque a la rosca va a pagar costos altos”, anticipan.